jueves, 9 de noviembre de 2017

"Por el camino de Swann"-Marcel Proust






Los siete tomos que comprenden En busca del tiempo perdido¸ la colosal obra escrita por el burgués judío Marcel Proust, exigen un lector obstinado y perseverante, alguien hábil en comprender las frases largas y las descripciones barrocas, diestro en seguir el llamado flujo de la conciencia tan característico de los modernismos literarios de comienzos del siglo XX. Las innovaciones de estilo, las figuras lingüísticas y las técnicas narrativas, otorgan un plus a los extensos relatos del escritor francés.  En cuanto al legado, autores tan dispares como Samuel Beckett (teatro), Gilles Deleuze (filosofía) o Pierre Bourdieu (sociología), aprovecharon contenidos o se vieron influidos por la obra de Proust en sus creaciones.   

En Proust y sus signos, Deleuze explica el significado del título a partir de las preguntas: ¿en busca de qué?, ¿en virtud de cuál tiempo perdido? En primer lugar, la búsqueda tiene el sentido estricto de investigación de la verdad, vale aclarar que Proust no usa un método científico sino que recurre a las estructuras narrativas del encuentro y el azar. En lo que concierne a las temporalidades, Deleuze dilucida que los mundos de signos en La búsqueda se despliegan en líneas de tiempo, que se yuxtaponen y reaccionan unas a otras. El tiempo que perdemos, el tiempo perdido, el tiempo recobrado y el tiempo absoluto son éstas líneas de tiempo o líneas de aprendizaje que se mueven a lo largo de los libros. Pero según este mismo autor, quizá lo más trascendental en Proust sea su fascinación por los signos. En cada página aparecen signos de diversa naturaleza. Figuras,  gestos, rastros  o huellas susceptibles de ser descifrados o interpretados. Deleuze los clasifica en cuatro tipos: Signos mundanos, signos amorosos, signos sensibles y signos del arte. Cada cual con su correspondiente y privilegiada línea de tiempo (según el orden considerado arriba), y cuyas combinaciones atraviesan toda la narración.

Los signos mundanos significan aquéllos que evocan el pasar del tiempo: el cambio, la alteración, “la duración” bergsoniana. Un rostro ajado, un cuerpo avejentado, un parque reconstruido etc., son signos que reflejan el acontecer de los meses y los años. Los signos amorosos corresponden al tiempo perdido (enamorarse es perder el tiempo), precisamente en la segunda parte de Por el Camino de Swann,  se viven los momentos de monotonía del amor entre Swann y Odette. Los celos enfermizos de Swann, la búsqueda de la verdad detrás de las mentiras de Odette, lo convierten en un personaje “cuernudo” que causa pena y lastima. Pero pintemos la escena, Odette es una chica de clase media, bajita, pecosa, fea y regordeta, poco inteligente y carente de cualquier talento o virtud. Swann es un distinguido y rico burgués, inteligente y educado, que se codea con las damas más ilustres y los caballeros más aristócratas de París en los salones del Saint-Germain. Swann se ve locamente enamorado de la mediocre muchacha, a quien compara con la Céfora de Boticelli, no haciendo caso a los rumores que le granjean mala fama en la ciudad por sus excesos y disipaciones con otros hombres. Odette lo presenta en casa de los Verdurin, un “club” de gente vulgar, que en principio lo recibe con los brazos abiertos y luego le da la espalda por sus aires aristocráticos. Swann quiere saber lo que hace Odette cuando no está con él. Quiere poseer  y descifrar ese mundo de signos que se ocultan detrás de ella. Llega un punto de la narración en que el lector alcanza a percibir, o al menos ese fue mi caso, que ese amor no es correspondido. Se conocen los pensamientos, el largo sufrimiento y el terrible dolor que embarga a Swann, empero no sabemos nada de Odette. Los desaires de Odette, las sombras que Swann ve a través de la ventana, la carta anónima y otros vestigios, no dejan de torturar al pobre hombre. Con esto, el tercer apartado del primer libro, contra todos los pronósticos, termina confirmando la unión matrimonial entre Odette y Swann.

Véase aquí algo que Deleuze llama poderosamente la atención en su libro: En todo el camino de aprendizaje de En busca del tiempo perdido, la verdad siempre se alcanza cuando alguien sufre un tipo de violencia que lo empuja a su búsqueda:

“¿Quién busca la verdad? El celoso bajo la presión de las mentiras del amado. Siempre se produce la violencia de un signo que nos obliga a buscar, que nos arrebata la paz. La verdad no se encuentra por afinidad, ni buena voluntad, sino que se manifiesta por signos involuntarios.”

“La equivocación de la filosofía consiste en presuponer en nosotros una buena voluntad del pensar, un deseo, un amor natural de lo verdadero. Por esto la filosofía solo llega a verdades que no comprometen a nadie y no trastornan nada.”

El tercer tipo de figuras, los signos sensibles, alude a lo que han dado al libro más notoriedad: La Magdalena, los Campanarios, la frasecilla de Vinteuil, las losas de Venecia etc., estos signos que estimulan los sentidos: olfato, gusto, vista, oído y tacto; remiten a un objeto distinto del representado, privilegian el tiempo recobrado, no necesariamente las memorias del pasado, sino también los sueños o imaginaciones del presente y el futuro. Y la cuarta tipificación de los signos, define a la obra artística con su correspondiente tiempo absoluto. Como ya dije, todos estos tiempos y signos se combinan y entrecruzan en líneas de aprendizaje en los siete volúmenes de la extraordinaria narración.

Cuando lea los otros volúmenes haré un ejercicio de interpretación como este, entonces buscaré bibliografía complementaria y añadiré otros temas vitales al conjunto. Tengo que reconocer que la experiencia narrativa al culminar la primera parte en Combray, provocó en mí un enorme sentimiento de paz y tranquilidad. El tedio y el desespero vinieron con Los amores de Swann, y finalmente el frío y el desengaño con el invierno en París.







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