miércoles, 4 de enero de 2017

El hombre duplicado de José Saramago









Encontrar un libro que consiga dejar un sentimiento estremecedor que deje la mente del lector absorto en ebriedad y suspenso, puede ser un acontecimiento psicológico difícil de igualar.  En mi caso, confieso que me gustan más los libros que ponen cuestiones “trascendentales” o “vitales” explícitas y como primera prioridad. Las descripciones literarias exhaustivas me parecen amenas, pero la sustancia o el jugo de la fruta es lo que más me interesa.  Incluso creo que en nuestros tiempos las oraciones largas y las descripciones abigarradas y excelsas están pasadas de moda. Hace poco leí en la entrevista a un lingüista reconocido que decía que los puntos en la comunicación escrita desaparecerán en el futuro, de hecho manifestó que tienen los días contados. Es de conocimiento público que el internet y las redes sociales online han simplificado la escritura con el claro objetivo de hacer más fácil la comunicación.  Y no es usual que la gente use puntos y comas al escribir en Facebook o en Whatsapp; las pausas que imitan la comunicación verbal cotidiana han caído de manera inevitable en desuso. La literatura del siglo XX es rica en ejemplos y antecedentes sobre ésta cuestión.  Ni más ni menos, el nobel de literatura portugués José Saramago resolvió eliminar de las conversaciones de sus personajes el punto seguido y el punto aparte. Asunto que no le resta importancia a su excepcional escritura.  

El maestro Saramago no tiene reparos en jugar con las normas gramaticales y al mismo tiempo contar historias que sobrepasan toda genialidad. Ejemplo de esto lo encontramos en El hombre duplicado (2002), obra monumental que, a mi parecer, sirve de telón de fondo de la literatura del siglo XXI. Acudiendo al discurso trillado de forma y contenido, la obra de Saramago encarna la vanguardia literaria en ambos sentidos.

La vida corriente del dócil, pacífico y sumiso licenciado en historia Tertuliano Máximo Alfonso, se ve de repente interrumpida por la vista de algo inaudito. Mientras disfruta de una película recomendada por un colega suyo, ve un tipo idéntico a él que personifica el papel de recepcionista de un hotel. Este primer descubrimiento le causa un terrible estremecimiento que se asemeja a una presencia fantasmática que ingresara en su existencia:

“Se despertó una hora después. No tuvo sueños, ninguna horrible pesadilla le había desordenado el cerebro, no forcejeó defendiéndose del monstruo gelatinoso que se le pegaba a la cara, sólo abrió los ojos y pensó, Hay alguien en casa. Despacio, sin precipitación, se sentó en la cama y se puso a escuchar, El dormitorio es interior, incluso durante el día no llegan aquí los ruidos de fuera, y a ésta altura de la noche, Qué hora es, el silencio suele ser total. Y era total. Quien quiera que fuese el intruso no se movía de donde estaba. Tertuliano Máximo Alfonso alargó el brazo hasta la mesilla de noche y encendió la luz. El reloj marcaba las cuatro y cuarto. Como la mayor parte de la gente común, este Tertuliano Máximo Alfonso tiene tanto de valiente como de cobarde, no es un héroe de esos invencibles del cine, pero tampoco es un miedica, de los que se orinan encima cuando oyen chirriar a medianoche la puerta de la mazmorra del castillo. Es verdad que sintió que se le erizaba el pelo del cuerpo, pero esto hasta a los lobos les sucede cuando se enfrentan a un peligro, y a nadie que esté en su sano juicio se le pasará por la cabeza sentenciar que los lupinos son unos miserables cobardes…”  

El mismo actor reaparece en otras cintas en papeles secundarios como cajero de banco, portero de cabaret, fotógrafo de policía, entre otros. La búsqueda del doble, del sosia, del duplicado ocupa la primera parte del libro, los interrogantes de Tertuliano de hallarse con su otro repetido, o que él mismo sea la copia del actor, le produce un terror mortal que no mella su curiosidad:

“Seré de verdad un error, se preguntó, y suponiendo que efectivamente lo sea, qué significado, qué consecuencias tendrá para un ser humano saberse errado. Le bajó por la espina dorsal una rápida sensación de miedo y pensó que hay cosas que es preferible dejar como están y ser como son, porque en caso contrario se corre el peligro de que los otros se den cuenta, y, lo que es peor, que percibamos también nosotros a través de los ojos de los otros ese oculto desvío que nos torció a todos al nacer y que espera, mordiéndose las uñas de impaciencia, el día en que pueda mostrarse y anunciarse, Aquí estoy. El peso excesivo de tan profunda cogitación, para colmo centrada en la posibilidad de la existencia de duplos absolutos…”

Buscar preguntas en las narraciones de ficción se me hace un trabajo más peliagudo que buscarlas en obras filosóficas o teóricas. Sencillamente porque en la ficción las interpretaciones están abiertas a la imaginación y no tanto a la facultad de la razón.  ¿Qué sucedería si un día me encuentro con un sujeto igual a mí? Y la pregunta está orientada tanto a las características físicas como a las psicológicas. Un duplo absoluto. Sería fácil desentenderse del asunto arguyendo que muy probablemente son gemelos o siameses separados en su nacimiento. Dicha hipótesis es descartada por la igualdad moral y ética de los duplicados; a medida que la narración avanza se van descubriendo las semejanzas en el carácter tanto del uno como del otro. La igualdad también se aprecia en la simultaneidad del cambio de ambos personajes: en el bigote que Tertuliano usaba cinco años antes cuando fue rodada la película Quien no se amaña no se apaña. Del mismo modo, Antonio Claro releva a Tertuliano en la búsqueda de la identidad de su doble cuando ambos descubren que son corporalmente iguales (facciones, voz, cicatrices, uñas, penes etc.,). En este punto la pregunta cambia por: ¿Y cuál es el duplicado del original? Luego de la verificación de la repetición, ambos cotejan sus fechas y horas de nacimiento, se llega a la conclusión que Tertuliano es la copia de Antonio porque este nació unos minutos antes que aquel.

Cabe añadir que el sentido común juega un rol protagónico en la novela, a la manera de Pepe Grillo entra en escena cuando el profesor de historia tiene que tomar decisiones de vida o muerte. Saramago describe a dicho personaje como reaccionario, conservador, un prudente escéptico quien siempre tiende a simplificar la diversidad y los matices de la vida. Inclusive afirma que sentido común y curiosidad son incompatibles. El sentido común aconseja dejar las cosas como están, en su lugar sin que algo ni nadie vengan y alteren el flujo normal de los acontecimientos cotidianos.

Me aventuro a sostener que la obra del autor del Ensayo sobre la ceguera tiene una fuerte influencia del pensamiento hermenéutico. Frases destacadas como “Probablemente, leer es otra forma de estar ahí”, “Las palabras son todo cuanto tenemos”, “la vida real siempre nos parece más parca en coincidencias que las novelas y las otras ficciones, salvo si admitimos que el principio de la coincidencia es el verdadero y el único regidor del mundo”; y el proyecto profesional que emprende Tertuliano de narrar la historia de adelante hacia atrás, y no de atrás hacia adelante como usualmente lo hace la academia, redimiendo la situación hermenéutica del lector, o el “presente” del intérprete, dejan entrever la erudición filosófica del nobel portugués. El siguiente extracto de la conversación de Tertuliano con el director de la escuela, le da solidez al argumento:

“hablar del pasado es lo más fácil que hay, todo está escrito, es sólo repetir, chacharear, conferir en los libros lo que los alumnos escriban en los exámenes o digan en las pruebas orales, mientras que hablar de un presente que cada minuto nos explota en la cara, hablar de él todos los días del año al mismo tiempo que se va navegando por el río de la Historia hasta sus orígenes, o lo más cerca posible, esforzarnos por entender mejor la cadena de acontecimientos que nos ha a traído donde estamos ahora, eso es otro cantar, da mucho trabajo, exige constancia en la aplicación, hay que mantener siempre la cuerda tensa, sin quiebra”.

Por otra parte, Saramago interpreta de forma inédita el curso de la vida como una gigantesca máquina de compensaciones, de pérdidas y ganancias, de gratificaciones y sacrificios. Al morir el original, Antonio Claro, el duplicado, Máximo Alfonso, termina ganando y suplantando la identidad del actor original. Lejos de plantear interrogantes éticos sobre el proyecto científico de la clonación entre seres humanos, el problema psicológico y social de la identidad ocupa un lugar central.  La parte final sugiere y proyecta la idea de la repetición infinita, y quizá del eterno retorno. La llamada que se repite en que los hombres idénticos reconocen la semejanza fiel de sus voces deja al lector trémulo y asombrado. El hombre duplicado  entra en mi colección de obras de literatura favoritas de todos los tiempos; le encuentro cierta similitud con el Molloy de Samuel Beckett, ir en la búsqueda perenne de alguien, de algún otro que termina por absorber y engullir la identidad del personaje principal. Perder la identidad y convertirse de forma irremediable en ese otro que intriga e interpela la conciencia o hace emerger de las profundidades del sujeto incauto el lenguaje inconsciente.


1 comentario:

  1. Estupendo análisis de esta novela. Y no la he leído aún. Me recuerdas que tengo a este escritor totalmente abandonado. Ya es hora de reencontrarme con él. Y como ves he aceptado tu invitación y desde luego me quedo por aquí. ¡Fantástico el blog que tienes!
    Besotes!!!

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