martes, 8 de noviembre de 2016

La dominación masculina-Pierre Bourdieu







Existen autores transcendentales en todas las ramas del conocimiento, personajes que han marcado un antes y un después en cada campo de la epistemia. Bien sea en las ciencias duras (física, química, biología etc.,), o bien sea en las ciencias blandas (ciencias sociales, estudios políticos y humanidades), las figuras individuales han formado escuela y han abierto un camino a innumerables corrientes y tradiciones de pensamiento. 

La sociología no es ajena a este tipo de “geniecillos” o individuos excepcionales que han revolucionado las formas teóricas y metodológicas convencionales de la propia disciplina. A pesar de que la idea decimonónica de genio o de autor esté devaluada y obsoleta, los padres fundadores de la sociología bien podrían encajar en este molde. Es el caso de Max Weber, jurista alemán que definía su sociología comprensiva como la ciencia encargada de comprender el sentido subjetivo de la acción social. También es el caso de Emile Durkheim, filósofo positivista que inventó un método sociológico aplicado a una realidad sui generis y delimitó su trabajo al estudio de las instituciones sociales, otorgándole así un estatus de ciencia social a la antigua teoría de la sociedad. Al igual que los habituales clásicos, en los pensum académicos de los departamentos de sociología suele aparecer con inusitada frecuencia un científico contemporáneo imprescindible, el sociólogo francés Pierre Bourdieu. 

Filósofo de formación y célebre director de La Escuela de altos Estudios de París, Bourdieu se relacionó y trabó amistad con figuras de la talla de Jacques Derrida, Gaston Bachelard, Raymond Aron y Fernand Braudel. Su famosa teoría de los campos sociales y del “habitus” le ha valido un enorme reconocimiento e influencia en todo el planeta. Luego de haber escrito sus grandes obras (La distinción: Criterios y bases sociales del gusto, El sentido práctico y La miseria del mundo), La dominación masculina (1998) aparece dentro de las postrimerías de su producción intelectual. Allí deja en evidencia la madurez y lucidez de un sólido pensamiento que sigue generando asombro y admiración. 

Basado en sus investigaciones etnológicas y etnográficas en las sociedades primitivas del mediterráneo, especialmente de la sociedad cabileña ubicada en el norte de Argelia, Bourdieu hace un enérgico ejercicio interpretativo y comparativo de las relaciones de dominación en las comunidades mítico-religiosas arcaicas y las sociedades contemporáneas. Elige el punto de vista del “antropólogo capaz”, autorizado para denunciar “los procesos responsables de la transformación de la historia en naturaleza, y de la arbitrariedad cultural en natural”. Justamente la contribución de Pierre Bourdieu busca arremeter contra la eternización de lo arbitrario. Promueve la acción colectiva de resistencia frente a las visiones esencialistas (biológicas y psicoanalíticas) de la diferencia entre los sexos, asimismo propone oponerse a lo que él denomina Happenings discursivos de los movimientos feministas (por ejemplo los parodies performance de Judith Butler), que suelen trazar grandes expectativas con ínfimos resultados.

Usando la investigación etnográfica de las estructuras objetivas y cognitivas de la comunidad cabileña como instrumento de un trabajo de socio-análisis del inconsciente colectivo, el autor de La distinción descubre que el principio simbólico del androcentrismo estructura todo “el orden de las cosas” en el mundo social. El principio de división fundamental entre lo masculino y lo femenino “recibe su necesidad objetiva y subjetiva de su inserción en un sistema de oposiciones homólogas, alto/bajo, arriba/abajo, delante/detrás, derecha/izquierda, recto/curvo, seco/húmedo, duro/blando, sazonado/soso, claro/oscuro, fuera(público)/dentro (privado), que, para algunos, corresponden a unos movimientos del cuerpo (alto/bajo//subir/bajar, fuera/dentro//salir/entrar, abrir/cerrar) etc., [El movimiento hacia arriba está asociado regularmente con lo masculino, por la erección, o a la postura superior en el acto sexual]”. Este conjunto de oposiciones mítico-rituales ordena todo el cosmos, los comportamientos y las conductas sexuales en la sociedad cabileña.  

La definición social de los  órganos sexuales (el pene y la vagina) obedece al mismo principio divisorio de la primacía de la masculinidad. Lejos de verificar propiedades naturales o biológicas, la construcción social del cuerpo que se desprende de la diferencia de lo masculino (lo superior, lo derecho, lo recto, lo rígido, lo positivo) y lo femenino (lo inferior, lo torcido, lo curvo, lo flexible, lo negativo), deja al descubierto la arbitrariedad cultural de tales principios de visión y de división que organizan y estructuran el mundo en su conjunto.

Tuve primer conocimiento del concepto de arbitrariedad hace muchos años cuando leí el curso de lingüística general de Ferdinand de Saussure. La arbitrariedad del signo consiste en que el signo lingüístico no tiene concordancia ni parentesco con el objeto que designa. El significado y el significante, la palabra y la imagen acústica ÁRBOL no tienen ningún vínculo lógico con el objeto real de referencia. El árbol real, con su tronco, sus hojas y sus ramas, bien podría llamarse “caneca”, escoba”, “ganso”. La RAE define lo arbitrario como un adjetivo: “Sujeto a la libre voluntad o al capricho antes que a la ley o la razón”. Los humanos por consenso o tradición le impusieron de modo arbitrario cada signo a las cosas del mundo. Lo mismo sucede con el principio de primacía de la masculinidad, es completamente arbitrario y convencional.    

De las ideas más refinadas de Bourdieu, tengo que subrayar particularmente aquélla que sugiere que el principio androcéntrico  está inscrito tanto en las cosas como en los cuerpos. Incluso se inscribe en la división sexual del trabajo (trabajos rudos, públicos y oficiales para los hombres; y labores fútiles, privadas y degradantes para las mujeres), los espacios (el mercado y la plaza pública vs el hogar y la granja) y el tiempo (los ciclos agrícolas y los ciclos de fecundidad). Cuando describe los ritos de institución y los ritos de separación de la cultura cabileña explica que existen “objetos típicamente masculinos como un peine de cardar, un gran cuchillo, una reja de arado, una piedra de la chimenea”. Extrapolada ésta excepcional idea al mundo contemporáneo, encontraríamos incontables ejemplos del principio inconsciente de masculinidad: “un balón de fútbol”, “un martillo”, “una pistola”, “un rascacielos” etc., La feminidad podría representarse en objetos como “los tacones”, “la minifalda”, “un sillón” etc.,   

La asimilación de la dominación. Este apartado alude a los procesos de socialización y educación en que se interioriza el principio simbólico de división de los sexos, tanto en hombres como en mujeres. El trabajo psicosomático de dar forma a la virilidad del hombre y definir el cuerpo de la mujer como objeto sagrado, van construyendo la moral masculina del honor y la moral femenina de la sumisión. Las disposiciones, inclinaciones, prácticas culturales o habitus fruto de éste severo y exigente proceso de pedagogía tienden a hacerse visibles en los cuerpos y en los comportamientos ordinarios de los cabileños, contrariamente al deber masculino de mirar a la cara y mantener la postura correcta:  “la sumisión femenina parecía encontrar una traducción natural en el hecho de inclinarse, de agacharse, de doblar el cuerpo, de someterse, las posiciones curvadas, flexibles, y considerar que la docilidad a ellas asociada es más adecuada para la mujer”. La inculcación de estos modos de manejar la corporalidad contiene un fundamento ético, político y cosmológico en dicha comunidad. En las sociedades modernas las agencias socializadoras como la Iglesia, el Estado o la Escuela toman el lugar de agentes de introyección de las normas y las pautas sociales de conducta. 


Según Bourdieu, la dominación masculina es cultural, fuertemente simbólica y objetiva, que imprime sus huellas en los cuerpos y en los objetos del mundo, y tiene unos efectos duraderos que no pueden eliminarse ni borrarse de la noche a la mañana, más bien tienden a perpetuarse con el tiempo. La transformación de las relaciones de poder operantes requiere de un movimiento de resistencia contra las estructuras objetivas jurídicas y políticas que busquen perpetuar de forma consciente o inconsciente la arbitrariedad androcéntrica. La dominación masculina no se inscribe en el enfoque de la coacción y el consentimiento, de “la coerción mecánica y la sumisión voluntaria”, característica de la visión hegeliana del amo y el esclavo, así como de la alienación proletaria en Marx. Bourdieu pretende superar este enfoque tradicional de las relaciones de dominación (filosofía de la conciencia instalada en la idea de que por un acto de iluminación de la conciencia individual, el dominado o sometido romperá las cadenas que lo subyugan y podrá liberarse de todo yugo cultural, político o económico). Igualmente arremete contra todas esas teorías que reducen el principio de visión dominante a un mero asunto de “imaginarios sociales”, que considera como “simples representaciones mentales” o “ideológicas” que no tienen la fuerza simbólica de las estructuras objetivas que producen y reproducen el principio de primacía de la masculinidad.  

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