viernes, 28 de octubre de 2016

"Temor y temblor" de Søren Kierkegaard






La enigmática figura de Abraham, tan reverenciada en las tres grandes religiones monoteístas del mundo occidental (Islam, cristianismo y judaísmo), ha promovido todo tipo de interpretaciones y variopintas exégesis. Se le ha considerado el padre de la fe y uno de los tantos patriarcas del pueblo de Israel después del acontecimiento bíblico del diluvio universal. Pues bien, este personaje del antiguo testamento es elegido por el filósofo danés Sören Kierkegaard quien explica lo que él denomina: los movimientos que todo verdadero hombre de fe tiene que ejecutar y llevar a feliz término.

El título Temor y temblor obedece probablemente a la cita bíblica de Filipenses 2-12, no obstante Kierkegaard nombra estas dos palabras cuando critica el sermón anti-angustia que habitualmente hacen los curas sobre la grandeza de Abraham. Indudablemente hablar de lo realmente grande siempre genera espanto, terror, temblor. Pone la piel de gallina y coloca los pelos de punta. En el proemio aparecen descritas cuatro posibles narraciones de cómo ocurrió el tormentoso viaje de Abraham al monte Moriah. Kierkegaard las inventa e introduce implícitamente el concepto de angustia. Nadie sabe cómo ocurrieron las cosas con exactitud, excepto el propio Abraham, quien vivió en carne propia el dolor y el sufrimiento de entregar a su amado hijo como chivo expiatorio, y creer en la salvación divina hasta el último instante.

En este punto recuerdo la idea de Paul Ricoeur de que existe algo de la experiencia individual que es intransferible en el lenguaje. En caso de que hubiese contado sus intenciones, nadie habría comprendido el acto de Abraham, ni su esposa ni sus hermanos ni sus hijos. Tuvo que optar inevitablemente por el silencio, en cada paso que daba al monte Moriah tuvo que callar mientras lo aguijoneaba su conciencia moral. Por tal razón resulta orientadora la última pregunta que formula el filósofo danés: ¿Es posible justificar éticamente a Abraham por haber guardado silencio ante Sara, Eleazar e Isaac?  

Los tres estadios existenciales (el estético, el ético y el religioso) que constituyen el núcleo del pensamiento kierkegaardiano, corresponden a los movimientos esenciales de la fe: concentrarse en un único deseo, optar por la resignación infinita y creer en virtud del absurdo. La historia de Abraham sirve de ilustración de los movimientos de la fe, Dios lo pone a prueba y él tiene que creer que el sacrificio de Isaac no ocurrirá hasta el último momento, por amor a Dios.


El precursor decimonónico del movimiento existencial del siglo XX, funda un pensamiento alternativo al soberbio y cerrado sistema teológico-filosófico construido por Georg W. F. Hegel, tan influyente y popular durante el siglo XIX. Kierkegaard tiene en común con otros pensadores contemporáneos suyos como Schopenhauer, Schelling, Marx y Nietzsche, querer zafarse o entrar en discusión con la obra de Hegel. Las filosofías alemanas de la naturaleza y la voluntad, el materialismo histórico-dialéctico y el escape metafísico nietzscheano, constituyen sólidas alternativas al descubrimiento de la dialéctica moderna.

Las dos primeras preguntas que Kierkegaard formula respecto al caso de Abraham en Temor y Temblor, y que constituyen la problemata de la obra: ¿Existe una suspensión teológica de lo ético? y ¿Existe un deber absoluto para con Dios?  Están en permanente conversación hermenéutica con el pensamiento de Hegel. Abraham es el Particular que se eleva sobre lo general, encarna la paradoja divina de la fe. Ama a su hijo, tiene que renunciar a él y espera recuperarlo por medio de la fe. La renuncia a Isaac puede tener dos interpretaciones: Es un sacrificio o es un asesinato. Es un sacrificio en la medida que constituye un acto sagrado, de carácter religioso. Y es un homicidio en la medida en que no existe justificación racional de por qué matar un hijo.

La ética en Hegel es lo general y lo superior: las prescripciones de la comunidad, las normas de la sociedad, de la cultura y las leyes del Estado. Lo particular, el individuo con sus pasiones y experiencias, está subordinado a aquélla. Leer la historia del padre de la fe bajo las categorías de Hegel, sin duda deja mal parado a Abraham, quien encajaría en el perfil de un criminal, de un supuesto filicida. Frente a esto, el filósofo danés introduce el concepto de “suspensión ideológica de lo ético”. Cuestión que deja en evidencia la famosa paradoja de Abraham quien pasa por los tres estadios espirituales antes mencionados.  

La fe no está en el orden de lo inmediato, de lo vulgar, de lo trivial y lo insignificante, o sea no cualquier imbécil del pueblo está en posesión de la fe, dice Kierkegaard. La fe, o la creencia ciega en el poder de la divinidad, es aquello que se logra con esfuerzo, sacrificio y sufrimiento. Existe un largo proceso de miseria, angustia y paradoja para alcanzar la fe o la creencia en virtud de lo absurdo.

La diferencia lógica entre “Debes amar a Dios” y “yo amo a Dios”, plantea que la primera frase está mediada por el deber ético, es la obligación que impone la comunidad o la sociedad, el mandamiento que prescribe la Iglesia: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”, aquí opera la mediación de lo general que conecta al particular con el absoluto. Kierkegaard se deshace de ésta mediación de origen hegeliano y pone al sujeto por encima de la realidad. El caballero de la fe tiene relación absoluta con lo absoluto sin mediaciones de ningún tipo. Sin embargo, es condición para la aparición de la fe que el individuo se haya vaciado en lo infinito, que haya renunciado a todo. Abraham en su grandeza como patriarca de la fe, da en sacrificio a su hijo y así tiene comunicación directa con un Dios que le exige un amor incondicional.

En este punto cabe señalar que Kierkegaard invoca un pasaje del Evangelio de San Lucas (XIV, 26): “Si alguno viene a mí y no aborrece al propio padre, a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, incluso su propia vida, no podrá ser mi discípulo”. Son palabras duras que dejan en desconcierto a cualquier lector. Parecen dichas por un Dios que promueve el odio y el rencor. Y no, no es así. Kierkegaard demuestra que interpretando bien este capítulo, lo que Dios exige es amor absoluto. Sentimiento que únicamente funciona en el orden de lo espiritual, puesto que sería un gran acto de egoísmo y una gran tontería que un ser humano le exigiera amor absoluto a otro de su especie.      

El texto es rico en metáforas y analogías que brindan mayor comprensión al intérprete. Kierkegaard compara los movimientos de la fe con los movimientos corporales de un bailarín, coteja a los más insignes héroes trágicos de la historia occidental (Agamenón, Jefte y Bruto) con la figura solitaria del caballero de la fe. Recurre a varios pasajes bíblicos que ilustran la paradoja divina y su reverso, la paradoja demoníaca. El monstruo y el genio son más propensos y tienen más probabilidad de caer en ésta última. Las brujas, los enanos, los duendes y otros horribles seres castigados por la naturaleza, se les ha asociado frecuentemente con alguna perversidad moral. Incluso se ha llegado a creer que esta deformidad física ha sido causada por su conducta. Hay que recordar que Kierkegaard también fue burlado por su apariencia física, dado que tenía un problema de nacimiento en la columna, vivió toda su vida como un sombrío jorobado que pudo encontrar su salvación en la fe religiosa, decepcionado por el amor de su musa eterna Regine Olsen. En la paradoja demoníaca el sujeto se encuentra desde el principio fuera de lo general, y no tiene ninguna culpa de semejante infortunio. 

En fin, la obra de Kierkegaard está abierta a múltiples explicaciones y matices que dan cuenta de cierta historia efectual, es decir, de un encadenamiento de interpretaciones que ha vinculado temporalmente a la teología y la filosofía en el pensamiento occidental.

     

1 comentario:

  1. Un gran blog compañero, que situaré entre mis habituales.
    Saludos

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