sábado, 1 de octubre de 2016

“Mi hermano el alcalde” de Fernando Vallejo







Es de mi pleno compromiso, como buen académico y lector entusiasta, hacer una pertinente digresión antes de comenzar mi perorata: Ni los wikis, ni los bloggers, ni los periodistas tienen la obligación de seguir las normas APA o los estándares de citación universalmente aceptados. La información contenida en Wikipedia, blogs y portales de prensa carece de la confiabilidad y la validez de las fuentes institucionales, los organismos estatales y las revistas y publicaciones académicas de prestigio. Mi blog tiene como único fin la libertad de expresión; ejercida plenamente en la reflexión personal y el sano entretenimiento. [En cuanto a mi posición política en víspera de elecciones, respaldo sin pensarlo el “sí” a los acuerdos de paz entre gobierno y FARC].    



Cada vez que el escritor Fernando Vallejo publica un libro en la FILBO o lanza una diatriba contra la política, la religión y la realidad visceral de Colombia, quiéranlo o no, acapara la atención y el morbo de los medios masivos de comunicación. Ateo declarado y abiertamente homosexual, Vallejo ha sentado un precedente en la literatura colombiana y latinoamericana en las últimas décadas. Su estilo crudo, sarcástico, agudo y sardónico, le ha llevado a convertirse en uno de los escritores vivos en lengua española más innovadores y creativos de nuestro tiempo.  Vallejo, como vulgarmente se dice, “no tiene pelos en la lengua” y le va cantando sus agrias verdades a la pobrecita y necesitada  Colombia, quien él, de forma vil e impía, llama “la imbécil”, “la limosnera”, “la sin remedio”, “la puta”.  


Támesis es un municipio colombiano ubicado al suroeste del departamento de Antioquia (El nombre tal vez responda al río que atraviesa Londres, la capital europea). Pues bien, Fernando Vallejo vivió durante muchos años allí cerca con su veintena de hermanos, en la hacienda “La Cascada”, finca rica en naranjos, limonares y cafetales, que los pícaros y mamagallistas le cambiaron la "s" y la "c" por la "g", y que ahora se lee desde lejos: "La cagada".  El autor elige este escenario con el objetivo de darle vida a los personajes y la historia de su libro “Mi hermano el alcalde”(2004). Inspirada en hechos reales, la novela cuenta con un destacable enfoque histórico. Incluso hay quienes la encasillan en el género literario de la crónica. Carlos Vallejo, quinto hermano de Fernando e hijo de don Aníbal Vallejo Álvarez, fue un alcalde gay del municipio de Támesis entre 1998 y 2001.
  

Las peripecias de Carlos Vallejo para llegar a la alcaldía de Támesis y la ejecución posterior de su gobierno, son contadas de manera prosaica y pintoresca. Támesis es la versión miniatura de Colombia. Hay guerrilla, hay paramilitares, hay muertos. Hay verduleros, tenderos, carniceros, vagos, putas, borrachos, marihuaneros, rateros, cuchilleros. Reina la manguala entre la iglesia y el poder estatal, hay curas pederastas, hay robos, hay corrupción. Los gobernantes tienen que ofrecer prebendas y pregonar promesas, si quieren conquistar el voto de sus electores. Las prácticas políticas habituales en Latinoamérica: el patronazgo, el clientelismo, el fraude en inscripción electoral, el uso de cédulas de muertos y trashumancia de votos, aparecen narradas con gran maestría por el autor de “El desbarrancadero”:

 “¿Colombia pone acaso los camiones y los chiveros para que nos lleven al pueblo? ¿Ella los paga? ¡Qué los va a poner, qué los va a pagar! Los ponen y los pagan los candidatos, y los contrata y vigila cada quien. Para el pobre a veces el ejercicio de votar requiere quemar calorías y se vuelve ejercicio físico. Por eso el pobre de tanto andar agarra buena pierna pero valoriza hasta el infinito su voto. Y no. Un voto no es más que un voto.”      

“Promesas, promesas y promesas a raudal como espuma de las cascadas, que bajaban riéndose:
  ¡Jua, jua, jua, jua!
  ¿De qué se ríen, idiotas?
  De ustedes. ¡Qué los van a elegir, maricas, les va a ganar el negro Alirio!

Las críticas al proceso de paz del expresidente Andrés Pastrana y la guerrilla de los desaparecidos Tirofijo, el mono Jojoy y Raúl Reyes, tampoco pasan desapercibidas:  

“¡Qué desastre que fue Pastranita para Colombia! Se creía la paloma de la paz, y con el cuento de ésta güevona le entregó medio país a Tirofijo para que se acabara de cagar en él después de lo poco que dejaron en pie los liberales y los conservadores. Terminando su mandato huyó a Cuba. ¿Dónde andarás ahora, Pastranita, hijueputica, mierdita de paloma?”

“La tradicional pesca milagrosa son los secuestros de Tirofijo, quien monta retenes volantes en las carreteras a ver si saca un pez gordo. En tanto saca el pez gordo de sus sueños cualquier cosa le sirve: un judío, un noruego, un gringo, un español. Con estos ordeña a Israel, a Noruega, a los Estados Unidos, a España, que van soltando la lechita”

Incluso le tira dardos al entonces presidente y hoy honorable senador de la República Álvaro Uribe Vélez:

"Colombia, mamita, no vas para ninguna parte. Eres un sueño vano, las ruinas de nada, un Tamesis grande. El  que te gobierna hoy es como el que te gobierna ayer y como el que te gobernará mañana. Dice el mentiroso de hoy, el homúnculo, que va a acabar con la politiquería como si él fuera cantante de Ópera. Años mamó de la teta pública como alcalde de Medelllín y como gobernador de Antioquia. Viejos resabios, viejos tonos, viejas mañas. Como es bajito, aprieta el culito y se empina para poder entonar. "Que mi Dios los acompañe" termina diciendo en sus discursos como campesino de antes de carriel y alpargatas. ¡Güevón!" 

Carlos, el alcalde “marica”, tiene un mozo de nombre Memo. Un par de cacorros que quieren gobernar. Los dos hacen de Quijote y Sancho Panza en el elocuente relato del escritor antioqueño. El uno alto y rubio, el otro bajito y regordete. El alcalde electo y el alcalde cívico despliegan un proyecto de modernización del municipio de Támesis: recuperación del espacio público, reparación de infraestructura, construcción de escuelas y pavimentación de carreteras, obras de redes de alcantarillado, bingos de caridad, marchas de confraternidad, convivios de solidaridad, brigadas cívicas, asilos de ancianos, cooperativas agrícolas, ferias agropecuarias, foros educativos, concursos polideportivos, centros de alfabetización, fiestas culturales, campañas de integración… Etcétera, etcétera.

Pese a todas sus buenas iniciativas y generosos propósitos, el alcalde Carlitos consigue ganarse sus buenos detractores, que desde las elecciones pregonan: “No bote su voto votando por maricas”. En su administración el burgomaestre recibió más de un centenar de tutelas. La mayoría falló a su favor, y unas cuantas en contra. Vallejo explica este popular mecanismo judicial de defensa de los derechos ciudadanos, instituido bajo el gobierno y la constitución del expresidente César Gaviria. La premisa de la crónica de Vallejo bien podría ser: Las buenas obras conducen a la ingratitud:

“Par de alcalduchos lambones masturbadores del pueblo vil! Que arrégleme la casa, don Memito. Que deme, don Carlitos, pa’l mercado. Y pidan y pidan y pidan, y denles y denles y denles.”  

“— ¡Quién los mandó a meterse en alcaldías y democracias y a cargar con ese poblacho y su parivagabundez! El pueblo es mierda y la democracia una puta que hoy picha con uno y mañana con otro. Y no me contés más y colgá que ésta llamada te va a salir muy cara.”

“Pueblo malagradecido que antes de Carlos no conocía el papel higiénico y se limpiaba el culo con hojas de plátano.”

“Dios ni los voltea a ver. ¿Y si no por qué los mantiene pobres en tanta miseria? Dios quiere al rico, al pobre no.”

El humor ácido y pesimista recorre el libro de principio a fin:

“…Arrancaba con la obertura del Cazador furtivo de Weber. —Glorita—le decía yo—, éstos montañeros qué van a apreciar esa música. Tocales: “Tierra labrantía”, que al que está acostumbrado a la aguapanela no hay que darle champaña.”

En el aspecto literario, Vallejo juega con la simultaneidad, la narración no es sucesiva, los hechos no se suceden en la tradicional trama aristotélica de inicio, nudo y desenlace. En ocasiones se adelanta a los acontecimientos, e introduce opiniones personales del narrador omnisciente que a veces está en la historia, o a veces fuera de ella. Y como en el cine, Vallejo rompe la cuarta pared, en ocasiones parece que tratara de conversar con el lector:

  ¿Y no habría la posibilidad de contar esta historia con palabras menos altisonantes?
  No, si no son mías, yo no hablo así. Aquí los deslenguados son los personajes. Yo los echo a andar y ellos se van; les doy cuerda y hablan; los junto y copulan. Empiezo haciendo lo que quiero con ellos y acaban haciendo lo que quieren conmigo. ¡Qué culpa tengo yo de sus desmanes! Eso sería como echarle a Dios las fechorías de Atila.”

“Colombia, mamita, ¿por qué no les pagas a los concejales para que no te roben? Y puesto que de todas formas te van a robar, ¿por qué no eliminas los concejos? Para ladrones con tus alcaldes basta. Si ahora me ocupo de uno es porque es mi hermano. Y si es mi hermano, es honrado. Y el que no crea o titubee o dude se me va yendo de una vez de este libro.”

En el recuerdo también queda imborrable la descripción de los tres bobos del pueblo:

“Támesis tenía tres bobos: Tarazo, Plinio y Zenón.

A Tarazo le decían los niños:
  Tarazo, enfurécete a ver.
Y el bobo se iba enfureciendo, enfureciendo, dándose cuerda a sí mismo, y la cara se le ponía roja y se le hinchaban las venas de la frente como si se le quisieran explotar.
  Aj, aj, aj, aj, aj—decía jadeando.

(…) Otro bobo era Plinio, “mueco” o sea desdentado, y “cumbambón” o sea prognata.
  ¿Quién es el Putas de Támesis?—le preguntaban.
El “Putas”, o sea el non plus ultra. Y él, con su amplia sonrisa desdentada y señalándose el pecho como corazón de Jesús, con candor contestaba:
  Yo.
Tenía un falo descomunal que ya se lo quisiera Schwarzenegger y Lucho y Ritiña lo ordeñaban.

Y al último bobo, Zenón, le decían los culicagaos:
—Zenón, te doy un peso si vas y le quebrás con esta yuca un vidrio al almacén de Alicia Vásquez. Y ahí iba Zenón con la yuca a quebrarle el vidrio al almacén de Alicia Vásquez.”

El autor inventa cuatro mandamientos que todo gobernante debe seguir:

“Piche, amigo, mientras pueda y se le pare que vida no hay sino una sola y lo que no se coma usted después se lo comerán los gusanos: los gusanos de la muerte que luego se le tragarán todos los resaltos y los orificios, las ilusiones y las ambiciones. Bueno, digo yo, ése es el primer mandamiento de mi decálogo.”

“El segundo mandamiento de mi decálogo reza: No le des, güevón, de comer a la chusma para que te adulen y te elijan: que coman mierda y voten por su puta madre.”

“Tercer mandamiento: El que se haga elegir para el bien del prójimo y no para el propio es un güevón.”

“Cuarto mandamiento: No te hagas elegir si no vas a robar, pendejo. Y que el pueblo trague polvo y coma mierda.”

A pesar de su pesimismo intransigente y su profundo desprecio por la raza humana y la patria, las novelas de Fernando Vallejo conservan el vigor y la fuerza de la realidad colombiana de finales de siglo XX y principios del XXI. Tengo que confesar que ésta novela me gustó mucho más que “El desbarrancadero” y “La virgen de los sicarios”. Juega con los tiempos, en forma de fábula le otorga el don de la palabra a los ríos y a los loros, introduce vocabulario y sabiduría popular únicos del dialecto paisa: “verracos”, “puñalada marranera”, “chamba”, “pichar”, “un pico”, “cacorro”, “requeñeques”, “chapoleros”, “darle balín”, “mica”, “el que prueba la jalea real quiere seguir chupando”, “parivagabunda”, “angurrioso y putañero”, ”negro zángano”, “un changonazo”, “mamagallista”, “le hizo abrir la tapa de los sesos”,  “arrasó hasta con el nido de la perra”. No es casual ni fortuito que Vallejo haya escrito las fenomenales biografías del lingüista José Rufino Cuervo y del exiliado poeta colombiano Porfirio Barba Jacob.      



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