lunes, 12 de septiembre de 2016

Los orígenes del totalitarismo- 1er volumen: Antisemitismo






Las opiniones, prenociones o representaciones esquemáticas que orientan y guían a las personas en la vida cotidiana, tienen que ser puestas a menudo en tela juicio por la investigación en ciencias sociales. Lo que se denomina Sentido común (o interpretaciones “naturales” de primer orden) tiene que atravesar un trabajo de destilación por el investigador, o de “ruptura con lo real y las configuraciones que éste propone a la percepción”, en palabras de Pierre Bourdieu.

La sección El antisemitismo como un insulto al sentido común abre la tremenda obra Los orígenes del totalitarismo (1951) de la filósofa alemana Hannah Arendt. En tres sendos tomos se propone investigar la génesis de “la dominación total del hombre por el hombre”, forma nueva e inédita de gobierno instituida por las dictaduras modernas. El corolario de la obra se propone el examen del totalitarismo en el régimen soviético de Stalin y el estado nacionalsocialista de Hitler. Lo antecede un detallado estudio de la expansión del imperialismo (en el sentido económico y colonial, no en el significado político y cultural del imperio romano), y un primer volumen dedicado a los fundamentos históricos del antisemitismo europeo, del que me pienso ocupar en esta ocasión.

Las posibles explicaciones populares, o falacias del sentido común, del por qué aconteció la persecución y exterminio sistemático de los judíos, son discutidas y negadas en primera instancia. a) El antisemitismo tuvo como causa el estallido del nacionalismo y su concomitante xenofobia. Objeción: el nacionalismo en el siglo XX, al igual que el Estado-nación, estaba en incuestionable decadencia en todo el viejo continente. b) Fue reacción de los europeos porque el pueblo judío tenía demasiada importancia y poder. Objeción: Nadie sospecha que los judíos fueron despojados de sus privilegios políticos, junto con el declive de la aristocracia, atesorando únicamente sus riquezas. Esto los hizo ver como parias y parásitos del antiguo régimen. c) Los judíos fueron los culpables de todo el conflicto de la segunda guerra mundial [quizá porque eran proclives a la alianza y la conspiración internacional]. Objeción: A la autora le parece esto un mal chiste. d) Queda la teoría de la víctima propiciatoria, la cual afirma que cualquier sujeto o grupo inocente pudo haber sido víctima del holocausto, que la elección de los judíos pasó por un motivo enteramente fortuito y circunstancial. Objeción: Como si las víctimas de la tragedia nazi hubiesen sido escogidas arbitrariamente, sin ánimo de persuadir y mover a las masas. e) También está la doctrina de un “eterno antisemitismo” que justifica que el odio y el rechazo hacia los judíos vienen desde hace 2.000 años, que matarlos ha sido un deporte habitual en la historia cristiana de occidente. Objeción: a pesar de, o a causa de, haber sido un pueblo sin gobierno, sin país y sin lengua, sobrevino un proceso europeo de asimilación judía, concomitante de la secularización y relajación de los antiguos valores judíos.  

Las dos últimas teorías tienen en común despojar de responsabilidad la conducta humana, tanto de la víctima como del victimario. Arendt las denomina opiniones ampliamente aceptadas que han nublado y opacado el juicio de los historiadores modernos. A la luz de la constelación de los hechos, la discípula de Martin Heidegger, describe y comprende las relaciones Estado nación-pueblo judío y sociedad-judíos, con el objetivo general de descubrir y des-ocultar los orígenes del antisemitismo moderno. En última instancia, en el capítulo IV, le asigna un lugar especial al conocido “affaire Dreyfus”, lío judicial muy sonado en Francia y Europa a principios del siglo XX.

Ahora bien, ¿cuáles fueron las funciones de la judería europea en la constitución de los estados-nacionales? En los siglos XVII y XVIII, cada monarca y corte contaba con al menos un judío palaciego que se encargaba de los asuntos financieros.  Eran prestadores de un servicio recompensado con privilegios, protección y libertades especiales. El crédito y el préstamo de los banqueros judíos impulsaron el nacimiento de “el Estado nación como un complejo empresarial”. La fama de usureros y avaros no fue gratuita. Asimismo, brindaron auxilio a los ejércitos con la compra y suministro de provisiones en la guerra. Trabajaron como servidores de reyes y proveedores bélicos. Eran un elemento no-nacional, inter-europeo que fue útil tanto en la guerra como en la paz, en un mundo de naciones emergentes o ya consolidadas.

Con la eclosión de la sociedad de clases producto de la revolución industrial, los judíos quedaron al margen de tal situación, no pertenecían ni a la burguesía ni a la clase media ni al proletariado. Sin intención premeditada, pasaron a representar al Estado-nación en las imaginaciones populares. La casa de los Rothschild, estirpe judía de banqueros palaciegos, se hizo célebre por establecer vínculos financieros en y con varias naciones de Europa: Francia, Gran Bretaña, Alemania, Italia y Austria; no obstante, como la mayoría de banqueros judíos, nunca guardaron adhesión a ningún gobierno determinado. La imagen de ésta familia contribuyó en la representación económica y política de un presunto gobierno mundial de origen judío. Los judíos identificados como la construcción fantasmática de cierta organización comercial internacional, o un complejo familiar empresarial con presencia en todas partes. Para algunos la existencia de los Rothschild constituía la prueba inequívoca de una fuerza secreta que manipulaba y manejaba los hilos de poder de todos los gobiernos europeos. Fuente de todo tipo de teorías conspiratorias globales, que sitúan al judaísmo, junto al jesuitismo y la masonería, dentro de organizaciones secretas que han gobernado el mundo entero.

Arendt explica las diferentes vertientes del antisemitismo moderno. El primero nace en el seno de la aristocracia. La nobleza, denostada derrocada y sustraída de su poderío político en el siglo XVIII, identificó a los judíos con el Estado-nación que tenía la intención de privarle de su status social y sus privilegios de sangre, sin consecuencias políticas para aquellos. Por otro lado, liberales y pensadores de izquierda fundaron un antisemitismo radical e introdujeron la distinción entre los individuos judíos, “los hermanos judíos”, y la judería como grupo internacional. Ideas incipientes que aparecen en los escritos de juventud del judío Karl Marx. Hannah Arendt desmiente las acusaciones de antisemitismo que han caído sobre el filósofo alemán, si bien en el ensayo de “la cuestión judía” Marx no equipara la emancipación judía con la liberación genérica del ser humano, ve con desconfianza los lazos entre Estado y religión. En todo caso, la teoría del materialismo histórico dialéctico no señala al judío como responsable de la compra y venta de fuerza de trabajo en la producción capitalista. Los judíos ni se nombran en El Capital.    

En seguida, sigue la descripción de cómo nacieron los primeros partidos políticos antisemitas en las entrañas de la pequeña burguesía, en los últimos veinte años del siglo XX. La jocosa analogía consiste aquí en que los representantes del populacho de la clase media se creían luchando contra los banqueros judíos, igual que los proletarios luchaban contra la explotación y esclavitud de los empresarios burgueses. Otra característica: Los nuevos partidos políticos tenían un carácter supranacional que contenía todos los grupos antisemitas de Europa, quienes empezaron por considerar asuntos de política exterior en sus programas de orientación partidista; mientras tanto los socialistas de la época, comenta Arendt, se preocupaban más por lo que pasaba al interior de los Estados-nación.  

El capítulo III, los judíos y la sociedad, deja claro las exigencias tácitas de las naciones europeas, si los judíos querían asimilarse e integrarse al mundo social. Los únicos que podían optar por la asimilación, eran los intelectuales. De ellos se tenía la expectativa de que fuesen excepciones de su propio pueblo y de la humanidad. No es casual que grandes científicos y pensadores occidentales (Einstein, Bohr, Durkheim, Marx, Freud, la familia de los Mendelssohn, Bergson, Kafka, etc.,) hayan sido de origen judío. El resto de judíos siempre fue considerado como pueblo paria, tanto los judíos palaciegos como los banqueros y negociantes, nunca fueron vistos con buenos ojos por la sociedad en su conjunto. Vivían recluidos en sus guetos, con la fe de creerse un pueblo elegido y la esperanza mesiánica de la salvación. El estigma y la discriminación ocasionaron de forma ineluctable un cerrado sistema internacional de casta.  Compuesto por las familias de los grandes banqueros de la judería de la época.

Los ejemplos más ilustrativos de asimilación judía mostrados en este capítulo, corresponden al caso del primer ministro británico Benjamín Disraeli, apodado “el gran mago”, y al escritor francés Marcel Proust. Al parecer, Disraeli tenía unas dotes de persuasión y de charlatán envidiables que embelesaban al parlamento inglés. Arendt lo describe como “un inglés imperialista y un judío chauvinista” que consiguió desenvolverse en la Inglaterra del siglo XIX “donde no había pobreza judía ni masas judías”.

Diferente es el caso del escritor Marcel Proust, quien era la encarnación viva del vicio y el delito aceptado y condenado en sociedad. Un judío homosexual que frecuentaba los salones exclusivos de El Faubourg Saint-Germain. Los prejuicios morales del “judío traidor” y del “delincuente homosexual” hacían de Marcel Proust un individuo sumamente atractivo en los círculos intelectuales de París: “Los temas de conversación que anteriormente habría evitado—el amor, la belleza, los celos—para que nadie sospechara de su anomalía, eran ahora recibidos ávidamente en razón de la experiencia extraña, secreta, refinada y monstruosa en la que fundaba sus opiniones”.     

Aquí encuentro un punto de contacto muy sugestivo con la teoría de los anormales de Michel Foucault. Lo extraño, lo exótico, lo monstruoso, tiende a estar conectado con el crimen y el delito. Los judíos y homosexuales asimilados entraban en un juego de exposición y ocultamiento, no confesaban públicamente su identidad pero tampoco la ocultaban: “Los salones del Faubourg Saint Germain consistían en un conjunto de camarillas, cada una de las cuales presentaba una extremada norma de conducta. El papel de los invertidos consistía en mostrar su anormalidad; el de los judíos en representar la magia negra (nigromancia); el de los artistas manifestar otra forma de contacto sobrenatural y super-humano; el de los aristócratas, en mostrar que no eran personas ordinarias (burgueses)”.

El autor de En busca del tiempo perdido estaba más preocupado por su judeidad (nacimiento judío) que por su inexistente judaísmo. Ser judío constituía, o bien un defecto, o bien una ventaja de nacimiento: “En ésta situación equívoca, la judeidad era para cada judío a la vez una tacha física y un misterioso privilegio personal, inherentes ambos a cierta predestinación racial”.

El examen judicial del caso Dreyfus, que despertó toda clase de polémicas en la III República francesa de finales del siglo XIX y comienzos del XX, y que tuvo como protagonistas a escritores de la talla de Emile Zola, Anatole France, Emile Durkheim, es interpretado por Arendt en el capítulo IV. La consigna “¡mueran los judíos!” tan difundida por el populacho francés y su vandalismo consonante, exacerbó el antisemitismo en Europa, especialmente en Austria y en Alemania. Cabe decir que la categoría inédita de “populacho” (introducida por Arendt) es diferente de la de pueblo, en tanto el primero constituye el residuo de todas las clases sociales existentes (los burgueses, las capas medias, los pequeños burgueses y los proletarios), que clamaban por el gobierno de “un hombre fuerte”, de “un gran líder”. Los detalles y la influencia de la tragicomedia del caso Dreyfus son considerados en este primer volumen de manera sumaria y sucinta. Los amantes de la historia europea encontrarán interesante los pasajes de ésta colosal obra de la ciencia política.
   

0 comentarios:

Publicar un comentario