martes, 30 de agosto de 2016

La visión diádica del territorio político






En el libro "Derecha e izquierda" del jurista y pensador italiano Norberto Bobbio, publicado en 1994, se discute en términos conceptuales la clásica distinción derecha e izquierda que se gestó en la revolución francesa y que, pese a los embates del tiempo, sigue operando en el campo político. Dicha dicotomía puede parecer pasada de moda y obsoleta, sin embargo el autor le da un uso en términos de diada política: dicotomía en que las entidades concebidas por esta son divergentes. La interpretación aquí está lejos de la síntesis dialéctica hegeliana o de la complementariedad de dos polos opuestos en contradicción.  

Múltiples son las refutaciones de dicha distinción de posiciones. Están quienes aseguran la crisis de las ideologías, su desvanecimiento e inexorable desaparición. A lo que el autor objeta que aquéllas no han desaparecido, antes bien han sido sustituidas por otras nuevas o que pretenden serlo. Y la polaridad indica contraste de programas; no solo de ideas rectoras, sino de intereses y valoraciones sobre el rumbo de la sociedad.

Por otro lado, están los que afirman que en las sociedades democráticas existe la pluralidad de posiciones y que es anacrónico establecer tal antítesis. A lo que se replica que nada indica que no se pueda establecer una línea continua entre “izquierda inicial” y “derecha final”. Donde  exista un centro, como “tercero excluido” o “tercero incluido”. La definición del centro político, “el tercero incluido”, depende de la oposición determinante entre izquierda y derecha, como el crepúsculo depende del día y de la noche. La diada puede en realidad convertirse en pentíada con un centro izquierda, un centro derecha y un centro-centro.   

Distinto del “tercero incluido” que crea un espacio separador de los dos opuestos y que no deja que se toquen, está el “tercero incluyente” que pretende descollar como unidad sintética superior de las dos posiciones en conflicto. Bobbio indica que este “tercero incluyente” habitualmente se presenta como una tercera vía que pretende ir más allá de izquierda y derecha (ej. las formas típicas de un liberal-socialismo). A menudo el “tercero incluido” aparece como praxis sin doctrina, en cambio “el tercero incluyente” se origina como doctrina en busca de praxis. El uno se alimenta de los dos opuestos, el otro los rechaza y los expulsa.

Otro motivo para descartar la vieja diada apela al efecto de las nuevas transformaciones sociales y el surgimiento de nuevos problemas políticos. El nacimiento y proliferación de movimientos alternativos de índole cultural, sexual o medioambiental han puesto en tela de juicio la contraposición entre izquierda y derecha. “¿Son los verdes de derechas o son de izquierdas?”, el pensador italiano señala que entrarían en la denominación de un movimiento transversal, en tanto “atraviesan los campos enemigos de un lado a otro”, a veces son de izquierda, otras veces son de derecha. Tienen ubicuidad. No están en el medio (el centro), ni van más allá (la síntesis), sino que se mueven a través. Paradójicamente la concepción filosófica que opere de la relación del hombre con la naturaleza, vuelve a introducir la diada entre verdes de izquierda o verdes de derecha.  

Sin duda la diada tiene un carácter exhaustivo. En tanto izquierda no existe sin derecha, y viceversa. No obstante, este argumento ha sido esgrimido para dar por sentada la inexistencia de la diada. La crisis de la izquierda y el derrumbamiento de los regímenes comunistas de antaño han hecho que en el mundo contemporáneo se pregunte con insistencia: “¿Pero, aún existe la izquierda?”. La caída del régimen soviético dio fin a un tipo histórico de izquierda, pero no fue el fin de todo el polo tradicional de la izquierda.

Ahora bien, el último alegato a la negación de la diada procede del asunto de que no hay diferencias entre izquierda y derecha. Hoy en día los partidos tienen más o menos los mismos programas, los políticos de ambos bandos comparten ideas y fines similares, y siempre dicen más o menos las mismas cosas. Esto no cuaja con el objetivo primordial del pensador italiano Norberto Bobbio, quien busca obviamente un criterio de distinción conceptual entre izquierda y derecha que corresponda con la realidad del universo político.

En el apartado Extremistas y moderados, Bobbio hace un sucinto e interesante análisis de la incidencia de pensadores y filósofos en los movimientos de izquierda y derecha. Si Nietzsche inspiró a los nacionalsocialistas alemanes, ¿por qué hoy lo reivindica la nueva izquierda?; si Carl Schmitt fue ideólogo del nazismo, ¿Por qué la despierta tanto interés en los estudiosos de la izquierda contemporánea?; si Heidegger fue un simpatizante del régimen del Tercer Reich, ¿Por qué razón algunos filósofos de izquierda lo consideran intérprete de nuestro tiempo?; y en el otro extremo, ¿qué decir de los neofascistas europeos que se han apropiado del pensamiento de Antonio Gramsci, bajo el seudónimo de “gramscianos de derecha”?

Tanto los revolucionarios como los contra-revolucionarios han usado teorías de ambos polos indiscriminadamente. La cuestión aquí es que el criterio de distinción entre extremistas y moderados es diferente del de izquierda y derecha. Las franjas extremas comparten y tienen como criterio común la antidemocracia y el antiiluminismo (desprecio por los valores básicos de la ilustración).

En ideas de moral y de virtud, los polos límites también se encuentran: los extremistas defienden los valores asociados a la guerra y la violencia: el coraje, la fuerza, la bravura, el honor, la gloria, el heroismo etc., Por el contrario, repudian la prudencia, la tolerancia, el diálogo y la razón en el conflicto de intereses, que son concebidas negativamente junto con la democracia. En palabras de Bobbio: “En el lenguaje de unos y de otros, democracia es sinónimo de mediocracia, entendida ésta como dominio no sólo de la clase media sino también de los mediocres. El tema de la mediocridad democrática es típicamente fascista”. El enemigo común tanto de comunismo como de fascismo, es la democracia.

En cuanto a las diferencias reales, mientras que la teleología de la historia de los moderados se orienta al gradualismo y la evolución, el fin de la historia en los extremistas siempre tiene una naturaleza catastrófica. El ejemplo más verosímil de ésta ruptura temporal se encuentra en la catástrofe de la revolución de octubre que tuvo su reacción equivalente en la catástrofe contrarrevolucionaria del fascismo y nacionalsocialismo europeos.   

Según el autor italiano, la diada izquierda-derecha actualmente sobrevive. No obstante, me genera preocupación su reducción de la diada a la oposición básica amigo-enemigo (que como se sabe fue usada con fines ideológicos por Carl Schmitt). Donde la forma extrema de la política es la guerra entre dos. En la guerra no existe un tercero, este únicamente aparece como mediador o como árbitro. El juego en la guerra podría simplificarse en “cuatro posibles combinaciones: amigo puede ser tanto el amigo del amigo como el enemigo del enemigo; enemigo puede ser tanto el enemigo del amigo como el amigo del enemigo”. Y como se ve, el texto no se propone caer en un maniqueísmo de contradicciones interminables.

Según sugiere la lectura, el origen de la división “izquierda-derecha”, obedece a una metáfora espacial meramente accidental. Otras metáforas verticales como alto-bajo, superficie-profundo; u horizontales como delante-atrás y cercano-lejano, han hecho eco de la visión diádica del poder. La metáfora temporal de pasado y futuro, de innovadores y conservadores, de progresistas y tradicionalistas, también ocupa un lugar fundamental en el lenguaje político. Un científico social (sociólogo, lingüista, antropólogo) apuntará en un principio al significado descriptivo del binomio, en cambio un ciudadano del común o militante de un partido atenderá a su significado axiológico o valorativo (a juzgarlo negativa o positivamente).

En la búsqueda del criterio de distinción entre derecha e izquierda, el autor sondea la opinión de diversos pensadores políticos (Laponce, Cafrancesco, Galeotti): primero la contraposición entre sagrado y profano, y luego el antagonismo entre tradición y emancipación (que recuerda la polémica Habermas-Gadamer originada en la década de 1960), que desde luego no es un binomio de contrarios; si así fuera, el opuesto de tradición sería innovación, y el de emancipación el orden coercitivo, que terminarían proponiendo el contraste habitual entre progresistas y conservadores. Otro criterio de diferencia corresponde al propuesto por Galeotti entre “jerarquía para la derecha e igualdad para la izquierda”, el autor cuestiona ampliamente esta diferencia que no planeo discutir aquí. Las controversias han girado más o menos entre la visión horizontal igualitaria de la izquierda y la visión vertical no-igualitaria de la derecha.   

En orden con lo anteriormente dicho, se deja claro que izquierda y derecha no son conceptos absolutos, sino relativos. Tampoco indican una situación ontológica o sustantiva. Bobbio los describe como lugares de un espacio político. Más que ser de izquierda o derecha, lo fundamental es estar en la derecha o estar en la izquierda. Son tomas de posiciones en la composición política o el entramado de los juegos de poder y dominación.

Aunque parezca obvio, el criterio de distinción de la díada para el pensador italiano resulta ser la igualdad. Ojo, no el igualitarismo (que sería la igualación de todos en todo), sino la igualdad. La igualdad entendida como búsqueda de la reducción de las desigualdades sociales de raza, sexo y clase en toda la sociedad. El razonamiento de Norberto Bobbio está sustentado en lo siguiente: “Los hombres son entre ellos tan iguales como desiguales. Son iguales en ciertos aspectos y desiguales en otros. Queriendo poner el ejemplo más obvio: son iguales frente a la muerte porque todos son mortales, pero son desiguales frente a la manera de morir porque cada uno muere de una manera  distinta a cualquier otro”.

El criterio de distinción estriba en que la derecha trata de demostrar que las desigualdades naturales (de sexo o raza, por ejemplo) no pueden eliminarse. Por el contrario, el representante de izquierda parte de la convicción de que éstas desigualdades no son naturales sino sociales, es decir que sí se pueden eliminar, dan cuenta de este convencimiento los avances significativos en materia de libertades y derechos civiles que impulsaron los movimientos feministas y afroamericanos en el siglo XX. El representante de derecha exalta las desigualdades naturales y las diferencias culturales (las costumbres y la tradición); el de izquierdas busca reducir las desigualdades de un grupo excluido, saber cuáles son los bienes o gravámenes a repartir (derechos, ventajas, facilidades económicas, posiciones de poder) y asignar un criterio de repartición (necesidad, mérito, capacidad, clase, esfuerzo etc.,).

Finalmente, la relación entre igualdad y libertad es expuesta en el último apartado. Sin duda, las normas igualitarias restringen las libertades privadas en tanto se establece una obligación que todos deben cumplir. En este punto el autor es clarísimo: “Una norma igualitaria que impusiera a todos los ciudadanos servirse únicamente de los medios de transporte público para aligerar el tráfico, perjudicaría el medio de elegir el transporte preferido… Un régimen igualitario que impusiese vestir de la misma manera impediría a cada uno elegir la indumentaria preferida”. Frente a esto cabe decir que el ser humano únicamente es libre frente a la ley, el estado de libertad natural del cavernícola salvaje no corresponde con la civilité de la vida en sociedad, donde gente de diferentes clases, razas y géneros crean y recrean lazos sociales todos los días.

El autor traza un esquema donde ubica las diferentes doctrinas y movimientos políticos en cuatro segmentos: "a) extrema izquierda [igualitarios y autoritarios], b) centro izquierda [igualitarios y libertarios], c) centro derecha [libertarios y no igualitarios] y d) extrema derecha [antilibertarios y antigualitarios]. Como se ve, en los extremos la libertad está absolutamente restringida, tanto en los regímenes comunistas como en los fascistas y nazistas. No hago énfasis en el argumento final que concierne al problema de la propiedad privada y “la utopía invertida”. Recomiendo leer directamente el texto y despejar interrogantes personales al respecto.  


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