miércoles, 20 de julio de 2016

Un 20 de julio “maquiavélico”





Mi día de la independencia [En Colombia] consistió en releer, desde el alba hasta el anochecer, la popular obra de ciencia política “El Príncipe”. Un texto breve  y sustancioso. Agradable y ameno.


El político e historiador Nicolás Maquiavelo expone con evidencia histórica las formas de gobierno de los nuevos principados y los modos de proceder de los príncipes hasta el año de 1513. La república es diferente del principado en tanto éste se rige por la voluntad de un gobernante y aquella depende del imperio de la ley. Los principados a su vez tienen 4 clasificaciones: Los principados hereditarios (antiguos estados constituidos por el linaje real o la dinastía), los principados mixtos (cuando un Estado invasor añade o conquista Estados a su dominio, destruyendo ciudades y extirpando linajes nobles), los nuevos principados (en donde alguien llega a convertirse en soberano por diversos medios: la virtud, la fortuna, el crimen y el pueblo) y los principados eclesiásticos (se ganan por suerte o valor y están fundados en antiguas instituciones religiosas).

Sujetos virtuosos de la historia como Moisés, Ciro, Rómulo, Teseo y otros no menos grandes crearon Estados basados en sus propios méritos. Del mismo modo, tuvieron el valor de armarse hasta los dientes para liberar sus pueblos. Maquiavelo equipara el Estado a un edificio que necesita tener unos cimientos firmemente construidos (con príncipe, nobleza, pueblo, soldados y territorio).

También están los principados adquiridos por suerte, fortuna o azar. Aquellos que “Compran un Estado o lo obtienen como regalo”. César Borgia, o el duque valentino, es citado como ejemplo, aquel burgués italiano que consiguió el título de señor de Romaña con fortuna de su padre (bien sabida es la importancia de la familia Borgia en el desarrollo del capitalismo mercantil en Florencia). Maquiavelo lo ensalza por su grandeza, por las conquistas inteligentes y las acciones militares que lo hicieron famoso.

Aquéllos que llegan a gobernar mediante crímenes y violencias logran mantenerse en el poder si hacen un buen o mal uso de la crueldad. Ideal la recomendación de que el usurpador haga uso de ésta una sola vez sin vivir con “el cuchillo a la mano”. Repetidas crueldades (estrangular, desmembrar, descuartizar, desollar, torturar etc.,) estimulan a la desconfianza e insubordinación de los que rodean al príncipe. Lo más aconsejable: el príncipe nunca tiene que ganarse el odio de sus súbditos. El cuarto caso, que no voy a explicar, concierne a cómo un príncipe llega a ser tal por los favores de sus conciudadanos, ya sean la nobleza o el vulgo.  

El texto también le dedica varios capítulos al poder militar. Con claridad y precisión el autor describe las clases de milicia: los mercenarios, los auxiliares, los mixtos y los propios. De igual modo, un príncipe tiene como deber consagrarse en obra y pensamiento en El arte de la guerra. Lo primero consiste en “ejercitarse y organizar sus tropas”, hay que “conocer el terreno”, el consejo de que el príncipe debe salir a cazar y conocer las montañas, los valles, las colinas de un pueblo o  de una o varias provincias, en la actualidad podría calificarse como desarrollo de las habilidades de espacialidad. En segundo lugar está bien que el gobernante entienda de las estrategias, las tácticas y de la pericia en combate, mediante la lectura de la historia. Las hazañas de reyes, caballeros o militares operan como capital intelectual que sirve al proceder del Estado en tiempo de guerras. El príncipe “nunca debe permanecer inactivo en tiempos de paz”.

El elogio o la censura, la alabanza o la crítica, el aplauso y el abucheo, emanan del comportamiento del príncipe en su relación con súbditos y amigos. Maquiavelo cree que los seres humanos son por naturaleza perversos, malignos, inicuos, pérfidos “porque de la generalidad de los hombres se puede decir esto: que son ingratos, volubles, simuladores, cobardes ante el peligro y ávidos de lucro”. Plantea un problema ético interesantísimo en el capítulo XVIII al señalar que las acciones no siempre van unidas a las palabras. Un mandatario bien puede predicar la fe, la caridad, la humanidad y la religión en público, y sin embargo, detrás de bastidores, cometer acciones impías, infieles, inhumanas y que atenten contra los valores cristianos: “Todos ven lo que pareces ser, mas pocos saben lo que eres”. Yo considero que la metáfora del zorro y el león, del engaño y la fuerza, aplican a la forma de obrar de cualquier gobernante: ya sea un príncipe, un primer ministro o un presidente.  

Las dos formas de embestir en combate, las leyes (creadas por la humanidad) y la fuerza (característica de la bestia), deben ser usadas por el soberano de un Estado. A menudo el príncipe tiene que ser una bestia, un animal salvaje tanto en la política como en el arte de la guerra (que vienen siendo la misma cosa). Empero éste debe evitar a toda costa ser odiado o despreciado por su pueblo no expoliando los bienes ni arrebatándole sus mujeres. Debe sortear conspiraciones en el interior y ataques en el extranjero.   

El historiador nos recuerda que es preferible que un príncipe sea más tacaño que pródigo, más cruel que clemente, más temido que amado (el temor es miedo al castigo del soberano), y nunca debe hacerse odiar ni tener por enemigo a su propio pueblo, puesto que esto ha llevado a la ruina a innumerables naciones y estados. Un soberano constantemente belicoso, sanguinario, cruel y rapaz con sus súbditos, tarde o temprano termina originando sublevaciones.

    

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