sábado, 9 de julio de 2016

La cuestión del género





En El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad, Butler parte de la pregunta básica: ¿Qué es el género, cómo se produce y reproduce, y cuáles son sus opciones?



¿Qué significa ser mujer?, ¿Se nace mujer?; y, ¿qué significa ser hombre? ¿Se nace hombre? Estas preguntas se dirigen a las cuestiones de sexo, como el destino biológico, y género, como la construcción cultural. En otras palabras, los conceptos de macho y hembra diferentes de los de masculino y femenino. La heterosexualidad normativa tiende a creer que el género es reflejo del sexo, que la relación es fundamentalmente mimética.

¿Las personas tienen un género, o es un atributo esencial?

Judith Butler, como buena feminista, inaugura el debate con la famosa frase de Simone de Beauvoir de “no se nace mujer: llega una a serlo”. De lo que se infiere que alguien de cualquier sexo puede llegar a ser mujer. Sexo y género son construcciones culturales, el género es “el medio discursivo a través del cual un ‘sexo natural’ se forma y establece”. Ver el sexo como una “facticidad anatómica pre-discursiva” significa ver un cuerpo pasivo al que se le añade la marca activa de la cultura, es decir, del lenguaje y el campo de lo simbólico. Algo parecido a equiparar el cuerpo a un instrumento o un mero medio receptivo a la ley cultural. Cosa que no es cierta, puesto que el cuerpo está desde siempre interpretado, determinado y construido por significados culturales.

Las categorías de “yo, individuo, persona” con frecuencia tienden a aludir a la metafísica de la sustancia, filosofía que defiende la esencia de las identidades. O en palabras coloquiales, que en lo más profundo de mi ser, en mi yo interior, hay algo propio e inmanente que me diferencia del resto. La autora lo denomina: ilusión de identidad sustancial, algo similar a la identidad romántica de buscar la verdad o el sentido oculto adentro de sí mismo. En esta perspectiva el sexo se confunde con el género, funcionando como principio unificador del yo.

El género es ante todo un hacer, es performatividad: “el género es la estilización del cuerpo, una sucesión de acciones repetidas-dentro de un marco regulador muy estricto- que se inmoviliza con el tiempo para crear la apariencia de sustancia, de una especie natural de ser”.

Capítulo 2: Prohibición, psicoanálisis y la producción de la matriz heterosexual

Independiente de las disertaciones sobre las leyes de parentesco, la exogamia y las distinciones misóginas entre naturaleza y cultura de Levi-Strauss, así como la interpretación que hace Lacan del género descrito como mascarada y las identificaciones que devienen entre ser y tener el falo, el apartado que más me gustó de este capítulo es el que atañe a la explicación de la contribución de Freud al asunto del género, a partir del ensayo de 1917 “Duelo y melancolía”. El género como estructura melancólica. La melancolía o el proceso de interiorización de los amores perdidos. Sea por separación, muerte o ruptura de un vínculo afectivo, el yo inicialmente rechaza la idea de perder el amor de la persona, y más de perder a esa persona. Como mecanismo de conservación del amor perdido, el yo incorpora al otro en sí mismo. El objeto perdido se preserva mágicamente en el cuerpo. Interioriza los atributos de la otra persona, inicia un proceso de identificación­. Butler extrapola esto a la sexualidad infantil, en la pérdida del objeto del deseo.

La introducción de la ley paterna, o la ley de la prohibición del incesto, funciona de dos maneras. Siguiendo a Freud, el complejo de Edipo es positivo o negativo. Positivo cuando las relaciones son heterosexuales, entre un niño y la madre, el niño renuncia a su objeto pero no a su deseo. El niño no puede tener relaciones sexuales con el cuerpo de la madre, pero en cambio sí puede seguir deseando mujeres y usándolas como objetos sustitutos a su deseo insatisfecho. El infante hace elección de objeto, si es heterosexual la identificación aquí se desplaza de la madre hacia el padre, el niño se apodera del padre mediante la interiorización de sus atributos (lo tradicionalmente asociado a los hombres: el poder, la fuerza, la voz grave, la inteligencia, los comportamientos masculinos etc.,). Freud supone que antes de la ley todos los seres humanos tenemos disposiciones fundamentalmente bisexuales, y nada contradice que los niños varones no sientan amor y deseo hacia su progenitor.

La relación edípica es negativa en el caso de las relaciones homosexuales, el niño o la niña renuncian tanto al objeto como al objetivo. La ley prohíbe que los niños no pueden tener relaciones sexuales con su padre ni las niñas con su madre. Asimismo, la prohibición simbólica le prescribe al menor no desear tener relaciones homosexuales. El tabú del incesto esconde otro tabú implícito que es el de la homosexualidad. En el varón homosexual aquí el vínculo de identificación no se desplaza hacia el padre, sino que se dirige a la feminidad (lo tradicionalmente asociado con la mujer: la debilidad, la delicadeza, la suavidad, la dulzura, la estupidez, la sumisión etc.,) de la madre: “incorpora a la madre y crea un súper-yo femenino que destruye y desordena la masculinidad, y refuerza en su lugar disposiciones libidinales femeninas”

En el caso de las niñas el complejo de Edipo también puede ser “positivo” (identificación con el mismo sexo) o “negativo” (identificación con el sexo opuesto). Hay que recordar que la identificación es el proceso mediante el cual el otro se convierte en parte del yo, construyendo la instancia moral del súper-yo. Esta construcción del “ideal del yo” es concomitante a la interiorización de la identidad de género. Es instancia interior de tabú y castigo. Por ejemplo: “Debes ser como tu padre, pero no te está permitido hacer todo lo que él hace”. El padre o la madre se incorporan al ideal del yo y actúan como instancia de prohibición y castigo.


Judith Butler rebasa a Freud cuando dice que las disposiciones bisexuales de los seres humanos son producto de la ley cultural. Haciendo uso de Foucault, sugiere que la ley de la prohibición del incesto no solo es negativa, en el sentido de rechazar, reprimir, negar o silenciar los deseos homosexuales y el incesto, sino que tiene un revés positivo, de producción y generación de identidades de género. Aquí la pregunta capital es: ¿Puede reconcebirse la prohibición contra el incesto que prohíbe y castiga las posturas de género binarias y jerárquicas como un poder productivo que de forma involuntaria crea distintas configuraciones culturales de género? En el horizonte de La historia de lasexualidad: la voluntad de saber, la autora reconoce que la ley estructuralista puede verse como una [entre muchas] formaciones de poder con cierta configuración histórica concreta, y que la ley despierta el deseo más que reprimirlo.

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