viernes, 29 de julio de 2016

Del registro de lo real al duelo







Antes de comenzar quiero hacer un paréntesis. Tal vez en unos cuantos años, cuando tenga más mundo, erudición y experiencia, decida escribir y publicar un libro con todo el contenido y los matices que procedan de mi persona. Por ahora, a mis 25 años, no me interesa sino redactar breves ensayos, columnas y reseñas de los textos que se me cruzan en el camino. No me afano, cualquier escritor quisiera ser inmortal y alcanzar lo que yo he logrado con tan poco: introducirme en las fantasías populares y cotidianas significando objetos, animales, personas y sucesos. Ningún escritor escribe en compañía, a menos que sea un escribiente como lo fue Samuel Beckett de James Joyce mientras este caía en las tinieblas de la ceguera. 

El ejercicio dialéctico de la verdadera lectura y escritura se ejerce en soledad. Al sol de hoy tener influencia en legiones de idiotas en la virtualidad de las redes sociales no es cosa del otro mundo. No estoy interesado en tener un millón de amigos “reales” y así más fuerte poder cantar. Los amigos los cuento con los dedos de la mano. Mientras no he tenido parejas, he aprendido a disfrutar de mis intervalos de soledad y a fortalecer mi autoestima. La verdad, siempre fui el chico nerd introvertido del salón y nunca jugué fútbol en la vida real (lo disfrutaba virtualmente en videojuegos). 

En fin, en la actualidad lo virtual ha tomado el lugar de la realidad. Y es increíble que alguien tan diminuto pueda transformarse en un referente tan descomunal. La sociedad de la información y la comunicación (o del capitalismo y la esquizofrenia colectiva) sentencia: El que no está en internet, no es nadie, no existe. Que sigan hablando, conversando, murmurando, chismoseando, gruñendo, protestando, rezongando, convulsionando; expulsando chorros de baba espesa y desembuchando abundantes heces fecales por la boca, creando originales memes, componiendo canciones insípidas, inventando telenovelas desabridas y echando pestes y groserías por doquier; me enorgullece que como fuente de inspiración sepan de mí en Colombia, Venezuela, México, España, Chile y Argentina, incluso en EE.UU. Y quizá en cualquier rincón del mundo donde hablen castellano.     

Lacan sitúa al varón como usuario de signos y a la mujer, siguiendo a Levi-Strauss, como el signo intercambiable. Mi profesora de lingüística me enseñó que descomponer el lenguaje en sílabas no tenía ningún sentido. La gente niega este sin-sentido y comienza a crear cadenas de significación en torno a un sujeto invisible. Irónicamente, mientras más lo niegan se hace más real, mientras más lo anulan más emerge de los sótanos del inconsciente colectivo. La silla, la bolsa o la puerta. El caballo, la res, la recua, el perro o el gato. La niña y el niño. La mujer y el pa’. Y así sucesivamente hasta el infinito. Lo único que he demostrado es la plasticidad del lenguaje y su lingüísticidad.

Ahora bien, regreso al título de esta entrada. La aventura de seguirles la pista a ciertos autores clásicos tiene provecho cuando un libro atrapa con sus primeras páginas. Un autor como Joseph Conrad mereció elogios de muchos escritores y cineastas, con lo cual entró al canon occidental de la literatura universal por derecho propio. De origen polaco y formación inglesa, Conrad explotó múltiples géneros: el relato corto, la novela de aventuras, el thriller de espionaje, la novela histórica, entre otros. En mi joven trayectoria intelectual he leído El corazón de las tinieblas, Lord Jim y El agente secreto (adaptada magistralmente por Alfred Hitchcock). En esta oportunidad quiero ocuparme de su novela histórica: El duelo, o en otras partes traducida como Los duelistas o Un asunto de honor.

Según la Real Academia de la Lengua, un duelo significa: “1. Combate o pelea entre dos, a consecuencia de un reto o desafío”. 2. Enfrentamiento entre dos personas o entre dos grupos. 3. Demostraciones de dolor o aflicción que se tienen por la muerte de alguien.”. En este breve texto haré uso de El Duelo en su primer sentido.

Este relato tiene como escenario la Europa napoleónica de principios del siglo XIX. Dos jóvenes caballeros, Gabriel Feraud y Armand D’Hubert, entran en pendencia por un confuso e inexplicable asunto. Algunos sugieren que los dos personajes están inspirados en oficiales reales de la guardia de Napoleón, Dupont y Fournier, quienes se hicieron famosos por mantenerse en cierta discordia irreconciliable a lo largo de toda su existencia.       

Feraud mata al hijo del alcalde en un duelo, luego de saberse la noticia D’Hubert es encargado de buscarlo, arrestarlo y advertirle las medidas militares que se le aplicarán en su contra. D’Hubert, de origen nórdico y rostro hermoso, alto y delgado, rubio y con finos bigotes, ocupa la misma posición militar que Feraud: Teniente de húsares. Pero Feraud, a diferencia de D’Hubert, tiene ascendencia mediterránea: bajo, macizo, de cabellos negros encrespados y nariz ganchuda. Son como el agua y el aceite. Ambos polos opuestos. El uno de familia de cuna, el otro de modales toscos. El uno reflexivo y tranquilo, el otro belicoso y pendenciero. Los dos asignados en la guarnición de Estrasburgo.  

El motivo de la querella parece a todas vistas incomprensible. Veamos. D’Hubert busca a un desconocido Feraud en sus aposentos, la criada le informa que ha salido vestido muy elegante con su uniforme de oficial con ánimo de visitar la casa de una distinguida señora de la alta sociedad, Madame de Lionne. D’Hubert lo encuentra allí y le comunica que los altos mandos le han solicitado que se recluya en su habitación hasta nueva orden. Ya en casa de Feraud, éste sin ningún atisbo de cordura reta a un duelo al oficial mensajero. Le sentencia con vehemencia: “Le voy a cortar a usted las orejas para que aprenda a no molestarme más con las órdenes del general cuando estoy en compañía de una dama”. Ante ésta “loca declaración”, D’Hubert lo cree diciendo tonterías, sin embargo, el oficial beligerante desenvaina su espada e improvisa un duelo en su jardín. D’Hubert resulta victorioso al tumbarlo y herirlo en un brazo, huye y consigue a un anciano cirujano de guerra que decide ir y atenderlo. Después de este primer encuentro, al supuesto agresor lo encarcelan unos días y, al igual que Feraud, decide guardar silencio respecto a la causa de la pugna. Como resultado, los duelos continúan más de media docena de veces durante casi 20 años.

A medida que pasa el tiempo y las campañas napoleónicas se extienden por Europa, ambos personajes van ascendiendo simultáneamente en la jerarquía militar: teniente de húsares o militar de caballería, capitán, coronel y general. D’Hubert siempre es promocionado por sus contactos y amigos militares, en contrapartida Feraud, napoleónico de corazón, se las ingenia con astucia para ascender y así perseguir y retar a duelo a su contrincante, destino manifiesto de todo su odio y resentimiento. Feraud llega a convertirse en esa piedra en el zapato de D’Hubert. En cada encuentro llegan a herirse, mas nunca a matarse. Incluso llegan a estar en el mismo regimiento en la retirada de la batalla de Waterloo, respaldándose el uno al otro. Al final de la novela, en plena restauración borbónica, Feraud acuerda un duelo con pistolas, D’Hubert gana y termina apropiándose de la vida del otro bellaco, así crea un lazo de dependencia que solo conjura la muerte.

El porqué de la bullanga no deja de ser absurdo. Alguien racional diría que la ofensa, el insulto o el deshonor provocan la violencia y la riña entre estos dos caballeros, a lo que yo respondería que por esa simpleza nadie razonable estaría ofendido en su honor o dignidad. La premisa más atinente la condenso: “en el origen de la guerra está el absurdo”. Cualquier tontería o bobada puede desencadenar un enfrentamiento dilatado en el tiempo. El duelo convertido en obsesión, en excitación, en pulsión de muerte y en persecución sin un móvil real que lo sustente. 


[Recuerdo que me desternillé de la risa al oír el despropósito que Manuel Marulanda Vélez, el difunto líder de las FARC, había fundado la guerrilla e iniciado la guerra en Colombia porque le robaron cinco marranos y cuatro gallinas de su finca en Génova, Quindío. Haciendo a un lado la historia de las FARC como movimiento de autodefensas campesinas, nada contradice que aquél no haya sido el detonante de la guerra fraticida de más de 60 años en el país]  

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