lunes, 13 de junio de 2016

Del terror en Orlando






En las fantasías populares de los estadounidenses habitan imágenes de horror desde las narraciones de Poe y Lovecraft hasta los relatos de Bradbury, Matheson y King. Y ni qué decir del cine. Entre los grandes representantes del género de terror encontramos a George A. Romero, Hitchcock, Carpenter y Wes Craven (por citar algunos).  Los lectores de Stephen King recordarán el relato de Adrian Mellon en “It”, el chico homosexual que es asesinado en extrañas circunstancias en Derry, tras verse embrollado en un altercado en la feria del pueblo. Tres jóvenes se irritan por verlo en demostraciones públicas de afecto con otro hombre, besos apasionados, caricias y cogiditas de mano. Le buscan riña por algo insignificante, un gorro con el banderín de Derry. El líder de la banda lo trata de maricón y le exige que se quite el gorro. Adrian, coquetamente, le replica que "le puede entregar algo mejor”, el bravucón se exaspera y le busca pleito, afortunadamente aparece un policía y lo detiene. Los rufianes deciden perseguir a la pareja hasta un bar cercano. Los atrapan y los muelen a golpes. Adrian es lanzado debajo de un puente, momento en el que aparece el misterioso payaso vistiendo ropa holgada, zapatos naranja y sosteniendo con guantes blancos varios globos de colores.  


El relato llama la atención a causa de la latente homofobia y la manera en que la policía indaga e interroga a los muchachos sobre el asesinato sin dar con el culpable.  Las declaraciones sobre la existencia del payaso asesino son tomadas como alucinaciones, los investigadores terminan condenando a los buscapleitos y el caso queda cerrado. Sin embargo, los asesinatos continúan. Uso este ejemplo traído de la ciencia ficción en calidad de antecedente para descubrir lo verdadero en lo falso, dado que allí es donde habita lo real. Lo real (el lenguaje inconsciente) retorna con el objetivo de despedazar la imagen de la realidad. Las secuencias del 9-11 ya habían sido vistas en las películas hollywoodenses de catástrofes. El fantasma de lo real retorna haciendo consciente la virtualidad en la que está enfrascada la realidad de la vida cotidiana.  

El domingo 12 de junio de 2016, el mundo despierta con la noticia de 50 muertos y 53 heridos en un club gay en Orlando, Florida. Cerca de tres horas duró el siniestro mientras la policía intercambiaba disparos con el criminal, que mantuvo rehenes a algunas personas y que al final resulto ultimado. El atacante de 29 años fue identificado como Omar Mateen, nacido en Nueva York y de parentela afgana. Dicen que es el atentado terrorista más sangriento después del ocurrido en las torres gemelas el 9-11. La posición ética radica en la solidaridad con las víctimas, independiente de la obscenidad de acusar culpables. No comparto el patriotismo gringo que sobrevendrá luego de esta masacre, ni la escandalosa posición contraria de sostener que EE.UU se lo tenía merecido por ser indiferente a matanzas más horripilantes en el tercer mundo y América latina.

Según la investigación preliminar, Mateen nunca recibió instrucción o entrenamiento militar previo en Mesopotamia por parte del Estado islámico (organización que se adjudicó la matanza), como sí lo hicieron las células del atentado en París en la sala Bataclan, el 13 de noviembre de 2015, y los responsables de las explosiones en la estación del metro y el aeropuerto en Bruselas, el 22 de marzo de 2016. El tipo era estadounidense, a pesar de tener familia de Oriente próximo. Algunos medios aseguran que la acción de Mateen consistió en la mera imitación o estética, y que no existían vínculos directos con el ISIS.

Este tipo de ataques deja al descubierto que, en efecto, las potencias encargadas del orden global están en guerra contra el terrorismo, en este caso el Estado Islámico. Sin embargo, no es una guerra en el viejo sentido de la palabra donde Estados soberanos entran en conflicto con ciertas reglas tácitas, es un conflicto donde la potencia extranjera, en este caso los Estados Unidos, lleva la paz, el amor y la prosperidad democrática a todos los rincones del planeta. La consigna de la lucha contra el terrorismo queda sentenciada en: “O estás con nosotros o estás contra nosotros”. La lógica del amigo-enemigo aún opera en nuestros días, a pesar de la flexible administración Obama de apertura al diálogo y negociación diplomática (no hay que olvidar las incursiones estadounidenses en Irak, Libia y Siria).

El enemigo sigue siendo un enemigo invisible que puede camuflarse entre la ciudadanía y que no es reconocido directamente, esto no quiere decir que Occidente no haya construido y reconstruido un esquema del enemigo a combatir, durante siglos Europa recreó la representación del judío narigón errante, avaro, estafador y cicatero, durante algún tiempo fue El imperio de la Unión Soviética, a lo que siguió la figura de Osama Bin Laden y Al-Qaeda después del 9-11, ahora la imagen del musulmán perteneciente a una red internacional de combatientes ilegales (ISIS), constituye la principal amenaza viviente.

Aquí no quiero hacer de abogado del diablo, ni mucho menos. Sé que El Estado islámico aplica lo que han denominado algunos teóricos como fundamentalismo Islamo-fascista: están dispuestos a sacrificar su vida por fines religiosos, llevan a cabo acciones bélicas sin tener en cuenta la población civil, ponen artefactos explosivos en lugares públicos, destruyen y saquean templos, obras artísticas, ciudades, además convierten las ejecuciones de sus rehenes en un espectáculo registrado en vídeos que posteriormente cuelgan en la internet. El hecho de volver la muerte un espectáculo demuestra la cultura morbosa y obscena de los yihadistas. También debemos de recordar que los estadounidenses han aplicado métodos de tortura de forma secreta en Irak y Afganistán, tal y como lo hicieron los nazis en los campos de concentración.


El acto, según Jaques Lacan, está determinado por un contexto socio-simbólico, no obstante, agrega Zizek, este es fundamentalmente un salto al vacío, todo acto es un riesgo. El acto de los terroristas contemporáneos constituye algo imprevisible que está motivado por convicciones políticas y religiosas. Los Estados Unidos en su guerra contra el terrorismo tienden a limitar sus libertades civiles: los controles migratorios, la inspección y vigilancia en lugares públicos y aeropuertos, además del debate actual del fácil acceso al uso de las armas. El enemigo no está afuera, aquel fulano invisible está dentro del régimen del capitalismo global que ha incursionado en cada lugar del planeta tierra.  

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