martes, 1 de septiembre de 2015

La hegemonía conservadora y la bonanza cafetera





La geografía colombiana dividió al país en regiones, oficialmente en la escuela enseñan la existencia de cinco regiones naturales: Andina, Caribe, Pacífica, Orinoquia y Amazonia. Las dos primeras han desempeñado un papel crucial en el desarrollo económico, político, social, demográfico y estructural de la nación. Las otras tres han estado más bien relegadas por su condición de periferia, por la escasa población y por un permanente abandono estatal. La región caribe está dividida en el caribe continental, que ha tenido ciudades económicamente relevantes como Cartagena (Por el tráfico de esclavos y contrabando en la época colonial), Santa Marta (puerto de comercio en el siglo XIX) y Barranquilla (Por el puerto conectado con el ferrocarril que llegaba al río Magdalena en el siglo XX), y el caribe insular: el Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina.

Otros intelectuales han clasificado al país en tres regiones, divididas por la topografía: la primera asentada en la cordillera occidental (Antioquia, Caldas, Armenia, Valle del Cauca), allí el motor de la economía es la minería del oro, las flores, las telas y el café; la asentada en la cordillera oriental (Cundinamarca, Boyacá, los Santanderes, Tolima) donde impera la manufactura artesanal y la agricultura; y la costa atlántica, importante por la transacción de esclavos, el comercio de bienes de consumo y la exportación de oro (Palacios & Safford, 2002). En esta fragmentación inicial hayamos una de las causas de las rivalidades y competencias entre ciudades (Bogotá, Medellín, Cali) y de los regionalismos arraigados en la cultura popular (paisas, cachacos, costeños). Causa cardinal de la diversidad étnica y cultural de toda la población nacional.

Ahora bien, ¿qué relación tiene la hegemonía conservadora de 1915 a 1930 con la bonanza cafetera? El período que me corresponde estudiar va de 1915 a 1930, denominada la época de la hegemonía conservadora (1885-1930). La constitución política colombiana de 1986 está enmarcada dentro del período denominado La Regeneración, etapa fundamental para comprender la entrada de Colombia al siglo XX, además que fue la carta magna oficial hasta la nueva constitución de 1991.

El viraje del federalismo al centralismo,  y la cohesión e integración de la república en torno a la religión católica y la lengua española (versión deformada de un positivismo criollo), restauraron el cordón umbilical con la cultura europea. Cabe recordar el uso de la lengua exaltado por Núñez y Caro, pasando por todos los líderes conservadores que buscaban persuadir en la plaza pública con vibrantes y rimbombantes discursos de viñeta, de reproducción de metáforas manidas y lugares comunes, adoradores del “gran poeta” payanés del señorío de la aristocracia, Guillermo Valencia (Gutiérrez Girardot, 1980).

Sobre este fondo hay que recordar que los liberales y los conservadores crearon partidos moderados,  históricos y nacionalistas, con el fin de alternarse el poder dando la impresión de la existencia de un tercer partido “alternativo”.

El retorno del país al ethos hispánico estuvo vinculado a tres guerras civiles intestinas: 1876-1877, 1885 y La Guerra de los Mil Días 1899-1902.

Es menester especificar los antecedentes de los dos gobiernos, también de corte conservador, precedentes al lapso de tiempo señalado. La Realpolitik de Rafael Reyes (1904-1909) caracterizada por la consigna “menos política, más administración”, traducida en centralización política y descentralización administrativa, y el pragmatismo idealista de Carlos E Restrepo (1910-14) que tenía un pensamiento progresista en relación con “la propiedad, los derechos políticos e individuales, la representación y el impuesto, la libertad de prensa, la separación de las tres ramas del poder público y, en primer lugar, la separación del Estado frente a la iglesia” (Mesa, 1980). Consideraba que la mejor forma de ejercer la diplomacia era usando la astucia, puesto que sabía de la posición geopolítica de Colombia luego del ascenso de Estados Unidos como potencia durante las primeras décadas del siglo XX. Con esto, afrontó el proceso por la pérdida del istmo de Panamá, tratado aprobado en el congreso colombiano en 1914.

Ambos gobiernos tuvieron que dirigir una nación pre-capitalista con una naciente industria y un país de gran población campesina. El estilo de Carlos E Restrepo, su pensamiento de avanzada e inteligentes decisiones en diplomacia le otorgaron un lugar importante en la posteridad. Reconoció que Colombia era un país débil y pastoril en el plano internacional, la decisión correcta radicaba en equilibrar las fuerzas de las naciones potencia en lo que a relaciones exteriores concernía.

En orden cronológico comienzo con José Vicente Concha (1914-18). Siguió varias de las políticas y de las ideas de Restrepo, en desarrollo de las fuerzas productivas, ferrocarriles, plan de obras públicas, inversión en técnicos nacionales y extranjeros. No obstante, siempre se le recuerda como un general conservador de las guerras civiles del siglo XIX. Encajaba en el molde de presidente anacrónico que no estaba acorde con el capitalismo naciente, sus ingenieros, gerentes, obreros y contabilistas. Y las clases modernas embrionarias de burguesía y proletariado que no eran homogéneas ni compactas sino diversas, escasas y fragmentadas. La política exterior de Concha se caracterizó por la neutralidad en la primera guerra mundial (1914-1918), junto a otros países neutrales en América Latina, como Argentina, México, Chile, Paraguay, Salvador y Venezuela.

Ocurrieron desmantelamientos de estaciones y oficinas alemanas en Colombia por los países aliados (Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos) en Cartagena, la isla de San Andrés y Arauca. En periódicos anglosajones proliferaban informes sobre alianzas entre Colombia y Alemania, publicados en New York American Journal, The Times y South American Journal.  El gobierno de Concha salió a desmentir estos informes, asegurando que no existían tales vínculos y que eran acusaciones infundadas. Otras informaciones daban por cierto que tropas norteamericanas habían desembarcado en San Andrés y Providencia y otros lugares de la República. Cosa que nunca se pudo confirmar puesto que “La telegrafía inalámbrica era reciente y precaria y los caminos no aseguraban la comunicación y la proyección eficientes de la capital sobre la periferia del país, encima se carecía de marina y ejército que contaran” (Mesa, 1980). Por lo tanto, los territorios del caribe, el pacífico, la orinoquia y la amazonia aún estaban despoblados y no existía un monopolio de la fuerza pública (ejército, policía, fuerza aérea y armada) que los legitimara.

Marco Fidel Suárez (1918-22). Ministro de relaciones exteriores durante el gobierno de Concha. Promulgaba la doctrina de “la estrella polar”, que reconocía la hegemonía norteamericana en el hemisferio. Contó con cierta posición ambigua, acentuaba la cultura hispánica del siglo XVII al tiempo que animaba la intervención de EE.UU en América Latina. Se denominaba a sí mismo “el paria presidente”, mote patético para un primer mandatario. Nada pertinente para una sociedad colombiana que aún era profundamente vertical, dividida en estamentos de clase: aristócratas, nobles, clero y fuerzas armadas, y en la base la “plebe” constituida  por campesinos mestizos, indios y raizales.

Pedro Nel Ospina (1922-26). Conservador de la élite política tradicional colombiana (hijo de Mariano Ospina Rodríguez, presidente de la confederación granadina). Modernizó al país en infraestructura vial, edificios e industria. En su gobernanza la economía creció por la bonanza cafetera, el ascenso perene de las exportaciones de banano, el despegue del petróleo y los 25 millones de dólares en indemnización por la pérdida del istmo Panamá. De igual modo, El Banco de la República entró a operar como un banco central moderno en 1923. Ejerció dentro de la década de los 20 o “la danza de los millones” (Palacios & Safford, 2002).

Miguel Abadía Méndez (1926-30). Debatió los límites del mar territorial con Nicaragua en el tratado Esguerra-Bárcenas en marzo de 1928, que estipulaba que el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina quedaba bajo la soberanía colombiana y la costa de Mosquitos en manos del gobierno nicaragüense. Asimismo, dentro de su gobierno estableció límites territoriales con Perú y Brasil. En su administración se fundó la Federación Nacional de cafeteros de Colombia, poderoso gremio que influyó en las políticas económicas del país durante todo el siglo XX.

Por otra parte, la masacre de las bananeras (1928), acontecimiento donde murieron exterminados miles de trabajadores huelguistas de la United Fruit Company en el departamento del Magdalena, desprestigió el régimen de Abadía Méndez, quien fue el último conservador en el poder antes del advenimiento de la época liberal. De 1925 a 1928, cabe destacar la emergencia de sindicatos y de la exigua clase obrera, quienes se expresaban en periódicos como El Obrero Moderno, El Socialista, El Baluarte y El Ideal Obrero.

En las tres primeras décadas del siglo, el café colombiano ingresó con un ritmo acelerado en los mercados internacionales y jalonó la economía nacional de lo tradicional a lo moderno. En el siglo XIX el oro, el tabaco y la quina habían sido los productos de mayor exportación, pero no tuvieron el impacto del café cultivado primero en la zona andina de los santanderes, Cundinamarca y Tolima, y después de 1932 en Antioquia, Caldas y el Valle del Cauca, tríada que formó el llamado cinturón cafetero del país (Palacios & Safford, 2002).

Es indispensable recordar que el primer gran ciclo cafetero en la región fue más caribeño que sudamericano: Haití, Jamaica, Cuba y Puerto Rico, se encontraban entre los principales productores del grano hasta 1830. Después la producción pasó al continente en Venezuela, Brasil y Colombia. Los europeos lo convirtieron en un artículo de lujo y los norteamericanos llegaron a ser (y son) asiduos consumidores del producto tropical. Sin la “mano invisible del mercado”, durante todo el siglo XX Brasil y Estados Unidos controlaron el mercado internacional del café, elevando y estabilizando sus precios. Colombia tenía las posibilidades de competir en un mercado libre, mas no en un mercado político. La nación de Juan Valdéz llegó a ser dependiente de los ingresos de las exportaciones del café que determinaban el flujo de fuerzas de producción, tecnología y maquinaria que venían de los países del centro, y materias primas (Palacios & Safford, 2002).

No hay que olvidar las acciones que impusieron el dominio norteamericano en el país: la pérdida humillante del istmo de Panamá (3 de noviembre de 1903) y la masacre de las bananeras (1928), episodios traumáticos que habitan el inconsciente colectivo de la historia colombiana. Estados Unidos siempre ha sido un país esencial para el desarrollo económico colombiano, en cambio Colombia sigue siendo un país marginal, débil y subdesarrollado para los intereses de los Estados Unidos.

Así pues, la creación de un mercado de producción, distribución y circulación de bienes de consumo, que expresara y le diera forma a un estado nacional endeble, fragmentado, dividido, partido en departamentos y cacicazgos, se constituyó en el objetivo inicial del espíritu capitalista de las élites antioqueñas con las industrias rudimentarias de los textiles y el café, a la par los cundiboyacenses mantuvieron a Bogotá como la capital política en tanto contaban con las tierras ideales para el cultivo de diversos tipos de hortalizas, verduras, granos etc., además de la mano de obra de campesinos mestizos.

A mi juicio, de 1915 a 1930 dos adjetivos pertinentes describen este período, uno acuñado por Carlos E Restrepo, el otro por el historiador Marco Palacios: “Gamonalismo pontificio” y “Cosmopolitismo conservador”.


BIBLIOGRAFÍA

Gutiérrez Girardot, R. (1980). La literatura colombiana en el siglo XX. In S. Mutis Durán, A. Ospina, & C. Vallejo (Eds.), Manual de historia de Colombia III (1a. ed., pp. 447–536). Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura.

Mesa, D. (1980). La vida política después de Panamá. In S. Mutis Durán, A. Ospina, & C. Vallejo (Eds.), Manual de historia de Colombia III (1a. ed., pp. 83–176). Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura.


Palacios, M., & Safford, F. (2002). Colombia: País fragmentado, sociedad dividida. Su historia. (Á. García, Ed.) (1a. ed., p. 745). Bogotá: Editorial Norma.

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