domingo, 26 de julio de 2015

El otoño del patriarca y la monstruosidad moral






Sabido es por todos que las novelas de García Márquez ofrecen gran dificultad para quien no maneje un español rico y un amplio vocabulario de la región caribe. Resulta indispensable leerlo con un diccionario o un buscador a la mano. Porque al tiempo que usa palabras profundamente locales y autóctonas, las engarza con un español elegante y fluido. El otoño del patriarca (1975) quizá sea su obra más difícil después de Cien años de soledad. La vida de un general de las tierras caribeñas es retratada por un narrador omnisciente que se alterna con los diálogos de los personajes y los monólogos del protagonista. Algunos críticos clasifican esta obra como un gran poema en prosa que desborda los confines del llamado Realismo mágico. Otros la ven “ladrilluda”, aburrida, abigarrada, abstracta y la tachan de incomprensible.

Desde el comienzo, la muerte y las bestias, la decadencia, la putrefacción y el abandono, pueblan el universo del relato: los gallinazos en las cornisas de la casa civil, las vacas comiéndose las alfombras y las cortinas, la hedentina de retretes y oficinas por sus plastas de boñiga, el cadáver del general tirado en el piso de granito y picoteado por los chulos. El tiempo del relato cambia y se transporta a los primeros años de vejez del general. 

Los animales conviven con las personas, forman parte de su vida cotidiana, hay un vínculo vital entre el humano y la bestia: las gallinas ponedoras en las gavetas de los escritorios, las reuniones de ministros mientras se oyen  las peleas de perros callejeros, las jaulas de los pájaros de la madre del general, Bendición Alvarado, que invaden la casa presidencial.  Las concubinas trapeando los pisos y entonando canciones mañaneras, la muchedumbre de leprosos, ciegos y paralíticos que le piden milagros y salud al patriarca. El mismo general promueve y alienta este desorden.

La soledad del poder aparece concentrada en un individuo, un analfabeta que aprende a leer y escribir en la senectud de la vida por obra de su enamorada Leticia Nazareno. El todopoderoso pintado por García Márquez gobierna de viva voz y cuerpo presente, le huye a las leyes y a la escritura. Es un caminante y un diligente que ordeña las vacas y da paseos en su carricoche por la ciudad. En su patria acaba con las élites nobles y eclesiásticas, sólo rodeándose de las fuerzas militares y del ministro de salud. La voluntad de poder absoluto de las monarquías administrativas y los regímenes totalitarios del siglo XX, es dibujada en El otoño del Patriarca de forma admirable.

Nuestro querido general de patas de elefante puede gobernar sobre el tiempo y el espacio de su  patria. Puede cambiar al antojo las horas de la torre del reloj de la ciudad, o modificar los días festivos según su voluntad,  “que me quiten esas casas de aquí y me las pongan allá donde no estorben, las quitaban, que levanten esa torre dos metros más para que puedan verse los barcos de ultramar, la levantaban, que me volteen al revés el curso de este río, lo volteaban, sin un tropiezo”.  Los políticos y aduladores lo engañan diciéndole que es capaz de corregir los terremotos, los eclipses y los años bisiestos. Además de proveer salud y causar milagros a los enfermos. Como buen déspota, su interés personal prima sobre el interés colectivo. Pero es un interés caprichoso, la mayoría de las veces el general no pone atención a lo que le dicen y prefiere ser manipulado como un títere, por otros que gobiernan detrás del telón: Patricio Aragonés, Rodrigo de Aguilar,  Leticia Nazareno y José Ignacio Sáenz de la Barra.

Nuestro déspota está fuera de la ley, está por encima de ella, rompe con cualquier contrato social, el viejo dictador pintado por García Márquez encaja dentro de la categoría de monstruo moral que Michel Foucault les asigna a los reyes de la Edad clásica. El monstruo juzgado no por anomalía somática sino por anomalía en el comportamiento.  Al general caribeño le hacen varios atentados que nunca se concretan, tiene que reformar su guardia militar constantemente porque le teme a la traición.

En la novela opera un mecanismo grotesco del poder, el general es un ignorante que no proviene de ninguna estirpe noble o de élite, además de no saber leer ni escribir tampoco tiene buenos modales, sólo conocemos a su madre medio loca que pinta jaulas de pájaros y que al morir pasean su cadáver por todo el país como monumento de exhibición. Al soberano el pueblo lo descalifica en numerosas oportunidades, por ejemplo cuando le profesa amor a su tan amada Manuela Sánchez, a quien le hace multitud de regalos para luego no tener amor recíproco, así la gente burla al tirano:

“…y en todos los cielos de la patria se oyó al atardecer aquella voz unánime de multitudes fugitivas que cantaban que ahí viene el general de mis amores echando caca por la boca y echando leyes por la popa, una canción sin término a la que todo el mundo hasta los loros le agregaban estrofas para burlar a los servicios de seguridad del estado que trataban de capturarla, las patrullas militares apertrechadas para la guerra rompían portillos en los patios y fusilaban a los loros subversivos en las estacas, les echaban puñados de pericos vivos a los perros, declararon el estado de sitio tratando de extirpar la canción enemiga…”

El vejete patético que posee un poder absoluto no puede obtener los amores de una simple muchacha, esto mueve a la risa, lo vergonzante de la situación es de dominio público y desemboca en la humillación generalizada. En la obra circulan todos los grados de indignidad del poder, desde la soberanía infame hasta la autoridad ridícula. Desde la máquina de tortura y barbarie instalada por Sáenz de la Barra para hallar a los homicidas de Leticia y su hijo, avalada por el general, hasta el secuestro masivo, desaparición y matanza de los niños que sabían del fraude del billete presidencial en todos los juegos de la lotería.   

Foucault habla de la monstruosidad incestuosa de los monarcas Luis XVI y María Antonieta, de la violación de la prohibición del incesto. Sin embargo, en el relato del patriarca latinoamericano opera más la antropofagia: el dictador es un monstruo caníbal, un  monstruo hambriento.  Cabe recordar la narración del acontecimiento de la comilona (donde el plato fuerte es su amigo traidor) con toda la guardia personal que lo custodia:

“…y entonces se abrieron las cortinas y entró  el egregio general Rodrigo de Aguilar en bandeja de plata puesto cuan largo fue sobre una guarnición de coliflores y laureles, macerado en especias, dorado al horno, aderezado con el uniforme de cinco almendras de oro de las ocasiones solemnes y las presillas de valor sin límites en la manga del medio brazo, catorce libras de medallas en el pecho y una ramita de perejil en la boca, listo para ser servido en banquete de compañeros por los destazadores oficiales ante la petrificación de horror de los invitados que presenciamos sin respirar la exquisita ceremonia del descuartizamiento y el reparto…”

El arquetipo de dictador latinoamericano vive engañado, en la mentira propia y en la mentira de los otros.

Bibliografía

García Márquez, G (1975). El Otoño del Patriarca. Barcelona, Plaza y Janes S.A,

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