domingo, 17 de mayo de 2015

Del pronunciamiento de un obispo colombiano sobre la homosexualidad






En un foro organizado en la Universidad de los Andes en Bogotá, convocado por la Fundación Buen Gobierno y la Fundación Colombia diversa, un obispo colombiano,  Monseñor Juan Vicente Córdoba,  se pronunció sobre la diversidad sexual y la doctrina del catolicismo cristiano. De tal presentación varias frases célebres por recordar:

«Ninguna atracción es mala, cuando se dice que un homosexual es pecador, lo mismo se puede decir de un heterosexual, un homosexual puede llegar a ser un santo»

 «Esto no es ganar batallas por genitalidades o entre penes y vaginas, no se trata de batallas de este estilo»

«No sabemos si alguno de los discípulos de nuestro señor era “mariconcito”, no sabemos si María Magdalena era lesbiana, no sabemos, parece que no, porque bastantes pasaron por sus piernas»

Con voz engolada el curita dio un sermón eufórico a todos los asistentes al foro. La comunidad LGBTI recibió tales declaraciones como positivas, aunque manifestó que era un cambio de tono, no una transformación en la actitud de la Iglesia.  Supongo que fue reprendido por las altas esferas eclesiásticas de la institución porque el susodicho obispo al día siguiente se retractó de muchos de sus enunciados en un comunicado dirigido a los fieles católicos y a la opinión pública, allí expresa que «la inclinación homosexual no constituye pecado» y que «los actos homosexuales son también intrínsecamente desordenados y contrarios a la ley natural. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso.».

¿Las declaraciones iniciales escandalizaron? Sí. A mi juicio por indicar que la tendencia homosexual tiene que reprimirse y orientarse hacia el ascetismo perpetuo con la ayuda de dios padre todopoderoso. Llegar a ser un “santo”. Así pues, el deseo tiene que ser coaccionado, puesto en “tatequieto”, los placeres de la carne son más sucios en cuanto se practican con personas del mismo sexo. Los administradores del saber religioso aún condenan los placeres carnales, no ya en el cuerpo de la mujer, visto como símbolo de lujuria, tentación, perversiones y concupiscencias, como ocurrió por mucho tiempo en Occidente, sino que ponen el peso de sus principios anticuados en el cuero de gays, lesbianas, bisexuales y transgénero.

El sexo anal es sucio, cochino, repugnante, asqueroso, va en contra de los preceptos bíblicos y las enseñanzas de nuestro salvador Jesucristo, dicen enfáticamente desde sus púlpitos unos curas. El asunto aquí no es de penes, vaginas, culos, tetas, tetillas, fluidos y excrementos, dicen otros. De este modo, los homosexuales no pueden acceder a libertades civiles de heterosexuales por sus prácticas coprológicas e impudorosas que producen asco y atentan contra la moral del pueblo cristiano. Y por sus maneras de ser y conducta la sociedad colombiana los [nos] rechaza con un “No” rotundo. 

Las expresiones afectivas en público causan bochorno y merecen total desaprobación. Y peor aún si tratan de formar familias homo-parentales. Pero, ¡qué atrevimiento de esa plaga! ¡Esos “mariconcitos”! ¡Esas “areperas”! ¡Esas locas travestissss! Condena a todas voces la godarria petrificada del país. Y para mi fuero interno me pregunto, ¿esa es la única moral existente?, ¿acaso en el mundo contemporáneo no hay otras moralidades alternativas a la cristiana?, ¿el bueno sigue siendo el débil, el sufrido, el pobre, el desgraciado que desprecia la vida en la tierra, sus placeres y gratificaciones, esperando su salvación en el otro mundo? Y desde luego, ¿la inversión de los valores que hizo Nietzsche no cuestionó esa misma moralidad medieval de lo correcto y lo incorrecto?

La conciencia de la Iglesia católica riñe de nuevo con la aceptación o aprobación en materia de derechos de las minorías. Y es que temas sensibles como la sexualidad y la religión son comidilla cotidiana de la prensa nacional no sólo cuando hace su aparición el gordito Procurador General culipronto de la Nación Alejandro Ordóñez legislando sobre lo bueno y lo malo desde una moral cristiana, y no desde los principios laicos de una democracia, sino también en las declaraciones de famosos nacionales como el bailarín Nerú quien manifestó públicamente su rehabilitación de “la homosexualidad” y posterior inserción a la vida religiosa.

Ahora bien, yo pienso que la maquinaria burocrática aplicada del estado debe ser un universo autónomo de la esfera religiosa, ésta con su competencia empresarial católica, protestante, ortodoxa, judía etc., según las máximas de secularización del mundo moderno. Y por supuesto, los foros y actividades organizados en el país en los que participan diferentes actores de la sociedad nutren el debate de la promoción de derechos a las comunidades LGBTI. Sin embargo, todavía queda bastante tela por cortar mientras no haya libertad y respeto a la orientación sexual de hecho y de derecho. En la modernidad líquida no hay principios inquebrantables ni inamovibles, todo se puede romper y quebrar como el florero de Llorente que precedió la independencia del Virreinato de la Nueva Granada en el siglo XIX.

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