lunes, 23 de marzo de 2015

Séptimo mandamiento de la ley de dios: “No robarás”





Puede parecer tardío que a casi cuatro meses de la muerte del humorista mexicano Roberto Gómez Bolaños, decida reflexionar acerca de su obra para televisión más emblemática: “El Chavo del Ocho”. Aun así, “mejor tarde que nunca” y “El que ríe de último, ríe mejor”. La galería de personajes involucrados en hilarantes situaciones en la vecindad marcó toda una generación de grandes y chicos. Ver un capítulo de “El Chavo” significa para muchos volver a la infancia. Retornar a la edad de la aparente “inocencia”, de la “pureza” e ingenuidad de la niñez.

Adultos que interpretan los roles de niños. El personaje principal,  el Chavo, vive en un barril ¡Absurdo que alguien tenga por vivienda un barril! Tiene inteligencia y es noble. Cuando digo “Noble”, me refiero a alguien de buenos sentimientos. Diferente de la acepción de nobleza como perteneciente a una estirpe de “sangre azul”. El Chavo, a pesar de su pobreza material, juega y ríe con Kiko, la Chilindrina, Ñoño y demás gente de la vecindad.

Cada episodio propone dejar una enseñanza moral y ética al televidente. Recordemos el capítulo “El ratero”, en el que Gómez Bolaños da un ejemplo de tautología, tan característico en su humor blanco:

“—Don Ramón, yo sé quién se robó la plancha
¡¿Quién?!
Un ladrón
(Risas grabadas)
Oye, ¡qué barbaridad! ¡Nunca me imaginé que fueras tan inteligente, Chavo! ¡Qué bárbaro! ¿Eh?
Y también sé quién es el ladrón…
¿Quién, Chavo?
El que se robó la plancha [asiente con la cabeza]
(Risas grabadas)
Oye, Chavo, ¿por qué no aprovechas tus dotes detectivescas y te vas a averiguar a ver quién mató al mar muerto?
[Emocionado] ¡Zas, zas! Que... que yo jugaba al de-tec-tive y que averiguaba quién lo mató… ¡Zas, zas¡”

En este episodio el Chavo es acusado injustamente de ladrón por los integrantes de la vecindad. Provocando la expulsión del infante y causando en él un sentimiento de humillación y culpa por ser juzgado moralmente. Lo curioso del episodio estriba en que desde el principio sabemos quién es el ladrón, el señor Hurtado. El televidente es cómplice de las fechorías de Hurtado desde el principio hasta el fin. No se desenmascara al ladronzuelo de la plancha de doña Clotilde, de la escopeta de Don Ramón y de los calzones de Doña Florinda. El señor Hurtado, por oír a hurtadillas unas palabras del Chavo que le insufló un cura sobre “tener la conciencia limpia”,  decide devolver lo robado sin dejar sospecha y regalarle una torta de jamón al pequeñuelo. Dejando así en el televidente la lección moral y ética de “No robarás”.

Es sabido que la risa es un fenómeno exclusivamente humano y tiene como función social fundamental corregir o humillar. La risa castiga faltas, castiga excesos, defectos, y sobre todo la rigidez y la parálisis que velan el movimiento y la danza de la vida, por consiguiente ha de producir pena en la persona motivo de burla. Para que alguien haga reír no debe conmover ni despertar emociones de lástima o tristeza individual. La risa, por naturaleza, es insensible. La alegría es un sentimiento social que reprime a todo aquel que interrumpa el flujo normal y flexible de la vida.

El personaje cómico es soñador, distraído o autómata. Que quiere amoldar sus ideas a las cosas, como el Quijote. Por el contrario, en El Chavo las cosas van de los hechos a las ideas morales del “Bien” o “Lo bueno”. El famoso lema del Chapulín Colorado “Síganme los buenos” muestra a un héroe ridículo que puede hacerse diminuto y busca ajusticiar a cualesquiera malhechores.

Lo cómico, la mecanización de la flexibilidad de la vida, lo representa Gómez Bolaños en la repetición de situaciones en la cotidianidad de la vecindad: “Doña Florinda pegándole bofetadas a Don Ramón, Kiko llorando recostado en la pared, el señor barriga cobrando la renta a Don Ramón y éste huyendo, el Chavo llorando en su barril, el profesor Jirafales visitando a Doña Florinda y ésta invitándole a tomar una tacita de café”.

En el lenguaje de los personajes opera igualmente cierta tiesura en este tipo de circunstancias. Ciertas frases manidas y rígidas: “y la próxima vez vaya…a su abuela”, “¿Don Ramón, verdad que su abuelita…?” “Profesor Jirafales…Doña Florinda, vine a traerle este humilde obsequio…”, “Págueme la renta…”. El programa apela más a la exageración que a la degradación. A la transposición de lo vulgar a lo solemne. Evidentemente aplica poco la sátira, la ironía, el sarcasmo o todo el arsenal correspondiente al humor negro. Lo risible de la crueldad es exiguo, teniendo en cuenta que va dirigido a un público familiar.


Otra función social de la risa consiste en castigar el aislamiento, la insociabilidad. Aquellos solitarios que viven en el mundo de las ideas, que viven “englobados”, y que carecen de habilidades sociales. En ellos opera la distracción, no tener conciencia de algún aspecto de su ser, que se les escapa inconsciente y desprevenidamente en gestos, movimientos, situaciones y palabras cuando hay socialización con los otros. Hay algo de esto en “Los chifladitos”, otra obra de Bolaños, y aun allí la locura y las “chiripiorcas” de Chaparrón las comprende el amigo Lucas. Esta función no la ejerce la vecindad de El Chavo porque claramente, según infiero, la felicidad allí es compartida. 



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