lunes, 2 de febrero de 2015

De la prosa política y el arte de la poesía





«No veo con los ojos: las palabras son mis ojos. Vivimos entre nombres; lo que no tiene nombre todavía no existe: Adán de lodo, no un muñeco de barro, una metáfora. Ver al mundo es deletrearlo»
O.P

En  la antigüedad, la retórica fue la técnica de dominar la persuasión, el agradar, seducir y convencer por medio de la oratoria en la asamblea política, en un tribunal, en la plaza pública. Era una técnica sumamente peligrosa, porque aquel que la dominaba podía disponer a su antojo de las personas y las cosas, con la mentira, el engaño, el artificio. El arte del “buen decir” no estaba controlado ni regido por las normas de “decir la verdad”.

Fue Aristóteles quien se encargó de darle un estatus filosófico a dicha técnica.  Su retórica fue el primer intento sistemático por controlar y vigilar la elocuencia natural. De ahora en adelante, lo persuasivo, adscrito a la personalidad del orador y la disposición del auditorio (lo intersubjetivo), entraba en juego con lo verosímil, el argumento de la prueba (lo objetivo).

Las opiniones más probables o admitidas por la mayoría de ciudadanos de un Estado o de un pueblo, constituían el ámbito de lo probable, lo que hoy los hermeneutas y semióticos denominan “topoi” o lugar común.  Los productos del sentido común y la sabiduría popular edifican el capital simbólico del poeta y del político. Es la reserva de sentido de metáforas, proverbios, parábolas y comparaciones populares.

En el sentido clásico, la metáfora es algo que afecta al nombre, la palabra, y no al discurso, es un desplazamiento “desde… hacia”, es la transposición de un nombre extraño, desviación respecto al uso normal, corriente,  vulgar, al uso cotidiano del lenguaje. Los términos raros, poéticos, rebuscados, incluso rimbombantes de los poetas hacen del lenguaje una actividad noble alejada de lo frívolo y pueril.  Sin embargo, no hay que olvidar que el préstamo y la sustitución de la palabra extraña, operan en traslación, quiero decir, que la palabra rara podría ser eventualmente reemplazada por una palabra ordinaria. 

La idea de sustitución implicada en la metáfora, como palabra extraña, fue la que causó las consecuencias más perjudiciales a posteriori. Debido a que la metáfora funcionaba como sustituta o símbolo de otra palabra “clara”, fue entendida en la modernidad como mero ornamento o instrumento decorativo. Desembocó en la distinción moderna, no pensada por Aristóteles, entre sentido propio y sentido figurado.

Pongamos el ejemplo del poeta, su actividad consiste en romper y comulgar con su propia lengua materna, bebe de la fuente de los mitos, los sueños, los secretos y las pasiones de su pueblo. Esto implica un retorno al origen, la búsqueda de la palabra primera. Tiene el don innato de percibir lo semejante. Transforma, recrea y purifica su lengua, luego la comparte y la vuelve objeto de participación. Valga decir que en las sociedades post-industriales el lenguaje se vacía de contenido, siguiendo a Herbert Marcuse, convertido en un instrumento, en útil anodino para vender mercancías, con lo cual la actividad poética es necesariamente un acto de soledad y rebelión. El poeta es el medio, el instrumento del lenguaje, nunca su poseedor o propietario.  Vuelvo y cito al mexicano Paz:

«Entre el hacer y el ver, acción o contemplación, escogí el acto de palabras: hacerlas, habitarlas, dar ojos al lenguaje. La poesía no es la verdad: es la resurrección de las presencias, la historia transfigurada en la verdad del tiempo no fechado. La poesía, como la historia, se hace; la poesía, como la verdad, se ve»(Paz, 1989)

En el caso del político, ya es sabido el uso mentiroso que hace de la sabiduría popular para conseguir sus fines mezquinos, sobre todo en la América Latina o, como solía llamarla el diplomático y ensayista Octavio Paz, el Imperio de la mentira.  A veces veo los populismos contemporáneos de Morales, Correa, Maduro, Ortega con ilusión, otras con desagrado al comprobar que replican aspectos del caso cubano y se cierran al mundo occidental, las reelecciones de Rousseff y Bachelet dejan entrever cierto anhelo de reducción de las desigualdades y avance en materia de educación, pese a todo, la elección de políticos que se parezcan y representen a su pueblo (el rostro indígena de Morales, la estupidez de Maduro, la tartamudez de Santos, la pose de galán de telenovela de Peña Nieto) disipa esa máscara de colonialismo y eurocentrismo que marcó buena parte de la historia de la región.

Aun así, la mentira sigue operando como un ácido que corroe toda la mentalidad e instituciones heredadas del mundo moderno. Nunca falta el o la imbécil que digan que “la corrupción es inherente al hombre” para desentenderse del rol de gobernar y administrar de modo correcto los recursos públicos. O el mandatario inepto quien pregona que “los capitalistas especulan y roban como nosotros”. O aquel que señala que los campesinos “no existen”. Cabe apuntar que en América Latina las democracias de mediana y baja intensidad siguen siendo la norma, en lugar de lo extraño, desviado o atípico.





BIBLIOGRAFÍA


Paz, O. (1989). Lo Mejor de Octavio Paz: El fuego de cada día (Seix Barral., p. 359). México.

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