miércoles, 14 de enero de 2015

“Charlie” y el optimismo






Lápices rotos. Lápices rotos sangrando. Lápices partidos, quebrados por enmascarados (…) Fueron muchas las viñetas y los dibujos difundidos tras el trágico y terrible acontecimiento ocurrido en París, Francia. Tal vez los lápices rotos simbolicen los lazos sociales que mueren en el moderno mundo líquido. Quizá sea más acertado advertir que la libertad de expresión es un derecho susceptible de romperse,  frágil como una muñeca de porcelana. Otros dirán que no simbolizan nada y que simplemente condenan la masacre de esos infames y abominables hombres  bárbaros que ejecutaron la matanza.  

Doce muertos y once heridos. Un muerto en la recepción. Un policía ultimado en las afueras del semanario. Diez personas asesinadas a sangre fría en la redacción. Fue el saldo de la primera jornada del ataque terrorista a la revista Charlie Hebdó, la madrugada del miércoles 7 de junio de 2015, perpetrado por unos yihadistas en París.

La nación del racionalismo de Descartes y Voltaire, del simbolismo adolescente de Rimbaud y Lautréamont,  del existencialismo político y comprometido de Sartre, fue sacudida brutalmente y revivió los horrores de las muertes colectivas. Ese acontecimiento también hizo caer en cuenta que no vivimos en el mejor de los mundos posibles. Y que aunque los europeos cuenten con una calidad de vida más digna que la de muchos latinoamericanos, ellos siguen expuestos, pese a la seguridad y la protección de los Estados nacionales, a los asesinatos en masa. Francia es vulnerable y su seguridad fue vulnerada.

El “Cándido” de Voltaire simboliza al europeo abocado a todo tipo de experiencias desdichadas y desgracias, y que pese a la adversidad mantiene un ingenuo optimismo en el porvenir.  El terremoto de Lisboa en el siglo XVIII puede asemejarse a la masacre de la semana pasada en Charlie Hebdó. El terremoto mediático de Charlie Hebdó, que pone en duda los sistemas de seguridad y la racionalidad de las libertades civiles de Occidente; generó respaldo de toda la prensa internacional, cientos de columnas de opinión, cubrimiento en vivo de la persecución de los malhechores, otros tantos aglomerados a las puertas del semanario haciendo cola para conseguir el próximo número de la revista, miles tuiteando “Je suis Charlie”, camisetas con el dichoso eslogan y mercadeo y consumismo frívolo por montones. El terremoto espectacular de “Charlie” ha levantado más arena que cualquier tormenta en los desiertos de Irák o Afganistán.

Intelectuales como Slavoj Zizek o Ulrich Beck [recientemente fallecido], han señalado que el fundamentalismo, o la radicalización de posturas religiosas, es consecuencia inevitable de la imposición violenta del sistema mundo del capital, concomitante con los valores e instituciones occidentales, en medio oriente o en países del llamado “tercer mundo”. El derecho a la libertad de expresión, tan en boga en la ilustración dieciochesca, fue resquebrajado al atentar contra la prensa y el arte en uno de los centros culturales más importantes del mundo. El suceso ha tenido trascendencia por el ataque indirecto a los medios masivos de comunicación occidentales. El pánico y el miedo se apoderaron de las salas de prensa.  El mismo día del atentado en Francia, en el edificio del prestigioso diario El País de España, hubo una falsa alarma por un posible artefacto dentro de una caja de zapatos. Aparece y desaparece el sentimiento de “la muerte en el alma” en la sociedad del riesgo global, cuando extremistas extranjeros, bestias salvajes, penetran en la civilización y exigen respeto por sus creencias y convicciones.

En el ámbito de las ciencias sociales, hay que recordar que Francia cultivó el estructuralismo de Saussure y el funcionalismo de Durkheim,  bases del funcionalismo estructural estadounidense. Es decir, la teoría de sistemas sociales, de equilibrio y orden y armonía, dominante en la sociología occidental durante buena parte del siglo XX, tiene sin duda raíces francesas.  Los franceses, tan imbuidos del espíritu civilizatorio, apostaron por teorizar sobre lo normativo, lo regulativo y lo estructural en un siglo lleno de guerras, masacres, holocaustos y genocidios.  Europa ya se ha desangrado en sus entrañas, ahora los peligros provienen de afuera, del extranjero. La figura del intruso ya no es la del judío, sino la del musulmán.  

Lo ocurrido en Charlie Hebdó es un atentado a ese equilibrio anhelado, al estado de cosas donde “todo marcha bien”, donde se vive en paz, donde la violencia del cambio se mantiene aislada y relegada a los países en desarrollo.  “Desarrollo” que viene ceñido a la acción instrumental o al progreso económico y tecnológico de un país, en modo alguno al plano cultural. Ni el Cristianismo es una religión más desarrollada que la del Islam, ni Gabriel García Márquez mejor que Shakespeare, tampoco el jazz norteamericano es mejor que las sinfonías de Beethoven. En las discusiones de orden cultural, la idea de un progreso histórico lineal ascendente hacia un futuro mejor está completamente descartada. El concepto de “desarrollo” lo han usado indiscriminadamente economistas y sociólogos para descalificar otras culturas y sus correspondientes producciones culturales [de carácter religioso, artístico, filosófico, étnico etc.,]. La pregunta es: ¿Cómo resolver conflictos de orden económico y cultural, en un mundo globalizado, sin  acudir a métodos de violencia física y sistemática?







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