jueves, 13 de noviembre de 2014

Multiculturalidad: Apuntes de identidad y reconocimiento






La vieja pregunta de la identidad: ¿Quién soy yo?, abarca también: ¿Cuáles son mis características individuales como “ser humano”?, y ¿cómo me ven los otros?, ¿cuál es la imagen que proyecto en ellos y que retorna a mí?

En el antiguo régimen, en el viejo continente, la identidad de alguien provenía de algo externo, dios, la sociedad o una tradición cultural. Venía dada por una posición social o una función dentro de la división social del trabajo. Se nacía noble, miembro del clero, siervo, sin posibilidad de movilidad social. Con un rol social adscrito. Algo de esto prevaleció en las colonias del “Nuevo Mundo”

En la época moderna, el modo de ser se asoció con la autenticidad y originalidad, es decir, de una fuente que nace de lo más profundo de cada uno. Entonces llega a mi mente la manida frase: “Cada quien es único e irrepetible”. Cada individuo cuenta con un carácter único e imborrable. Prevalecía la relación social mediada por la identificación. La operación de hacer empatía con el semejante. Y esto no sólo en el plano de las interacciones personales, sino también en el vínculo sujeto-objeto, en el caso del lector-texto. Recordemos las obras literarias del romanticismo, que buscaban, sobre todo, identificar emocionalmente al lector con la narración de un autor, “ponerse en los zapatos de fulano” o “en la situación de mengano”. El lector hacía un auto-olvido de la situación histórica de su presente, en pro de elevarse y trasladarse a lo planteado por el autor o la obra.  También en historiografía tradicional continental ocurrió algo similar, de Ranke a Dilthey la relación empática funcionó como método de reconstrucción e interpretación de realidades históricas.

Para los países del “Nuevo mundo”, la jerarquización desigual y vertical de la colonia sobrevivió (y sobrevive), con formas modernas y autóctonas de reconocimiento de la identidad. El honor es un valor muy preciado todavía por estas latitudes.  Especialmente en las regiones rurales, se encuentra emparentado con la hombría, el respeto, el dinero y las propiedades (así sean productos de acciones ilegales y corrupción política). El tradicional concepto de honor implica un reconocimiento de valor desigual: ¡No todos tienen buena fama, no todos tienen buena reputación! En la edad media quienes no se preocupaban por su reputación eran tildados de cobardes y dignos de desprecio. En la modernidad, la dignidad es conceptualizada como el imperativo de que todos los ciudadanos serán honrados por igual.

Ahora bien, reconocer es volver a conocer lo conocido, darse cuenta de… Del reflejo del tú y el yo, de la dialéctica del amo y el esclavo. De aquélla reciprocidad de encontrarse en el tú para el autodescubrimiento y la autoafirmación personal.

La política de la diferencia se enfoca en el respeto a la diversidad, y está anclada en el potencial de moldear y definir la propia identidad individual o grupal. Por otra parte, la política de la dignidad hace énfasis en el reconocimiento de los derechos universales, tanto individuales como colectivos. En darse cuenta del valor igualitario del semejante, sin caer en una falta de reconocimiento o un falso reconocimiento, este último explicado de la siguiente manera:

“la proyección  sobre otro de una imagen inferior o humillante puede en realidad deformar y oprimir hasta el grado que esa imagen sea internalizada” (Taylor, 1993)

Imagen o reflejo degradante o despreciable de sí mismo, que funciona como una forma de opresión que hace que alguien adquiera un cuadro deformado y reducido de su propia identidad. Esto fue lo que interiorizaron muchos Estados nacionales independientes del “tercer mundo”, después de la conquista y la colonización.  Las potencias occidentales colonizadoras optaron, en principio, por este falso reconocimiento. La demanda de reconocer el valor igualitario de las naciones, los sujetos y las producciones culturales de los países en desarrollo, sin ser consideradas a priori como inferiores, es un proceso largo y lento que todavía está en curso.

Para la esfera política, hoy en día, resulta más conveniente usar el concepto de cultura como sinónimo de nación, es decir, de una comunidad histórica, más o menos completa institucionalmente, y dueña de un territorio, una lengua y unas prácticas de vida determinadas. Así pues, la “multiculturalidad” en los estados contemporáneos abarca lo multinacional y lo poli-étnico. Las minorías nacionales (sociedades independientes dentro de un estado) y las etnias (grupos de inmigrantes que han abandonado sus naciones de origen para establecerse en otras) representan estas dos categorías. Hay comunidades dispersas que no encajan ni dentro de sociedades con una identidad cultural propia (con alguna tierra natal, lengua, religión) ni dentro de grupos de migrantes voluntarios, sino involuntarios, como es el caso de las comunidades afrodescendientes. Son testimonio del continuum o limbos en la realidad.  Los movimientos sociales (de mujeres, gays, campesinos, discapacitados etc.,) son harina de otro costal, a pesar de compartir con las anteriores la marginación, el rechazo y la exclusión de la sociedad en su conjunto.   


El constructo de “multiculturalidad” se ha prestado a toda clase de confusiones, debido a que cada vez más se usa para describir un ethos o un habitus de estilos de vida de una asociación, grupo social o cualquier colectividad de gente que comparte intereses. Por tal razón, el presupuesto de la interculturalidad, la comunicación entre culturas diversas, está tomando el relevo al “multiculturalismo” en la academia y en los debates actuales en ciencias sociales.

BIBLIOGRAFÍA
Taylor, Ch (1993). El multiculturalismo y “la política del reconocimiento”. Barcelona, Paidós Ibérica.
Aquí pueden consultar mis columnas y las de otros socios.

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