miércoles, 15 de octubre de 2014

El ébola y el imaginario público de la muerte






A diario nos llegan reportes, ya sea por televisión, prensa o internet, del crecimiento del número de infectados por el virus del ébola en África occidental: 3.000 infectados, luego 5.000, hoy se reportan cerca de 9.000 casos de contagio, con una tasa de mortalidad en promedio del 70%. Las potencias occidentales han entrado en alarma y declaran que para diciembre de este año las cifras de contagio oscilarán entre 5.000 y 10.000 semanalmente.

Y, ¡oh, sorpresa! Occidente volvió sus ojos al abandonado y desahuciado continente africano, al advertir la potencial amenaza del virus, que venía oculta desde varias décadas atrás. La palabra “ébola” ejerce la función de agente contaminante, tanto en lo mediático, como en lo físico.

Todavía la ciencia no cuenta con ninguna vacuna para controlar el brote, por lo tanto no se puede combatir la enfermedad con certeza de que el virus desaparecerá del organismo del infectado. Lo único que puede predecirse es la probabilidad de contagio si no se siguen todos los protocolos de seguridad. Los riesgos a que se ve expuesto un médico, o una enfermera, si no usa la máscara adecuada, un traje especial y todas las precauciones sanitarias del caso.  Así, el miedo, el sentimiento de incertidumbre ante lo incognoscible, logra hacerse visible de nuevo en la fina lámina de la civilización. Los errores humanos en el seguimiento de los protocolos para tratar los infectados traídos de África, y el contagio en tierras españolas y estadounidenses, acompañados de la incompetencia de los organismos estatales para actuar con diligencia, dejan al descubierto una sensación de inseguridad y de vulnerabilidad global.

Sospecho que los estados del centro, los países desarrollados, tratan de reprimir el horror al gran peligro que puede traer un virus como el ébola al llegar a las grandes ciudades occidentales. Un silenciamiento silencioso que busca acallar los temores ante algo que se ve “imposible”. Los gobiernos de EE.UU, Alemania y España, han declarado que la probabilidad de contagio en sus territorios es muy baja. Mas los acontecimientos recientes, de las enfermeras contaminadas, desmienten tales afirmaciones. Si es personal médico, profesionalmente capacitado, con preparación para lidiar a diario con la enfermedad y la muerte, ¿por qué las fallas?, ¿qué hay en el ébola que no han dicho los políticos?, ¿subestiman el alcance de una plaga que está matando miles de personas en África? “Claro, nosotros contamos con mejores sistemas de salud que esos países subdesarrollados, podemos controlarlo con nuestro capital científico y tecnológico”, arguyen.  

El terror a la muerte reaparece constantemente en la vida moderna líquida, disfrazado de tal o cual modo, ya forma parte de la vida cotidiana, los mismos lazos sociales mueren, renacen y vuelven a morir. Tienen el carácter de fragilidad, representan una suerte de muerte en segundo grado. Empero, la presencia de este sentimiento ante lo desconocido se exacerba con las catástrofes naturales o humanas, y, en este caso, con epidemias o pandemias, enemigos silenciosos que atacan el cuerpo humano y sus propiedades.  Lo que han informado los medios de comunicación respecto al ébola es que se transmite de persona a persona por los fluidos corporales, los síntomas consisten en fiebre alta, dolores de cabeza, musculares y de estómago, diarrea, vómito y hemorragias; el virus engaña al sistema inmune bloqueando sus defensas y hace que este no reaccione sino cuando ya es demasiado tarde para el enfermo, afectando el sistema circulatorio y ocasionando la muerte.

Las estratagemas que históricamente los hombres y mujeres han utilizado para combatir el miedo a la muerte, a ese final definitivo, irrevocable de la vida: la convicción en la eternidad del alma, la inmortalidad personal (la fama), la inmortalidad impersonal o anónima (ej. sacrificar la vida por la nación para ser glorificado como héroe), la atribución a causas biológicas y la vida como un ensayo diario de la muerte, para hacer más suave ese golpe, ese “final absoluto”, suponen una batalla donde ella termina siempre ganando la partida.

La meta de la ilustración europea de dominar los miedos y controlar las amenazas, hoy es insostenible.  Estos circulan por todas partes, en las ciudades pululan los temores, los choques entre autos, los desplomes de edificios, los robos, los atracos, las peleas callejeras, la inseguridad etc., etc., Y más en los países de América latina, con altos índices de pobreza e indigencia.


A ojos de las gentes latinoamericanas, las estadísticas iniciales tal vez no signifiquen nada, la muerte de miles de personas en África se ve como algo lejano y ajeno, un tercero, no es la muerte de un ser querido, ni de un “tú” que haya entrecruzado su vida con ninguno de nosotros. Sin embargo, los gobiernos de la región ya están tomando medidas ante la inquietante presencia de la infección, que ni ellos mismos saben cómo controlar.

Yo no sé si es un acto de cobardía o de prudencia, el que el gobierno colombiano le haya cerrado las puertas a los extranjeros provenientes de Guinea, Liberia y Sierra Leona. Pero sí un signo de que no tenemos el equipamiento científico, ni tecnológico, mucho menos un sistema de salud para afrontar una epidemia como el ébola. Manuel Elkin Patarroyo lleva años tratando de generar la vacuna contra la malaria, pero aquí nadie apoya a ese señor. Hace poco leí que andaba en líos jurídicos por experimentar con animales en el Amazonas, al parecer el impulso a la ciencia importa poco, la tecnología se importa y los cerebros se fugan. 

En fin, queda esperar que la salvación venga de los países a la vanguardia del desarrollo...




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