miércoles, 6 de agosto de 2014

Reseña del “Capítulo 1: violencia privada” en ‘El acoso moral’






Es sabido que Colombia lleva más de medio siglo en situación de conflicto interno; grupos insurgentes, mafia y bandas criminales se han batido con las fuerzas militares del establecimiento, una y otra vez. La violencia global ha logrado interiorizarse en el comportamiento de las personas. Todo convertido en un engranaje infernal que tiende a transmitirse de generación en generación. Las agresiones físicas y simbólicas son el pan de cada día. La violencia generalizada ha tendido a subdividirse en distintos tipos de violencia: violencia de género, violencia doméstica, violencia infantil, junto a otros modos de violencia del mundo contemporáneo, tales como  el acoso laboral, el acoso escolar, el ciberacoso etc.,. La psicóloga Marie Hirigoyen analiza el tipo de violencia privada poniendo la diferencia entre el ‘Individuo neurótico normal”, que presenta episodios perversos que no son permanentes, y el ‘individuo perverso’, quien sí es perverso de tiempo completo. ¿Qué es la perversión? Podría definirse como una conducta desviada de los parámetros y prácticas “normales”. Según Freud, el fetichismo, la pederastia, la pedofilia, la necrofilia, la zoofilia, la gerontofilia, constituyen tipos de perversión, incluso llega a incluir a los homosexuales dentro de esta categoría, cosa que hoy es debatible. Esto en la dirección de perversión sexual, distinta de lo que es un perverso moral, que Hirigoyen nos lo describe en los siguientes términos:

“Estos individuos sólo pueden existir si “desmontan” a alguien: necesitan rebajar a los otros para adquirir una buena autoestima y, mediante esta, adquirir el poder, pues están ávidos de admiración y de aprobación. No tienen ni compasión ni respeto por los demás, puesto que su relación con ellos no les afecta”. (Hirigoyen, 1999)

Con esto, el perverso moral fascina, es un seductor de tiempo completo, y a algunos les produce miedo. El perverso moral es mentiroso y manipulador, percibimos a sus víctimas como débiles o poco listas.  Bajo la consigna de que “…el más admirado es el que sabe disfrutar más y sufrir menos…” (Hirigoyen, 1999: 9).

Dejando un poco de lado el debate si hay victimización, masoquismo o culpabilidad de la propia víctima en su desgracia, especializada en victimología, la autora se sitúa del lado de la víctima. En su libro trata de describir la estructura de un proceso inconsciente de relaciones destructivas  que intentan anular, eliminar o asesinar al otro psíquicamente. En vista de que en los países occidentales desarrollados  los impulsos violentos de las personas han sido en su mayor parte coaccionados y la violencia de un perverso tiende a manifestarse de forma sutil en gestos y palabras ofensivas, en Colombia, en cambio, donde la solución de conflictos ocurre a los golpes, las patadas, puñaladas, ataques con ácido, descuartizamientos, balazos y canibalismo, la violencia psíquica viene a añadirse a las violencias físicas y simbólicas operantes a lo largo de la historia del país.

Pienso que la idea no es descargar los impulsos violentos que tenemos todos en la otra persona, sino canalizarlos en otras direcciones, por ejemplo: en el deporte, en las artes y en las ciencias. En  las prácticas sexuales suelen ocurrir episodios perversos, sin embargo cuando se intenta rebajar, menospreciar y destruir al otro o la otra, ya no podemos hablar del uso de “formas alternativas de hacer el amor”, sino de violencia perversa (atañe al refrán: "Porque te quiero, te aporreo"). En la sociedad líquida actual, donde las normas son flexibles y hay un ocaso de la moralidad, suele preferirse la libertad de expresión frente a la censura. Actuar en contra de la moralidad puede llegar a significar no respetar al otro, ni establecer los límites necesarios para convivir y compartir con los demás. El grupo o los presentes pueden no llegar a percibir la violencia subterránea o tomar la situación como una simple broma, donde el agresor usa toques desestabilizadores haciendo una intrusión en el terreno psíquico de la víctima, el problema es cuando la simple broma se convierte en situaciones frecuentes y repetitivas a largo plazo. Humillar y avergonzar en público una y otra vez, hasta arruinar su reputación. Con el propósito de que el agredido progresivamente pierda la confianza, la seguridad y dude de sí mismo, el perverso moral no queda contento ni satisfecho hasta que el proceso inconsciente de aniquilación llegue a su fin, haciendo que la víctima destruya a los otros o se destruya a sí misma(Hirigoyen, 1999: 21).

“Las cosas empiezan con un abuso de poder, siguen con un abuso narcisista, en el sentido de que el otro pierde toda su autoestima, y pueden terminar a veces con un abuso sexual” (Hirigoyen, 1999: 12).

Este proceso también opera cuando el violento maltrata: reduciendo y disminuyendo al semejante a un “no ser”, “no es nadie”, “no existe”.  Aquí solemos usar el dicho de que hay que ser verraco en la vida, no obstante, ¿verraco significa tolerar todo tipo de vejaciones?, ¿acostumbrarse a ellas?, ¿si uno responde violentamente al agresor (como yo mismo lo he hecho), no está cayendo en la misma espiral de destrucción colectiva?



BIBLIOGRAFÍA

Hirigoyen, M. (1999). El acoso moral (1a. ed., p. 161). Barcelona: Paidós Ibérica.

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