sábado, 29 de junio de 2013

Algunas cuestiones sobre el desarrollo de Colombia; Laureano Gómez, un líder carismático








En la prensa escrita y virtual, las redes sociales, la radio, la televisión, y demás medios de comunicación, se oyen con insistencia las ideas centrales del gobierno de la seguridad democrática en Colombia: los tres huevitos. Seguridad, inversión y cohesión social. Discurso político con matices respecto a su antecesor, en ésta segunda fase de dicho gobierno, bajo la tutela de Juan Manuel Santos. Pero no quiero entrar en estos matices o ajustes. No obstante, hay una idea latente de desarrollo allí, que es la que me interesa ¿Por qué se habla hoy tanto de desarrollo en Colombia? ¿Qué tiene que ver la idea de progreso, explícita en algunos escritos de Laureano Gómez, el famoso dirigente católico conservador, del siglo pasado, con la de plan de desarrollo?  Voy a centrarme en algunos escritos de Gómez para analizar  la idea de desarrollo, y el carisma de un político colombiano tan emblemático. Hay que reconocer que el pensamiento de este señor sufre una transformación a lo largo de su vida, sin embargo, siempre estuvo marcado por el determinismo, ya sea a nivel geográfico, biológico, o en última instancia, espiritual. Según Tomás Barrero, joven filósofo especializado en la obra de este personaje.




Pues bien, comencemos con eso del determinismo biológico. Gómez siempre vio el mestizaje, la hibridación cultural del pueblo colombiano, como algo fatal. Causa de degeneración, estancamiento, incompetencia, ineptitud, en la sociedad y la cultura colombianas. Sus líneas inclinan a pensar en la existencia de una raza superior. Una identidad original, esencial, única de los colombianos. No se agarró de los pueblos ancestrales indígenas, que los consideraba brutos, salvajes y bárbaros. Tampoco de los negros, que los tildaba de mentirosos y bullosos. Sino de la cultura católica hispánica. En su juventud despotricó de las imbecilidades históricas del Estado español. En su adultez y vejez, presenciando los tiempos de la guerra civil española, el ascenso de Franco al poder y la adhesión de Colombia a los Estados Unidos en la Segunda Guerra mundial, exaltó las virtudes hispánicas, la lengua, sus nobles literatos, el catolicismo ferviente etc.,  Hasta especular sobre la unión de Latinoamérica a la península ibérica en un proyecto de imperio católico hispánico. Alternativo al imperialismo yanqui, así, en tono marxista. O mamerto socialista, dirían hoy académicos colombianos. Cualquier principio de multi-culturalidad estaba ausente de la reflexión de nuestro héroe. Para él sólo se distinguían culturas solidarias, versus, culturas incompatibles, en conflicto. La convivencia, el diálogo y consenso entre razas y culturas diversas era casi que imposible como modo de progreso o evolución.

En el siglo XIX se solía hablar de evolución, por la influencia monstruosa de la teoría de Darwin; en el siglo XX, se convirtió en la palabra progreso, búsqueda de un ideal de civilización; en cambio, la moda hoy es hablar de desarrollo. Países en desarrollo, centrales, y países en subdesarrollo, periféricos. El pensamiento inflexible, rígido, de Goméz, se inscribió en esta lógica occidental. A pesar de ser un conservador, tradicionalista de pura sepa. En sus años mozos, un pesimista empedernido, despelucó a la nación con una oratoria barroca, prueba de un sentimiento desesperanzador.  Se le parafrasea, Colombia nunca va a ser una nación civilizada. En su tiempo levantó algarabía, bochinche, escándalo, lo que al tipo le gustaba. Táctica de captar fieles o seguidores. Pero veamos más detenidamente esto de civilización.

La dualidad civilización y barbarie ha sido uno de los justificantes más frecuentes para descalificar otras culturas o comunidades que no se rigen por la racionalidad instrumental occidental. El sociólogo alemán Norbert Elias, hace un recorrido intelectual exhaustivo por los conceptos de civilización y cultura. El primero, surgido en Francia, lo sitúa en el ámbito de lo universal, todas las sociedades humanas se sitúan en un proceso de larga duración que se caracteriza, principalmente, por el dominio, control y autocontrol de los instintos, o la fuerza pulsional que rige nuestra vida psíquica; la psicogénesis. Asimismo, los Estados nacionales ejercen un monopolio de la violencia física, tesis heredada de Max Weber, o coacción legítima sobre las mismas sociedades; la sociogénesis. En el individuo, la contención instintiva y la interiorización de pautas de conducta en la vida cotidiana, corre paralelo a la represión institucional de los Estados nacionales modernos.

De igual modo, no sólo se avanza, también se retrocede. Existen procesos descivilizatorios, la pérdida de sentimientos como el pudor, la vergüenza, el autocontrol, o el menoscabo del monopolio de la violencia legítima de un Estado, que degenere en una violencia extrema. La época de “la Violencia” puede ser considerado como un proceso descivilizatorio en la historia de Colombia. Por otro lado, según Elias, la cultura, hace referencia a lo particular, el espíritu de un pueblo, sus producciones simbólicas, de sentido; concepto desarrollado, primordialmente, por los alemanes.

Para el joven Laureano, en cambio, civilización, es casi sinónimo de racionalización del mundo. Defiende con bríos ideas científicas, aboga por la ilustración, la razón y el buen entendimiento. Todo lo contrario a eso es irracional, bárbaro, bruto, ignorante. Ya en su adultez va desdeñando  las ideas de la civilización occidental, secular; creando en su cabeza un proyecto alterno encantado, de regreso a “los orígenes”, basado en la cosmovisión católica hispánica. De alguna manera, siempre justificó la violencia por la existencia de una civilización o cultura superior, para acabar con las culturas enemigas, si no se adherían al proyecto propio. También vio la cultura como elemento alejado del pueblo. Sólo las élites intelectuales pueden sustentarla, producirla y reproducirla. El pueblo es sinónimo de chusma, plebe, gleba, ineptos, ignorantes, etc., El líder conservador abrió aún más la brecha, la distancia entre el pueblo y los dirigentes.

El sistema político de una democracia cristiana, basado en leyes, moral y libertades absolutas, fue la pulpa del proyecto de reforma constitucional de 1953. La política se convirtió para él en un instrumento de la religión católica. El eterno retorno de su doctrina: la unidad espiritual de la nación.  Los temas de administración pública, y el ejercicio de la política, el consenso y el disenso, quedaron relegados a una suerte de corporativismo (Tendencia muy en boga, por esos días, en gobiernos de corte fascista, verbigracia, los de Franco o Mussolini) una tecnocracia de gremios y senadores elegidos por sufragio indirecto. El pueblo no contaba con las facultades intelectuales para elegir directamente sus propios gobernantes, decía el orador Gómez. Un vez más, era la chusma cachiporra. Con esto el poder ejecutivo se fortalecía inconmensurablemente. Afortunadamente las condiciones históricas no permitieron que el proyecto se llevara a su fin. En él se condensaba todo el marco doctrinario del líder conservador.

Otra cosa para añadir, la oratoria de este señor impresionaba bastante. Varios políticos colombianos se han caracterizado por poseer cualidades extraordinarias en sus discursos. Gaitán es el punto de referencia, entre muchos otros. Gómez también tenía la habilidad de hablar elocuentemente en la esfera pública. Reconocido por su inteligencia y memoria en extensos y acalorados debates parlamentarios. El don de la palabra abigarrada, rimbombante, que se fue haciendo con los años más seca, recalcitrante, adusta y desmañada, es un atributo de este hombre. No es un halago, sino una realidad.

El tipo era un intelectual político de élite en toda la palabra.  Muy leído. Muy escuchado. Muy odiado, también. El cuadro de Débora Arango, La salida de Laureano, retrata de manera maravillosa la concepción de muchos artistas colombianos, Gómez es pintado como un monstruo, un mutante azulado que sale en una camilla, a los costados el clero y las fuerzas armadas. Simbolizaba la enfermedad que obligó al dirigente a dejar la presidencia en 1951.

Sería demasiado irreverente decir que Laureano Gómez fue un cáncer de la historia política colombiana. Sin embargo, él solía expresarse en esos términos. Argüía que la masonería, el judaísmo y el comunismo eran los cánceres de la civilización moderna 

Un personaje muy intolerante. Asimismo, apegado a la rectitud de unos principios pasados de moda, en desacuerdo con los tiempos de cambio y transformación acelerados de un mundo cada vez más globalizado, viajaba a contracorriente. Lo único que le quedaba era orar, rezar, hacer escándalos y espectáculos públicos. Los nubarrones del proceso de secularización ya se venían venir. La creciente institucionalización, racionalización, automatización y desencantamiento del mundo, simulaban los gritos de una parturienta, dando luz a una nueva vida. La iglesia católica no iba a ser la única empresa religiosa dominante, nuevos cultos y sectas harían más presencia, saldrían de sus escondrijos para disputar el capital religioso. En fin, se aproximaba una época muy agitada, de competencia por la autoridad del tradicional sacerdote católico. Gómez se asemejaba a un sacerdote político. Evangelizando en el senado de la república y en la plaza pública, ante los tiempos tormentosos que se aproximaban.

BIBLIOGRAFÍA
Barrero, Tomás., “Laureano Gómez y la democracia”. La restauración conservadora 1946-1957.  Universidad Nacional de Colombia. Bogotá 2012. pp. 105-128
Elías, Norbert., El proceso de la civilización: Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas. FCE, México 2012.


Gómez, Laureano., Interrogantes sobre el progreso de Colombia. Populibro no 29, Editorial Revista Colombiana Ltda, Bogotá, 1970.
________________ “Conflicto de dos culturas”. En Ruiz Santos Ricardo (ed) Laureano Gómez. Obras Completas. Tomo IV. Instituto Caro y Cuervo. Bogotá 1989. pp. 95-136.

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