lunes, 17 de abril de 2017

Lo siniestro, de Sigmund Freud



Pienso que me aguardaba la imperiosa necesidad de escribir cualquier meditación luego de enclaustrarme cual monje medieval en Semana Santa y leer sin cansancio día y noche; creo que conseguí mi cometido de digerir buenos libros de literatura entre novelas, cuentos y pequeños relatos. En este lapso de tiempo dejé a un lado los textos serios y cerebrales relativos a la teoría social o al pensamiento filosófico, con la excepción del sucinto opúsculo que concierne a ésta entrada. 

Elegí un texto de Freud que corresponde a su segunda etapa de trayectoria intelectual en tanto pensador y fundador del psicoanálisis, Lo Siniestro (1919), también traducido bajo el título de Lo Ominoso, se sitúa como preludio de obras como Más allá del principio del placer (1920), El yo y el ello (1923) y El malestar en la Cultura (1930). El aparato psíquico de consciente-preconsciente-inconsciente postulado en su primera etapa, frutos de sus investigaciones con las histéricas de Charcot y su descubrimiento de las manifestaciones del inconsciente en el sueño, los chistes y los actos fallidos, cedió paso al modelo yo-ello y súper yo. Considero que el opúsculo no tiene desperdicio y que engarza muy bien con el llamado “miedo líquido” de las sociedades contemporáneas.

Freud comienza aclarando qué tiene que decir el psicoanálisis en el campo de la estética, pensada esta como ciencia de la sensibilidad de lo bello y de lo espantoso, precisamente allí en el terreno de lo espantable, angustiante y espeluznante la disciplina psicoanalítica tiene algo apreciable que decir. De entrada existe un enorme interés lingüístico por el origen etimológico de Heimlich y Unheimlich, lo familiar y lo extraño, lo conocido y lo desconocido, lo íntimo y lo insólito, tal diferencia la rastrea Freud en el alemán, el latín, el griego, el inglés, el francés y el español. Otorgando especial importancia a su lengua materna, encuentra la definición que Schelling le da al concepto de lo ominoso: Unheimlich sería todo lo que debía haber quedado oculto, secreto, pero que se ha manifestado. Dicha definición servirá de guía orientador en el ejercicio de interpretación psicoanalítica de obras literarias que Freud se propone ejecutar en los siguientes apartados.

Tomando como referencia al psiquiatra alemán Ernst Jentsch, cita el caso de lo siniestro en el que la duda en que un ser aparentemente animado, sea en efecto viviente; y a la inversa: de que un objeto sin vida esté en alguna forma animado. Las esculturas humanas y animales, las muñecas y los autómatas representarían bien lo primero, y cualquier objeto inanimado lo segundo. Los sentimientos de incertidumbre, inquietud y asombro tendrían aquí prioridad. Freud pretende tumbar dicho presupuesto recurriendo al armazón psicoanalítico interpretando las obras del poeta insignia del romanticismo alemán, E.T.A. Hoffmann.

Recordé al poeta romántico por la popular canción de Metallica, Enter Sandman, inspirada en el cuento Der Sandmann (El arenero). Freud reseña con propiedad todo el relato, y llama la atención cuando el arenero pierde los ojos, representación del complejo de castración. En psicoanálisis la angustia de perder algún órgano del cuerpo se asocia directamente con la angustia frente a la pérdida de los genitales experimentada en la infancia. La mutilación efectiva, el miedo a quedar ciego, o el miedo al corte de brazos y piernas, ejerce como sustituto del complejo de castración infantil. Ilustra bien semejante cuestión el mito de Edipo Rey, usado ampliamente por la teoría analítica.

En el otro relato analizado, Los elixires del diablo, el asunto se centra en la problemática del “doble” o “del otro yo”: desdoblamiento del yo, partición del yo; finalmente con el constante retorno de lo semejante, con la repetición de los mismos rasgos faciales, caracteres, destinos, actos criminales, aun de los mismos nombres en varias generaciones sucesivas. Tuve la oportunidad de leer la narración que relata la vida del cura Medardo, monje católico engullido por el crimen y las pasiones mundanas, quien busca la redención en la perdición de su amada Aurelia. Sin embargo lo relevante de la narración se sitúa en el sosia que persigue al monje en toda la obra. Un espectro abominable que lo atormentará en su periplo de mentiras y homicidios. En el plano del sujeto Freud adjudicará el asunto del doble como característico de la fase de narcisismo infantil que determinará posteriormente la formación del super-yo, instancia psíquica de censura y regulación de los deseos e ideas del individuo; en el plano de la cultura lo situará como un rasgo predominante del animismo y las sociedades primitivas, colocando énfasis en la creencia mítica del “alma inmortal”, el desdoblamiento del ser en espíritus idénticos aseguraba la supervivencia del hombre primitivo. En este orden de ideas, en el tránsito de las sociedades tradicionales al mundo moderno, la idea del otro idéntico se fue convirtiendo en un espantajo del inconsciente colectivo, un mensajero siniestro de la muerte.

En la exégesis de los trastornos psíquicos del yo encontrados en la obra de Hoffmann, aparece la repetición de lo semejante, temática que actualmente usan con sevicia las películas de terror, por ejemplo, la sensación de llegar una y otra vez al mismo sitio y que provoca la impresión de lo siniestro, el retorno involuntario a un mismo lugarpor ejemplo cuando uno se pierde, sorprendido por la niebla en una montaña boscosa, y pese a todos sus esfuerzos por encontrar un camino marcado o conocido, vuelve varias veces al mismo lugar caracterizado por un aspecto determinado. Respecto a esto Freud señala que la actividad psíquica inconsciente del sujeto está regida por un impulso de repetición, automatismo de los instintos que queda en evidencia en las tendencias de los niños y en el diván de trabajo con los neuróticos. 

Vale señalar que la disciplina psicoanalítica inaugurada por Freud no contempla la clásica división médica de salud y enfermedad, según Freud todas las personas padecemos algún tipo de neurosis en mayor o menor grado, el descubrimiento e investigación de la estructura del inconsciente lo asentará en este postulado. Fundamento que determinará su ruptura con la ciencia médica y la psicología académica, vale recordar el dudoso estatus científico del psicoanálisis, reducido por los más escépticos al carácter de lo indemostrable y la charlatanería de diván. Con ánimo de hacer justicia al psicoanálisis, basta indicar que Freud inició su trayectoria profesional como médico en la clínica del ilustre neurólogo francés Jean-Martin Charcot, de sus investigaciones de los síntomas de las mujeres histéricas inventó y teorizó la práctica analítica; igualmente el psicoanálisis ha demostrado influir en numerosos campos de las ciencias sociales y humanidades, ¿Qué sería de la teoría crítica de Frankfurt (Adorno, Benjamin, Habermas) sin la influyente idea analítica del inconsciente? ¿Cómo imaginar el dispositivo de la sexualidad sin el concepto freudiano de represión pensado por el psicólogo Foucault? ¿Qué tendrían que decir las teorías queer y feministas sin las nociones freudianas de identidad y personalidad del yo? Y en el terreno de las artes, ¿Cómo pensar las obras de Dalí, Hitchcock, Buñuel, Zweig sin las ideas de Sigmund Freud?

Retornado al argumento central del opúsculo, el autor termina sus comentarios de los cuentos de Hoffmann exponiendo casos concretos de sus experiencias clínicas. El caso de algunos pacientes que padecían un trastorno neurótico obsesivo en el que ciertos presentimientos se realizaban: “De ningún modo se sorprendían al encontrarse regularmente con la persona en la cual, quizá por vez primera en mucho tiempo, acababan de pensar; regularmente sucedíales que recibían por la mañana carta de un amigo, y la noche anterior habían dicho: “Hace tiempos que no sabemos nada de fulano”. Sobre todo, raramente se producían accidentes o fallecimientos, sin que poco antes la idea de esa desgracia hubiera pasado por su mente”. Freud denomina a este trastorno omnipotencia del pensamiento, o en palabras antropológicas, la atribución de fuerzas mágicas y sobrenaturales en algunos hombres primitivos sobre seres vivos y objetos. Por último, queda por explicar el originario miedo hacia la muerte, desde las sociedades primitivas el inconsciente ha reprimido la idea de la mortalidad, bien sea inventando mundos más allá de la muerte o creyendo en la reencarnación de las almas, Freud indica que ésta resistencia se ha extendido a las sociedades modernas donde la represión ha cobrado formas más sofisticadas.

En la descripción de los factores que transforman lo angustioso en siniestro: el complejo de castración, las repeticiones involuntarias, las actitudes frente a la muerte, la omnipotencia del pensamiento y el retorno siniestro de lo primitivo; quiero añadir que los afectos de la angustia nunca se reprimen, según la teoría psicoanalítica las ideas cargadas de afecto son las que se reprimen en la instancia psíquica del inconsciente: la idea del acontecimiento, del suceso, de la vivencia. Estas ideas reprimidas del mecanismo inconsciente retornan a la conciencia bajo la forma de un síntoma, un chiste, un sueño o un acto fallido. En el caso de lo siniestro, lo que en otro tiempo fue Heimlich (secreto, íntimo, familiar) en la mente del sujeto por efectos de la actividad represiva vuelve bajo la forma de lo Unheimlich (lo extraño, lo desconocido, lo raro). El acontecimiento que provoca la angustia de lo ominoso (lo horrible, lo aterrador, lo espantoso) generalmente siempre ocurre allí donde se desvanecen los límites entre fantasía y realidad; cuando lo que habíamos tenido por fantástico aparece ante nosotros como real, cuando la representación o el símbolo toman el lugar de lo representado. De esta manera termino con un ejemplo infalible de Freud respecto a lo anteriormente explicado:

En medio del bloqueo impuesto por la guerra mundial llegó a mis manos un número de la revista inglesa Strand, en el cual, entre otras lucubraciones bastante superfluas, hallé la historia de una joven pareja que se instala en una vivienda amueblada donde se encuentra una mesa de forma extraña, con cocodrilos tallados en madera. Hacia el anochecer se difunde por la habitación un hedor insoportable y característico, se tropieza en la oscuridad con algo, se cree ver eso indefinible que escapa por la escalera: en suma, se trata de hacernos creer que a causa de la presencia de esa mesa la casa está asolada por fantasmagóricos cocodrilos, o que en la oscuridad los monstruos de madera adquieren vida, o que sucede algo similar. El cuento era bastante tonto, pero el efecto siniestro había sido logrado magistralmente.

domingo, 12 de febrero de 2017

El Imperio de lo efímero: La moda y su destino en las sociedades modernas- Gilles Lipovetsky



Cuando abordé por vez primera La Era del vacío de Gilles Lipovetsky, hace un par de años, recuerdo muy bien que en algún lugar decía que en la actualidad los filósofos seguían enclaustrados en su torre de cristal rumiando problemas metafísicos o “analíticos” que poco o nada se vinculaban con la realidad del mundo contemporáneo. Ellos se han devanado los sesos buscando las esencias del ser, la nada, el espíritu absoluto, la eternidad, la razón, la voluntad, la conciencia, el lenguaje, y otros tantos temas de trascendencia insospechada que sobrepasan todo fenómeno, toda realidad concreta, toda mundanidad. Contrario a ésta tendencia universal, que ha hecho eco en la vilipendiada pero habitual sociología de escritorio, la obra del francés Lipovetsky tiene la condición de excepcional.
Frente a la descalificación negativa de la moda hecha por los sabios más ilustres de la Escuela de Frankfurt (Adorno, Horkheimer, Habermas) por considerarlo un asunto frívolo, trivial y superficial, que no muestra sino la alienación, el materialismo pródigo de las sociedades modernas, y más recientemente con la sociología simbólica de Bourdieu, que pone de relieve la diferenciación de clases, la segregación social, los conflictos de prestigio, y la lucha envidiosa por los símbolos de estatus; el autor de La Era del vacío pretende indagar el lado positivo del fenómeno social moda. Inspirado en Foucault y Norbert Elías, Lipovetsky hace una breve e interesante genealogía de dicho dispositivo social, interpretado como el gran teatro de las frivolidades en Occidente.
La obra que nos ocupa está dividida en dos partes: La magia de las apariencias y La moda plena. La primera parte está consagrada a tres preguntas: ¿Cómo entender la aparición de la moda a finales de la Edad Media? ¿Cómo explicar la versatilidad de la elegancia, algo que nunca había sucedido en ninguna otra civilización? ¿Cuáles son los grandes momentos históricos, las grandes estructuras que han determinado la organización social de las apariencias? Con esto se quiere decir que Lipovetsky no pretende hacer una historia de la moda, ni del vestido, ni de los accesorios, ni de los artilugios en la sociedad occidental; sino que más bien las tres preguntas están interrogando un proceso histórico de larga duración que va desde mediados del siglo XIV hasta mediados del siglo XX.
El análisis es sociológico en la medida en que la moda tiene un tratamiento como institución social perdurable que ha sufrido múltiples metamorfosis y mutaciones en el tiempo. No está de más aclarar que la moda no es inherente a la especie humana, que las sociedades primitivas en su mayoría negaban la concepción del cambio en la indumentaria y en el resto de aspectos de la vida social, en defensa del pasado, la tradición y la conservación de la cultura. La moda es un fenómeno absolutamente moderno que únicamente aparece cuando el culto al cambio y lo nuevo se imponen en la sociedad cortesana occidental. La moda aristocrática de reyes, príncipes, duques y nobles, se instaura como el primer momento histórico que privilegia el presente, lo efímero y la fantasía estética. La moda venía de los altos estamentos y ejercía su expansión por mimetismo nacional: “La reina Juana de Portugal lanzó el verdugo para disimular su embarazo; Luis XIII puso de moda las barbas de punta; Luis XIV fue el precursor de diferentes modas masculinas que daban una determinada imagen de su poder… Además de los soberanos, a lo largo de los siglos se multiplicarán esos personajes que se constituyen en árbitros y ministros de la elegancia, grandes señores capaces de lanzar modas a las que se unirá su nombre: zapatos a la Pompignan, espuelas a la Guise, peinado a la Sévigné”.
En esta primera parte cobra importancia la pregunta: ¿por qué la moda ha aparecido en Occidente y en ningún otro sitio?, pregunta que invoca aquélla otra conocida de: ¿por qué el capitalismo ha aparecido en Occidente y en ningún otro sitio? No hay que subestimar la influencia de Max Weber en “El imperio de lo efímero…”, no solamente por aquel interrogante, sino por el énfasis en los valores, los ideales y la ideología individualista que se despliegan en la modernidad. Claro está que Lipovetsky no desestima los factores materiales y económicos del mundo moderno: el incremento del poder económico de la burguesía, el crecimiento de las ciudades, la intensificación de los intercambios comerciales y la nueva dinámica del artesanado, sin embargo éstos factores resultaron fluctuantes por las guerras, las regresiones económicas, las epidemias y las pestes que azotaron a Europa durante siglos; por lo tanto no pueden explicar el nacimiento y la estructura del arte de las apariencias. Lipovetsky encuentra en la moral aristocrática cortesana, el arte renacentista y la doctrina del cristianismo, los elementos estéticos de seducción que permitieron la difusión de la moda:
“La consagración de las frivolidades está en línea con las normas de la cultura caballeresca y cortesana, de su aspiración al goce terrenal y a los placeres del mundo”.
Patrón de inversión mundana que también puede hallarse en las creaciones artísticas:
 “No es casual que la moda y el desnudo se den en la misma época; se trata de una misma consagración de nuestra permanencia en la tierra”
Y  glorificación del mundo creado por el esquema particular de la religión cristiana:
 “Por el dogma del dios-hombre y la revalorización-legitimación que permite de la esfera terrestre, por los datos sensibles y visuales, la religión de la encarnación favoreció incontestablemente la aparición de la moda.”
El siguiente estadio en la expansión del dispositivo de las apariencias lo denomina La moda centenaria, que va desde la segunda mitad del siglo XIX hasta mediados del siglo XX. Ésta es la época panóptica-disciplinaria donde la moda se divide en dos industrias: la Alta Costura y la confección industrial. La época del modelo rector y la serie, del original y su duplicado. Los tiempos de las colecciones de temporada, de los desfiles de maniquíes de carne y hueso, de la democratización del vestido y la decadencia de los signos de suntuosidad:
“Chanel y Patou repudiaron el lujo chillón, despojaron a las mujeres de lacitos, volantes y perifollos: en adelante se llevarían los vestidos tubo, cortos y sencillos, sombreros de campana, pantalones y jerséis.”
Aquí entra en escena otra novedad de la moda centenaria: el creador. Durante el periodo aristocrático el cliente (el rey, la reina, la condesa) imponía la innovación en el vestido; el modisto artesano no existía. En la moda centenaria el diseñador emerge como la figura de un demiurgo autónomo, de un artista libre consagrado a su creación. De ahora en adelante va a gozar de prestigio, reconocimiento y promoción social:
“El cambio se produce en el siglo XIX y sobre todo con Worth; a partir de ese momento el modisto va a gozar de un prestigio inaudito, se le reconoce como a un poeta, aparece en las novelas con los rasgos del esteta, árbitro incontestable de la elegancia: igual que si se tratara de un pintor, sus obras están firmadas, y protegidas por la ley... Dior es el Watteau de los modistos, Balenciaga el Picasso de la moda.”
Los oficios y gremios asociados a la moda también van a gozar de estimación social:
“Desde mediados del siglo XVIII los oficios relacionados con la moda, peluqueros, zapateros, mercaderes de moda, se consideran a sí mismos y son cada vez más considerados por los demás artistas sublimes. En esa época aparecen los primeros tratados sobre el arte del peinado, especialmente los de Le Gross y Tissot.”
La reproducción de los discursos de moda en revistas especializadas, crónicas redactadas por profesionales, y sobre todo en los escritores de literatura decimonónica, da cuenta de un sistema que proyecta extenderse a todos los ámbitos de la sociedad:
“Balzac escribió un Traité de la vie élégante (1830), y Barbey  d’Aurevilly, Du dandysme et de George Brummell (1845) así como diversos artículos de moda. Baudelaire redactó un Eloge du maquillage; vio en la moda un elemento constitutivo de lo bello, un síntoma del gusto de lo ideal. Mallarmé redactó La derniere Mode; a finales de siglo, P. Bourget, Gouncourt, Maupassant, dan a la novela mundana una dignidad literaria y una base de realidad realizando una pintura minuciosa y exacta de la vida elegante, de los atavíos de la high life y de sus decorados delicados, refinados, lujosos. Algo más adelante Proust describirá las rivalidades mundanas y se interrogará sobre los resortes psicológicos de la moda y el esnobismo, en los salones del faubourg Saint-Germain.”
De igual forma, los tentáculos de la estructura moda comienzan a manifestarse en la esfera del poder, Lipovetsky designa la industria de la Alta costura como una organización burocrática (y aquí vuelve a percibirse la influencia weberiana) que no practica las tecnologías de coacción disciplinaria, sino procesos inéditos de seducción: empieza un proceso de individualización, que da rienda suelta a la libertad de elección frente a la pluralidad de modelos, libertad que se opone a lo estándar, lo homogéneo y lo uniforme de la moda anterior. Simultáneamente, emprende un proceso de psicologización de la apariencia:
“La Alta Costura ha iniciado un proceso original en el orden de la moda: la ha psicologizado, creando modelos que concretan emociones, rasgos de la personalidad y del carácter. A partir de ello y según el atuendo, la mujer puede parecer melancólica, desenvuelta, sofisticada, sobria, insolente, ingenua, fantasiosa, alegre, romántica, joven, divertida, deportiva; serán esas esencias psicológicas y sus combinaciones originales las que señalarán preferentemente las revistas de moda.”
La Alta costura ejerce un tipo de poder sui generis, un poder suave y liviano de seducción que incorpora los gustos imprevisibles y diversificados del público; y que poco o nada tiene que ver con esa idea de poder coactivo y negativo de las sociedades disciplinarias, que coarta toda iniciativa individual. Por tal motivo, hay que tener en cuenta esa otra lógica de indeterminación que pone en evidencia la imprevisibilidad de la demanda:
“Sin duda los prototipos son estrictamente concebidos y preparados en los laboratorios de la Alta Costura, sin embargo, los modistos no son en modo alguno los artífices únicos de la moda. Ésta se establecerá posteriormente a la presentación de las colecciones, en función de la elección hecha por el público y las revistas de tales y cuales modelos.”
En una tercera etapa encontramos La moda abierta que más o menos comienza en la década del 50 y tiene su cenit en los años ochenta del siglo XX; destaca por la revolución democrática del Prêt-à-porter  o “listo para llevar”, ésta producción en serie pretende fusionar la industria y la moda, y lleva a las calles, el estilo, la novedad y la estética. La Alta Costura pierde soberanía en el terreno moda con el advenimiento de la sociedad del consumo, las grandes casas pierden la popularidad de antaño y se erigen en empresas de licencias de cosméticos y perfumes. El diseñador es reemplazado por consejeros o estilistas que orientan el diseño profesional indumentario:

“Kenzo dinamizó la moda a finales de los setenta con sus cortes planos derivados de los kimonos, su gusto por los colores y las flores, y su maridaje entre lo oriental y lo occidental.  Mugler presentó un arquetipo femenino de cine y ciencia ficción. Montana creó vestidos impresionantes por su volumen y la anchura de  sus hombros- Chantai Thomass revela una silueta elegante y pícara, decente e insolente. J, P. Gaultier jugó a ser el enfant terrible de la fashion manejando el humor, la burla y la mezcla de géneros y épocas.”

El proceso de democratización del vestido avanza al desaparecer la dualidad Alta Costura/confección industrial, lujo/reproducción de masas, la distinción es atenuada por la igualación del vestido en la nueva cultura hedonista de masas, “sociedad que sacraliza el cambio, el placer y las novedades”. La estética juvenil sustituye a la elegancia de la distinción de clases asociada con lo viejo y lo adulto. Los valores de la expresión individual, del humor, la libre espontaneidad, la emancipación, la comodidad y el confort se establecen como el imperativo categórico en las nuevas tendencias del traje:

“Desde el momento en que se eclipsa el imperativo de la indumentaria dispendiosa,  todas las formas, todos los estilos y todos los materiales cobran legitimidad como moda: el desaliño, lo sucio, lo desgarrado, lo descosido, lo descuidado, lo usado, lo deshilachado, hasta el momento estrictamente excluidos se incorporan al campo de la moda…”.

La moda abierta se caracteriza sobre todo por su pluralidad, su diversificación,  que desencadena la hiper-elección a la carta o self-services de vestidos, estilos y formas. Las reglas y regulaciones de la Alta Costura se han desvanecido, dando paso a modas marginales y juveniles que rompen con los criterios de la moda profesional. En la moda centenaria el conjunto le pertenecía al diseñador y los detalles al cliente.  Ahora la moda toma un camino de experimentación donde cada creador tiene sus propios criterios estéticos, y con esto ha destruido el principio de un gusto consensuado. De igual manera, el cliente conquista más libertad de elegir un “look” gracias a la fragmentación de dicho sistema del modelo y su doble.

Vale señalar que la moda de la Alta Costura estaba dirigida exclusivamente al universo femenino, los hombres estaban excluidos de dicha estructura. Con la explosión de los valores juveniles el narcisismo se democratiza  “los hombres se preocupan más de su arreglo personal, están más abiertos a las novedades de moda, velan por la apariencia y entran, de este modo en el ciclo narcisista, antes reputado como femenino «Y-ves Saint-Laurent para hombre. Un hombre elegante, viril, un hombre preocupado por su bienestar, por su apariencia, cuida especialmente de su cara con la emulsión facial bálsamo y la emulsión facial hidratante, seguidas de toda una gama perfumada»"

Por otra parte, el atavio masculino ha entrado en el proceso de la moda, principalmente con el sportwear o ropa deportiva. La gente pensará que en la indumentaria se ha extendido la igualdad de los sexos por “la adopción cada vez más amplia por parte de las mujeres, a partir de los años sesenta, de las ropas de tipo masculino (pantalón, jean, cazadora, esmoquin, corbata, botas)” Sin embargo, esto no quiere decir que en la moda lo masculino no siga siendo “el polo estable e inferior, frente a la movilidad libre y proteiforme de lo femenino.” En la moda abierta puede percibirse cierto fracaso de la dinámica igualitaria, en cuanto a la moda por sexos, aun opera un sistema de oposiciones sustanciales regido por un proceso de diferenciación ostensible, todavía existe indumentaria y signos exclusivamente femeninos: vestidos, faldas, trajes-chaqueta, calzado, maquillaje etc.,

“El hecho principal es este, los hombres en ningún caso pueden llevar vestidos o faldas, ni tampoco maquillarse. Como trasfondo de la liberación de las costumbres y la desestandarización de los roles, una prohibición intangible continúa en todo momento organizando profundamente el sistema de las apariencias con una fuerza de interiorización subjetiva y de imposición social que no tiene equivalente en otros campos: Vestidos y cosméticos son patrimonio de lo femenino y están rigurosamente proscritos para los hombres”

Este proceso se acompaña de otro de diferenciación sutil, atributo de un sistema de oposiciones discretas que designa identidades y erotiza los cuerpos:

“Así como un vestido pasa de moda, gusta o disgusta por un mínimo matiz, de igual modo existe un simple detalle para discriminar los sexos. Los ejemplos son innumerables: hombres y mujeres llevan pantalones, pero el corte y a menudo los coloridos son distintos, los calzados no tienen nada en común, la blusa de mujer se distingue fácilmente de una camisa de hombre, las formas de los trajes de baño son diferentes al igual que las de la ropa interior.”


La segunda parte del libro está dedicada a La moda plena,  última etapa del despliegue definitivo de la forma moda. En su fase terminal la moda extiende su soberanía en la economía, la cultura, la razón y la existencia cotidiana en las sociedades occidentales. Su imperio se extiende a lo largo de la sociedad frívola del consumo, ejerciendo las leyes de lo efímero, de la seducción y de la diversificación. La moda ha dejado de tener algún epicentro de clase, de nación o ideología,  haciendo su expansión en todos los ámbitos del mundo de la vida. En términos marxistas, tanto estructura como super-estructura se han rendido a su dominio, la moda no proviene de un sector exclusivo y distintivo de la sociedad, sino que nos vemos inmersos y sumergidos en ella.

Comenzando de abajo hacia arriba, el autor primero analiza el mundo económico. En la esfera de la producción,  la renovación y la obsolescencia de los artículos se erigen en norma general.  La novedad y la caducidad programada de los objetos de consumo, antes exclusiva de la producción indumentaria, hacen su aparición generalizada:

“La oferta y la demanda funcionan en lo Nuevo; nuestro sistema económico es arrastrado por una espiral en que reina la innovación, sea mayor o menor, y en que la caducidad se acelera: ciertos especialistas en marketing y en innovación pueden asegurar que, dentro de diez años, el 80% y el 90% de los productos actuales serán desplazados para presentarse bajo una nueva forma y una nueva envoltura…«Es nuevo, es Sony», todas las publicidades resaltan la novedad de sus productos: «Nuevo Wipp», «Nuevo Ford Escort» «Nuevo VolksWagen»”

En cuanto al imperativo categórico de la diversificación, el mercado extiende un abanico de modelos y de variedades en sus productos que permite libertad de elección a los consumidores. La diferenciación marginal rompe con la unicidad de antaño y resalta los matices y las pequeñas diferencias de cada artículo, perdiendo su hegemonía la oposición del modelo/serie, irrumpe la política de diversas gamas:

“Todos los sectores han sido invadidos por el proceso moda de la variedad y las variantes secundarias; 22 versiones súpercinco en un año, a las que deben añadirse las opciones de color y accesorios, unos 200.000 vehículos diferentes en Renault, modelos y versiones mezclados en su totalidad. Nike o Adidas proponen cada uno por su parte decenas de modelos training en diferentes colores. Las soft drinks se han subido al tren en marcha: Coca Cola ha creado una auténtica gama de sodas—Classic Coke, New Coke, Diet Coke, Caffeine Free Coke, Caffeine Free Diet Coke, Cherry Coke—, a la venta en distintos envases y cantidades.”

Y en este orden de ideas, queda la ley de la seducción. La atracción visual y la estética de las mercancías. El embellecimiento de los objetos y la seducción de los consumidores son las aspiraciones del sustituto de la Alta Costura, el diseño industrial. El encanto, la presentación y el envase definen el éxito de los bienes de consumo. La vieja frase de “todo entra por los ojos” encaja dentro de las estrategias de la estética industrial:

“Mientras que las grandes firmas automovilísticas proponen periódicamente modelos de nueva línea, los más diversos productos entran en el incesante ciclo de la acción de la moda y el diseño. Incluso los productos alimenticios comienzan a someterse a la estética industrial: así, el diseñador italiano Guigiaro ha llegado a diseñar la forma de nuevas pastas alimenticias. Cada vez más los pequeños objetos—relojes, gafas, encendedores, lápices, plumas, ceniceros, libretas—pierden su carácter tradicionalmente austero y devienen objetos alegres, lúdicos y cambiantes.”

Es determinante caer en cuenta que El imperio de lo Efímero  ya cumple casi 30 años desde su primera publicación (1987), es decir que la revolución tecnológica de los últimos decenios en teléfonos celulares, tablets, laptops y demás dispositivos electrónicos no había hecho su incursión en dicha sociedad; no obstante, Lipovetsky ya había advertido que la electrónica del gran consumo, como electrodomésticos o mobiliario, buscaba la sobriedad y parquedad de las formas en pro de su complejidad técnica.

Por otra parte, hay un debate de fondo muy interesante con Baudrillard y Bourdieu, en tanto que estos arguyen que los objetos se consumen por un afán de estatus, prestigio y distinción. Para dichos autores la adquisición de cosas representa la obtención de valores honoríficos y emblemas sociales.  Lipovetsky no está de acuerdo con ésta postura y le da prioridad al valor de uso de las mercancías,  en detrimento de su valor de cambio:

“Es cierto que en el alba del auge del consumo de masas ciertos objetos, los primeros vehículos, los primeros televisores, pudieron ser elementos de prestigio, más investidos de valor social que de valor de uso.  Pero ¿quién no ve que ésa época ha sido superada? ¿Qué se ha hecho de ella hoy, cuando los individuos consideran los nuevos objetos como derecho natural? ¿Qué se ha hecho de ella cuando no conocemos otra cosa que la ética del consumo? Ni siquiera los nuevos bienes que salen al mercado (magnetoscopio, microordenador, cadena láser, horno microondas, minitel) llegan a imponerse como material cargado de connotaciones de standing; son absorbidos por una demanda colectiva ávida no de diferenciación social, sino de autonomía, de novedades, de estímulos e informaciones.”

Siendo la época del hiperindividualismo, de la inconstancia, la seducción y la hiper-elección, el consumo de objetos ya no se rige por la lógica clasista de otros tiempos sino por la del neonarcisismo consumista contemporáneo. Lipovetsky ve la persistencia del código de la distinción particularmente en objetos de lujo como bienes inmobiliarios o artículos muy caros (la compra de una casa, de un carro o de grandes haciendas, por ejemplo).  En contra de los críticos acérrimos de la sociedad del consumo que sólo ven alienación y aturdimiento de las conciencias, el autor ve algo favorable:


“¿Cómo seguir hablando de alienación en una época en que, lejos de ser desposeídos por los objetos, son los individuos quienes se despojan de estos? Cuanto más se desarrolla el consumo, más se convierten los objetos en medios desencantados, en instrumentos, nada más que en instrumentos; así avanza la democratización del mundo material…Lejos de embrutecer a los hombres mediante la distracción programada, la cultura hedonista estimula a cada cual a convertirse en dueño y poseedor de su propia vida, a autodeterminarse en sus relaciones con los demás y a vivir para sí mismo.”  

miércoles, 4 de enero de 2017

El hombre duplicado de José Saramago





Encontrar un libro que consiga dejar un sentimiento estremecedor que deje la mente del lector absorto en ebriedad y suspenso, puede ser un acontecimiento psicológico difícil de igualar.  En mi caso, confieso que me gustan más los libros que ponen cuestiones “trascendentales” o “vitales” explícitas y como primera prioridad. Las descripciones literarias exhaustivas me parecen amenas, pero la sustancia o el jugo de la fruta es lo que más me interesa.  Incluso creo que en nuestros tiempos las oraciones largas y las descripciones abigarradas y excelsas están pasadas de moda. Hace poco leí en la entrevista a un lingüista reconocido que decía que los puntos en la comunicación escrita desaparecerán en el futuro, de hecho manifestó que tienen los días contados. Es de conocimiento público que el internet y las redes sociales online han simplificado la escritura con el claro objetivo de hacer más fácil la comunicación.  Y no es usual que la gente use puntos y comas al escribir en Facebook o en Whatsapp; las pausas que imitan la comunicación verbal cotidiana han caído de manera inevitable en desuso. La literatura del siglo XX es rica en ejemplos y antecedentes sobre ésta cuestión.  Ni más ni menos, el nobel de literatura portugués José Saramago resolvió eliminar de las conversaciones de sus personajes el punto seguido y el punto aparte. Asunto que no le resta importancia a su excepcional escritura.  

El maestro Saramago no tiene reparos en jugar con las normas gramaticales y al mismo tiempo contar historias que sobrepasan toda genialidad. Ejemplo de esto lo encontramos en El hombre duplicado (2002), obra monumental que, a mi parecer, sirve de telón de fondo de la literatura del siglo XXI. Acudiendo al discurso trillado de forma y contenido, la obra de Saramago encarna la vanguardia literaria en ambos sentidos.

La vida corriente del dócil, pacífico y sumiso licenciado en historia Tertuliano Máximo Alfonso, se ve de repente interrumpida por la vista de algo inaudito. Mientras disfruta de una película recomendada por un colega suyo, ve un tipo idéntico a él que personifica el papel de recepcionista de un hotel. Este primer descubrimiento le causa un terrible estremecimiento que se asemeja a una presencia fantasmática que ingresara en su existencia:

“Se despertó una hora después. No tuvo sueños, ninguna horrible pesadilla le había desordenado el cerebro, no forcejeó defendiéndose del monstruo gelatinoso que se le pegaba a la cara, sólo abrió los ojos y pensó, Hay alguien en casa. Despacio, sin precipitación, se sentó en la cama y se puso a escuchar, El dormitorio es interior, incluso durante el día no llegan aquí los ruidos de fuera, y a ésta altura de la noche, Qué hora es, el silencio suele ser total. Y era total. Quien quiera que fuese el intruso no se movía de donde estaba. Tertuliano Máximo Alfonso alargó el brazo hasta la mesilla de noche y encendió la luz. El reloj marcaba las cuatro y cuarto. Como la mayor parte de la gente común, este Tertuliano Máximo Alfonso tiene tanto de valiente como de cobarde, no es un héroe de esos invencibles del cine, pero tampoco es un miedica, de los que se orinan encima cuando oyen chirriar a medianoche la puerta de la mazmorra del castillo. Es verdad que sintió que se le erizaba el pelo del cuerpo, pero esto hasta a los lobos les sucede cuando se enfrentan a un peligro, y a nadie que esté en su sano juicio se le pasará por la cabeza sentenciar que los lupinos son unos miserables cobardes…”  

El mismo actor reaparece en otras cintas en papeles secundarios como cajero de banco, portero de cabaret, fotógrafo de policía, entre otros. La búsqueda del doble, del sosia, del duplicado ocupa la primera parte del libro, los interrogantes de Tertuliano de hallarse con su otro repetido, o que él mismo sea la copia del actor, le produce un terror mortal que no mella su curiosidad:

“Seré de verdad un error, se preguntó, y suponiendo que efectivamente lo sea, qué significado, qué consecuencias tendrá para un ser humano saberse errado. Le bajó por la espina dorsal una rápida sensación de miedo y pensó que hay cosas que es preferible dejar como están y ser como son, porque en caso contrario se corre el peligro de que los otros se den cuenta, y, lo que es peor, que percibamos también nosotros a través de los ojos de los otros ese oculto desvío que nos torció a todos al nacer y que espera, mordiéndose las uñas de impaciencia, el día en que pueda mostrarse y anunciarse, Aquí estoy. El peso excesivo de tan profunda cogitación, para colmo centrada en la posibilidad de la existencia de duplos absolutos…”

Buscar preguntas en las narraciones de ficción se me hace un trabajo más peliagudo que buscarlas en obras filosóficas o teóricas. Sencillamente porque en la ficción las interpretaciones están abiertas a la imaginación y no tanto a la facultad de la razón.  ¿Qué sucedería si un día me encuentro con un sujeto igual a mí? Y la pregunta está orientada tanto a las características físicas como a las psicológicas. Un duplo absoluto. Sería fácil desentenderse del asunto arguyendo que muy probablemente son gemelos o siameses separados en su nacimiento. Dicha hipótesis es descartada por la igualdad moral y ética de los duplicados; a medida que la narración avanza se van descubriendo las semejanzas en el carácter tanto del uno como del otro. La igualdad también se aprecia en la simultaneidad del cambio de ambos personajes: en el bigote que Tertuliano usaba cinco años antes cuando fue rodada la película Quien no se amaña no se apaña. Del mismo modo, Antonio Claro releva a Tertuliano en la búsqueda de la identidad de su doble cuando ambos descubren que son corporalmente iguales (facciones, voz, cicatrices, uñas, penes etc.,). En este punto la pregunta cambia por: ¿Y cuál es el duplicado del original? Luego de la verificación de la repetición, ambos cotejan sus fechas y horas de nacimiento, se llega a la conclusión que Tertuliano es la copia de Antonio porque este nació unos minutos antes que aquel.

Cabe añadir que el sentido común juega un rol protagónico en la novela, a la manera de Pepe Grillo entra en escena cuando el profesor de historia tiene que tomar decisiones de vida o muerte. Saramago describe a dicho personaje como reaccionario, conservador, un prudente escéptico quien siempre tiende a simplificar la diversidad y los matices de la vida. Inclusive afirma que sentido común y curiosidad son incompatibles. El sentido común aconseja dejar las cosas como están, en su lugar sin que algo ni nadie vengan y alteren el flujo normal de los acontecimientos cotidianos.

Me aventuro a sostener que la obra del autor del Ensayo sobre la ceguera tiene una fuerte influencia del pensamiento hermenéutico. Frases destacadas como “Probablemente, leer es otra forma de estar ahí”, “Las palabras son todo cuanto tenemos”, “la vida real siempre nos parece más parca en coincidencias que las novelas y las otras ficciones, salvo si admitimos que el principio de la coincidencia es el verdadero y el único regidor del mundo”; y el proyecto profesional que emprende Tertuliano de narrar la historia de adelante hacia atrás, y no de atrás hacia adelante como usualmente lo hace la academia, redimiendo la situación hermenéutica del lector, o el “presente” del intérprete, dejan entrever la erudición filosófica del nobel portugués. El siguiente extracto de la conversación de Tertuliano con el director de la escuela, le da solidez al argumento:

“hablar del pasado es lo más fácil que hay, todo está escrito, es sólo repetir, chacharear, conferir en los libros lo que los alumnos escriban en los exámenes o digan en las pruebas orales, mientras que hablar de un presente que cada minuto nos explota en la cara, hablar de él todos los días del año al mismo tiempo que se va navegando por el río de la Historia hasta sus orígenes, o lo más cerca posible, esforzarnos por entender mejor la cadena de acontecimientos que nos ha a traído donde estamos ahora, eso es otro cantar, da mucho trabajo, exige constancia en la aplicación, hay que mantener siempre la cuerda tensa, sin quiebra”.

Por otra parte, Saramago interpreta de forma inédita el curso de la vida como una gigantesca máquina de compensaciones, de pérdidas y ganancias, de gratificaciones y sacrificios. Al morir el original, Antonio Claro, el duplicado, Máximo Alfonso, termina ganando y suplantando la identidad del actor original. Lejos de plantear interrogantes éticos sobre el proyecto científico de la clonación entre seres humanos, el problema psicológico y social de la identidad ocupa un lugar central.  La parte final sugiere y proyecta la idea de la repetición infinita, y quizá del eterno retorno. La llamada que se repite en que los hombres idénticos reconocen la semejanza fiel de sus voces deja al lector trémulo y asombrado. El hombre duplicado  entra en mi colección de obras de literatura favoritas de todos los tiempos; le encuentro cierta similitud con el Molloy de Samuel Beckett, ir en la búsqueda perenne de alguien, de algún otro que termina por absorber y engullir la identidad del personaje principal. Perder la identidad y convertirse de forma irremediable en ese otro que intriga e interpela la conciencia o hace emerger de las profundidades del sujeto incauto el lenguaje inconsciente.


martes, 8 de noviembre de 2016

La dominación masculina-Pierre Bourdieu



Existen autores transcendentales en todas las ramas del conocimiento, personajes que han marcado un antes y un después en cada campo de la epistemia. Bien sea en las ciencias duras (física, química, biología etc.,), o bien sea en las ciencias blandas (ciencias sociales, estudios políticos y humanidades), las figuras individuales han formado escuela y han abierto un camino a innumerables corrientes y tradiciones de pensamiento. 

La sociología no es ajena a este tipo de “geniecillos” o individuos excepcionales que han revolucionado las formas teóricas y metodológicas convencionales de la propia disciplina. A pesar de que la idea decimonónica de genio o de autor esté devaluada y obsoleta, los padres fundadores de la sociología bien podrían encajar en este molde. Es el caso de Max Weber, jurista alemán que definía su sociología comprensiva como la ciencia encargada de comprender el sentido subjetivo de la acción social. También es el caso de Emile Durkheim, filósofo positivista que inventó un método sociológico aplicado a una realidad sui generis y delimitó su trabajo al estudio de las instituciones sociales, otorgándole así un estatus de ciencia social a la antigua teoría de la sociedad. Al igual que los habituales clásicos, en los pensum académicos de los departamentos de sociología suele aparecer con inusitada frecuencia un científico contemporáneo imprescindible, el sociólogo francés Pierre Bourdieu. 

Filósofo de formación y célebre director de La Escuela de altos Estudios de París, Bourdieu se relacionó y trabó amistad con figuras de la talla de Jacques Derrida, Gaston Bachelard, Raymond Aron y Fernand Braudel. Su famosa teoría de los campos sociales y del “habitus” le ha valido un enorme reconocimiento e influencia en todo el planeta. Luego de haber escrito sus grandes obras (La distinción: Criterios y bases sociales del gusto, El sentido práctico y La miseria del mundo), La dominación masculina (1998) aparece dentro de las postrimerías de su producción intelectual. Allí deja en evidencia la madurez y lucidez de un sólido pensamiento que sigue generando asombro y admiración. 

Basado en sus investigaciones etnológicas y etnográficas en las sociedades primitivas del mediterráneo, especialmente de la sociedad cabileña ubicada en el norte de Argelia, Bourdieu hace un enérgico ejercicio interpretativo y comparativo de las relaciones de dominación en las comunidades mítico-religiosas arcaicas y las sociedades contemporáneas. Elige el punto de vista del “antropólogo capaz”, autorizado para denunciar “los procesos responsables de la transformación de la historia en naturaleza, y de la arbitrariedad cultural en natural”. Justamente la contribución de Pierre Bourdieu busca arremeter contra la eternización de lo arbitrario. Promueve la acción colectiva de resistencia frente a las visiones esencialistas (biológicas y psicoanalíticas) de la diferencia entre los sexos, asimismo propone oponerse a lo que él denomina Happenings discursivos de los movimientos feministas (por ejemplo los parodies performance de Judith Butler), que suelen trazar grandes expectativas con ínfimos resultados.

Usando la investigación etnográfica de las estructuras objetivas y cognitivas de la comunidad cabileña como instrumento de un trabajo de socio-análisis del inconsciente colectivo, el autor de La distinción descubre que el principio simbólico del androcentrismo estructura todo “el orden de las cosas” en el mundo social. El principio de división fundamental entre lo masculino y lo femenino “recibe su necesidad objetiva y subjetiva de su inserción en un sistema de oposiciones homólogas, alto/bajo, arriba/abajo, delante/detrás, derecha/izquierda, recto/curvo, seco/húmedo, duro/blando, sazonado/soso, claro/oscuro, fuera(público)/dentro (privado), que, para algunos, corresponden a unos movimientos del cuerpo (alto/bajo//subir/bajar, fuera/dentro//salir/entrar, abrir/cerrar) etc., [El movimiento hacia arriba está asociado regularmente con lo masculino, por la erección, o a la postura superior en el acto sexual]”. Este conjunto de oposiciones mítico-rituales ordena todo el cosmos, los comportamientos y las conductas sexuales en la sociedad cabileña.  

La definición social de los  órganos sexuales (el pene y la vagina) obedece al mismo principio divisorio de la primacía de la masculinidad. Lejos de verificar propiedades naturales o biológicas, la construcción social del cuerpo que se desprende de la diferencia de lo masculino (lo superior, lo derecho, lo recto, lo rígido, lo positivo) y lo femenino (lo inferior, lo torcido, lo curvo, lo flexible, lo negativo), deja al descubierto la arbitrariedad cultural de tales principios de visión y de división que organizan y estructuran el mundo en su conjunto.

Tuve primer conocimiento del concepto de arbitrariedad hace muchos años cuando leí el curso de lingüística general de Ferdinand de Saussure. La arbitrariedad del signo consiste en que el signo lingüístico no tiene concordancia ni parentesco con el objeto que designa. El significado y el significante, la palabra y la imagen acústica ÁRBOL no tienen ningún vínculo lógico con el objeto real de referencia. El árbol real, con su tronco, sus hojas y sus ramas, bien podría llamarse “caneca”, escoba”, “ganso”. La RAE define lo arbitrario como un adjetivo: “Sujeto a la libre voluntad o al capricho antes que a la ley o la razón”. Los humanos por consenso o tradición le impusieron de modo arbitrario cada signo a las cosas del mundo. Lo mismo sucede con el principio de primacía de la masculinidad, es completamente arbitrario y convencional.    

De las ideas más refinadas de Bourdieu, tengo que subrayar particularmente aquélla que sugiere que el principio androcéntrico  está inscrito tanto en las cosas como en los cuerpos. Incluso se inscribe en la división sexual del trabajo (trabajos rudos, públicos y oficiales para los hombres; y labores fútiles, privadas y degradantes para las mujeres), los espacios (el mercado y la plaza pública vs el hogar y la granja) y el tiempo (los ciclos agrícolas y los ciclos de fecundidad). Cuando describe los ritos de institución y los ritos de separación de la cultura cabileña explica que existen “objetos típicamente masculinos como un peine de cardar, un gran cuchillo, una reja de arado, una piedra de la chimenea”. Extrapolada ésta excepcional idea al mundo contemporáneo, encontraríamos incontables ejemplos del principio inconsciente de masculinidad: “un balón de fútbol”, “un martillo”, “una pistola”, “un rascacielos” etc., La feminidad podría representarse en objetos como “los tacones”, “la minifalda”, “un sillón” etc.,   

La asimilación de la dominación. Este apartado alude a los procesos de socialización y educación en que se interioriza el principio simbólico de división de los sexos, tanto en hombres como en mujeres. El trabajo psicosomático de dar forma a la virilidad del hombre y definir el cuerpo de la mujer como objeto sagrado, van construyendo la moral masculina del honor y la moral femenina de la sumisión. Las disposiciones, inclinaciones, prácticas culturales o habitus fruto de éste severo y exigente proceso de pedagogía tienden a hacerse visibles en los cuerpos y en los comportamientos ordinarios de los cabileños, contrariamente al deber masculino de mirar a la cara y mantener la postura correcta:  “la sumisión femenina parecía encontrar una traducción natural en el hecho de inclinarse, de agacharse, de doblar el cuerpo, de someterse, las posiciones curvadas, flexibles, y considerar que la docilidad a ellas asociada es más adecuada para la mujer”. La inculcación de estos modos de manejar la corporalidad contiene un fundamento ético, político y cosmológico en dicha comunidad. En las sociedades modernas las agencias socializadoras como la Iglesia, el Estado o la Escuela toman el lugar de agentes de introyección de las normas y las pautas sociales de conducta. 


Según Bourdieu, la dominación masculina es cultural, fuertemente simbólica y objetiva, que imprime sus huellas en los cuerpos y en los objetos del mundo, y tiene unos efectos duraderos que no pueden eliminarse ni borrarse de la noche a la mañana, más bien tienden a perpetuarse con el tiempo. La transformación de las relaciones de poder operantes requiere de un movimiento de resistencia contra las estructuras objetivas jurídicas y políticas que busquen perpetuar de forma consciente o inconsciente la arbitrariedad androcéntrica. La dominación masculina no se inscribe en el enfoque de la coacción y el consentimiento, de “la coerción mecánica y la sumisión voluntaria”, característica de la visión hegeliana del amo y el esclavo, así como de la alienación proletaria en Marx. Bourdieu pretende superar este enfoque tradicional de las relaciones de dominación (filosofía de la conciencia instalada en la idea de que por un acto de iluminación de la conciencia individual, el dominado o sometido romperá las cadenas que lo subyugan y podrá liberarse de todo yugo cultural, político o económico). Igualmente arremete contra todas esas teorías que reducen el principio de visión dominante a un mero asunto de “imaginarios sociales”, que considera como “simples representaciones mentales” o “ideológicas” que no tienen la fuerza simbólica de las estructuras objetivas que producen y reproducen el principio de primacía de la masculinidad.  

viernes, 28 de octubre de 2016

"Temor y temblor" de Søren Kierkegaard


La enigmática figura de Abraham, tan reverenciada en las tres grandes religiones monoteístas del mundo occidental (Islam, cristianismo y judaísmo), ha promovido todo tipo de interpretaciones y variopintas exégesis. Se le ha considerado el padre de la fe y uno de los tantos patriarcas del pueblo de Israel después del acontecimiento bíblico del diluvio universal. Pues bien, este personaje del antiguo testamento es elegido por el filósofo danés Sören Kierkegaard quien explica lo que él denomina: los movimientos que todo verdadero hombre de fe tiene que ejecutar y llevar a feliz término.

El título Temor y temblor obedece probablemente a la cita bíblica de Filipenses 2-12, no obstante Kierkegaard nombra estas dos palabras cuando critica el sermón anti-angustia que habitualmente hacen los curas sobre la grandeza de Abraham. Indudablemente hablar de lo realmente grande siempre genera espanto, terror, temblor. Pone la piel de gallina y coloca los pelos de punta. En el proemio aparecen descritas cuatro posibles narraciones de cómo ocurrió el tormentoso viaje de Abraham al monte Moriah. Kierkegaard las inventa e introduce implícitamente el concepto de angustia. Nadie sabe cómo ocurrieron las cosas con exactitud, excepto el propio Abraham, quien vivió en carne propia el dolor y el sufrimiento de entregar a su amado hijo como chivo expiatorio, y creer en la salvación divina hasta el último instante.

En este punto recuerdo la idea de Paul Ricoeur de que existe algo de la experiencia individual que es intransferible en el lenguaje. En caso de que hubiese contado sus intenciones, nadie habría comprendido el acto de Abraham, ni su esposa ni sus hermanos ni sus hijos. Tuvo que optar inevitablemente por el silencio, en cada paso que daba al monte Moriah tuvo que callar mientras lo aguijoneaba su conciencia moral. Por tal razón resulta orientadora la última pregunta que formula el filósofo danés: ¿Es posible justificar éticamente a Abraham por haber guardado silencio ante Sara, Eleazar e Isaac?  

Los tres estadios existenciales (el estético, el ético y el religioso) que constituyen el núcleo del pensamiento kierkegaardiano, corresponden a los movimientos esenciales de la fe: concentrarse en un único deseo, optar por la resignación infinita y creer en virtud del absurdo. La historia de Abraham sirve de ilustración de los movimientos de la fe, Dios lo pone a prueba y él tiene que creer que el sacrificio de Isaac no ocurrirá hasta el último momento, por amor a Dios.


El precursor decimonónico del movimiento existencial del siglo XX, funda un pensamiento alternativo al soberbio y cerrado sistema teológico-filosófico construido por Georg W. F. Hegel, tan influyente y popular durante el siglo XIX. Kierkegaard tiene en común con otros pensadores contemporáneos suyos como Schopenhauer, Schelling, Marx y Nietzsche, querer zafarse o entrar en discusión con la obra de Hegel. Las filosofías alemanas de la naturaleza y la voluntad, el materialismo histórico-dialéctico y el escape metafísico nietzscheano, constituyen sólidas alternativas al descubrimiento de la dialéctica moderna.

Las dos primeras preguntas que Kierkegaard formula respecto al caso de Abraham en Temor y Temblor, y que constituyen la problemata de la obra: ¿Existe una suspensión teológica de lo ético? y ¿Existe un deber absoluto para con Dios?  Están en permanente conversación hermenéutica con el pensamiento de Hegel. Abraham es el Particular que se eleva sobre lo general, encarna la paradoja divina de la fe. Ama a su hijo, tiene que renunciar a él y espera recuperarlo por medio de la fe. La renuncia a Isaac puede tener dos interpretaciones: Es un sacrificio o es un asesinato. Es un sacrificio en la medida que constituye un acto sagrado, de carácter religioso. Y es un homicidio en la medida en que no existe justificación racional de por qué matar un hijo.

La ética en Hegel es lo general y lo superior: las prescripciones de la comunidad, las normas de la sociedad, de la cultura y las leyes del Estado. Lo particular, el individuo con sus pasiones y experiencias, está subordinado a aquélla. Leer la historia del padre de la fe bajo las categorías de Hegel, sin duda deja mal parado a Abraham, quien encajaría en el perfil de un criminal, de un supuesto filicida. Frente a esto, el filósofo danés introduce el concepto de “suspensión ideológica de lo ético”. Cuestión que deja en evidencia la famosa paradoja de Abraham quien pasa por los tres estadios espirituales antes mencionados.  

La fe no está en el orden de lo inmediato, de lo vulgar, de lo trivial y lo insignificante, o sea no cualquier imbécil del pueblo está en posesión de la fe, dice Kierkegaard. La fe, o la creencia ciega en el poder de la divinidad, es aquello que se logra con esfuerzo, sacrificio y sufrimiento. Existe un largo proceso de miseria, angustia y paradoja para alcanzar la fe o la creencia en virtud de lo absurdo.

La diferencia lógica entre “Debes amar a Dios” y “yo amo a Dios”, plantea que la primera frase está mediada por el deber ético, es la obligación que impone la comunidad o la sociedad, el mandamiento que prescribe la Iglesia: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”, aquí opera la mediación de lo general que conecta al particular con el absoluto. Kierkegaard se deshace de ésta mediación de origen hegeliano y pone al sujeto por encima de la realidad. El caballero de la fe tiene relación absoluta con lo absoluto sin mediaciones de ningún tipo. Sin embargo, es condición para la aparición de la fe que el individuo se haya vaciado en lo infinito, que haya renunciado a todo. Abraham en su grandeza como patriarca de la fe, da en sacrificio a su hijo y así tiene comunicación directa con un Dios que le exige un amor incondicional.

En este punto cabe señalar que Kierkegaard invoca un pasaje del Evangelio de San Lucas (XIV, 26): “Si alguno viene a mí y no aborrece al propio padre, a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, incluso su propia vida, no podrá ser mi discípulo”. Son palabras duras que dejan en desconcierto a cualquier lector. Parecen dichas por un Dios que promueve el odio y el rencor. Y no, no es así. Kierkegaard demuestra que interpretando bien este capítulo, lo que Dios exige es amor absoluto. Sentimiento que únicamente funciona en el orden de lo espiritual, puesto que sería un gran acto de egoísmo y una gran tontería que un ser humano le exigiera amor absoluto a otro de su especie.      

El texto es rico en metáforas y analogías que brindan mayor comprensión al intérprete. Kierkegaard compara los movimientos de la fe con los movimientos corporales de un bailarín, coteja a los más insignes héroes trágicos de la historia occidental (Agamenón, Jefte y Bruto) con la figura solitaria del caballero de la fe. Recurre a varios pasajes bíblicos que ilustran la paradoja divina y su reverso, la paradoja demoníaca. El monstruo y el genio son más propensos y tienen más probabilidad de caer en ésta última. Las brujas, los enanos, los duendes y otros horribles seres castigados por la naturaleza, se les ha asociado frecuentemente con alguna perversidad moral. Incluso se ha llegado a creer que esta deformidad física ha sido causada por su conducta. Hay que recordar que Kierkegaard también fue burlado por su apariencia física, dado que tenía un problema de nacimiento en la columna, vivió toda su vida como un sombrío jorobado que pudo encontrar su salvación en la fe religiosa, decepcionado por el amor de su musa eterna Regine Olsen. En la paradoja demoníaca el sujeto se encuentra desde el principio fuera de lo general, y no tiene ninguna culpa de semejante infortunio. 

En fin, la obra de Kierkegaard está abierta a múltiples explicaciones y matices que dan cuenta de cierta historia efectual, es decir, de un encadenamiento de interpretaciones que ha vinculado temporalmente a la teología y la filosofía en el pensamiento occidental.

     

sábado, 1 de octubre de 2016

“Mi hermano el alcalde” de Fernando Vallejo



Es de mi pleno compromiso, como buen académico y lector entusiasta, hacer una pertinente digresión antes de comenzar mi perorata: Ni los wikis, ni los bloggers, ni los periodistas tienen la obligación de seguir las normas APA o los estándares de citación universalmente aceptados. La información contenida en Wikipedia, blogs y portales de prensa carece de la confiabilidad y la validez de las fuentes institucionales, los organismos estatales y las revistas y publicaciones académicas de prestigio. Mi blog tiene como único fin la libertad de expresión; ejercida plenamente en la reflexión personal y el sano entretenimiento. [En cuanto a mi posición política en víspera de elecciones, respaldo sin pensarlo el “sí” a los acuerdos de paz entre gobierno y FARC].    



Cada vez que el escritor Fernando Vallejo publica un libro en la FILBO o lanza una diatriba contra la política, la religión y la realidad visceral de Colombia, quiéranlo o no, acapara la atención y el morbo de los medios masivos de comunicación. Ateo declarado y abiertamente homosexual, Vallejo ha sentado un precedente en la literatura colombiana y latinoamericana en las últimas décadas. Su estilo crudo, sarcástico, agudo y sardónico, le ha llevado a convertirse en uno de los escritores vivos en lengua española más innovadores y creativos de nuestro tiempo.  Vallejo, como vulgarmente se dice, “no tiene pelos en la lengua” y le va cantando sus agrias verdades a la pobrecita y necesitada  Colombia, quien él, de forma vil e impía, llama “la imbécil”, “la limosnera”, “la sin remedio”, “la puta”.  


Támesis es un municipio colombiano ubicado al suroeste del departamento de Antioquia (El nombre tal vez responda al río que atraviesa Londres, la capital europea). Pues bien, Fernando Vallejo vivió durante muchos años allí cerca con su veintena de hermanos, en la hacienda “La Cascada”, finca rica en naranjos, limonares y cafetales, que los pícaros y mamagallistas le cambiaron la "s" y la "c" por la "g", y que ahora se lee desde lejos: "La cagada".  El autor elige este escenario con el objetivo de darle vida a los personajes y la historia de su libro “Mi hermano el alcalde”(2004). Inspirada en hechos reales, la novela cuenta con un destacable enfoque histórico. Incluso hay quienes la encasillan en el género literario de la crónica. Carlos Vallejo, quinto hermano de Fernando e hijo de don Aníbal Vallejo Álvarez, fue un alcalde gay del municipio de Támesis entre 1998 y 2001.
  

Las peripecias de Carlos Vallejo para llegar a la alcaldía de Támesis y la ejecución posterior de su gobierno, son contadas de manera prosaica y pintoresca. Támesis es la versión miniatura de Colombia. Hay guerrilla, hay paramilitares, hay muertos. Hay verduleros, tenderos, carniceros, vagos, putas, borrachos, marihuaneros, rateros, cuchilleros. Reina la manguala entre la iglesia y el poder estatal, hay curas pederastas, hay robos, hay corrupción. Los gobernantes tienen que ofrecer prebendas y pregonar promesas, si quieren conquistar el voto de sus electores. Las prácticas políticas habituales en Latinoamérica: el patronazgo, el clientelismo, el fraude en inscripción electoral, el uso de cédulas de muertos y trashumancia de votos, aparecen narradas con gran maestría por el autor de “El desbarrancadero”:

 “¿Colombia pone acaso los camiones y los chiveros para que nos lleven al pueblo? ¿Ella los paga? ¡Qué los va a poner, qué los va a pagar! Los ponen y los pagan los candidatos, y los contrata y vigila cada quien. Para el pobre a veces el ejercicio de votar requiere quemar calorías y se vuelve ejercicio físico. Por eso el pobre de tanto andar agarra buena pierna pero valoriza hasta el infinito su voto. Y no. Un voto no es más que un voto.”      

“Promesas, promesas y promesas a raudal como espuma de las cascadas, que bajaban riéndose:
  ¡Jua, jua, jua, jua!
  ¿De qué se ríen, idiotas?
  De ustedes. ¡Qué los van a elegir, maricas, les va a ganar el negro Alirio!

Las críticas al proceso de paz del expresidente Andrés Pastrana y la guerrilla de los desaparecidos Tirofijo, el mono Jojoy y Raúl Reyes, tampoco pasan desapercibidas:  

“¡Qué desastre que fue Pastranita para Colombia! Se creía la paloma de la paz, y con el cuento de ésta güevona le entregó medio país a Tirofijo para que se acabara de cagar en él después de lo poco que dejaron en pie los liberales y los conservadores. Terminando su mandato huyó a Cuba. ¿Dónde andarás ahora, Pastranita, hijueputica, mierdita de paloma?”

“La tradicional pesca milagrosa son los secuestros de Tirofijo, quien monta retenes volantes en las carreteras a ver si saca un pez gordo. En tanto saca el pez gordo de sus sueños cualquier cosa le sirve: un judío, un noruego, un gringo, un español. Con estos ordeña a Israel, a Noruega, a los Estados Unidos, a España, que van soltando la lechita”

Incluso le tira dardos al entonces presidente y hoy honorable senador de la República Álvaro Uribe Vélez:

"Colombia, mamita, no vas para ninguna parte. Eres un sueño vano, las ruinas de nada, un Tamesis grande. El  que te gobierna hoy es como el que te gobierna ayer y como el que te gobernará mañana. Dice el mentiroso de hoy, el homúnculo, que va a acabar con la politiquería como si él fuera cantante de Ópera. Años mamó de la teta pública como alcalde de Medelllín y como gobernador de Antioquia. Viejos resabios, viejos tonos, viejas mañas. Como es bajito, aprieta el culito y se empina para poder entonar. "Que mi Dios los acompañe" termina diciendo en sus discursos como campesino de antes de carriel y alpargatas. ¡Güevón!" 

Carlos, el alcalde “marica”, tiene un mozo de nombre Memo. Un par de cacorros que quieren gobernar. Los dos hacen de Quijote y Sancho Panza en el elocuente relato del escritor antioqueño. El uno alto y rubio, el otro bajito y regordete. El alcalde electo y el alcalde cívico despliegan un proyecto de modernización del municipio de Támesis: recuperación del espacio público, reparación de infraestructura, construcción de escuelas y pavimentación de carreteras, obras de redes de alcantarillado, bingos de caridad, marchas de confraternidad, convivios de solidaridad, brigadas cívicas, asilos de ancianos, cooperativas agrícolas, ferias agropecuarias, foros educativos, concursos polideportivos, centros de alfabetización, fiestas culturales, campañas de integración… Etcétera, etcétera.

Pese a todas sus buenas iniciativas y generosos propósitos, el alcalde Carlitos consigue ganarse sus buenos detractores, que desde las elecciones pregonan: “No bote su voto votando por maricas”. En su administración el burgomaestre recibió más de un centenar de tutelas. La mayoría falló a su favor, y unas cuantas en contra. Vallejo explica este popular mecanismo judicial de defensa de los derechos ciudadanos, instituido bajo el gobierno y la constitución del expresidente César Gaviria. La premisa de la crónica de Vallejo bien podría ser: Las buenas obras conducen a la ingratitud:

“Par de alcalduchos lambones masturbadores del pueblo vil! Que arrégleme la casa, don Memito. Que deme, don Carlitos, pa’l mercado. Y pidan y pidan y pidan, y denles y denles y denles.”  

“— ¡Quién los mandó a meterse en alcaldías y democracias y a cargar con ese poblacho y su parivagabundez! El pueblo es mierda y la democracia una puta que hoy picha con uno y mañana con otro. Y no me contés más y colgá que ésta llamada te va a salir muy cara.”

“Pueblo malagradecido que antes de Carlos no conocía el papel higiénico y se limpiaba el culo con hojas de plátano.”

“Dios ni los voltea a ver. ¿Y si no por qué los mantiene pobres en tanta miseria? Dios quiere al rico, al pobre no.”

El humor ácido y pesimista recorre el libro de principio a fin:

“…Arrancaba con la obertura del Cazador furtivo de Weber. —Glorita—le decía yo—, éstos montañeros qué van a apreciar esa música. Tocales: “Tierra labrantía”, que al que está acostumbrado a la aguapanela no hay que darle champaña.”

En el aspecto literario, Vallejo juega con la simultaneidad, la narración no es sucesiva, los hechos no se suceden en la tradicional trama aristotélica de inicio, nudo y desenlace. En ocasiones se adelanta a los acontecimientos, e introduce opiniones personales del narrador omnisciente que a veces está en la historia, o a veces fuera de ella. Y como en el cine, Vallejo rompe la cuarta pared, en ocasiones parece que tratara de conversar con el lector:

  ¿Y no habría la posibilidad de contar esta historia con palabras menos altisonantes?
  No, si no son mías, yo no hablo así. Aquí los deslenguados son los personajes. Yo los echo a andar y ellos se van; les doy cuerda y hablan; los junto y copulan. Empiezo haciendo lo que quiero con ellos y acaban haciendo lo que quieren conmigo. ¡Qué culpa tengo yo de sus desmanes! Eso sería como echarle a Dios las fechorías de Atila.”

“Colombia, mamita, ¿por qué no les pagas a los concejales para que no te roben? Y puesto que de todas formas te van a robar, ¿por qué no eliminas los concejos? Para ladrones con tus alcaldes basta. Si ahora me ocupo de uno es porque es mi hermano. Y si es mi hermano, es honrado. Y el que no crea o titubee o dude se me va yendo de una vez de este libro.”

En el recuerdo también queda imborrable la descripción de los tres bobos del pueblo:

“Támesis tenía tres bobos: Tarazo, Plinio y Zenón.

A Tarazo le decían los niños:
  Tarazo, enfurécete a ver.
Y el bobo se iba enfureciendo, enfureciendo, dándose cuerda a sí mismo, y la cara se le ponía roja y se le hinchaban las venas de la frente como si se le quisieran explotar.
  Aj, aj, aj, aj, aj—decía jadeando.

(…) Otro bobo era Plinio, “mueco” o sea desdentado, y “cumbambón” o sea prognata.
  ¿Quién es el Putas de Támesis?—le preguntaban.
El “Putas”, o sea el non plus ultra. Y él, con su amplia sonrisa desdentada y señalándose el pecho como corazón de Jesús, con candor contestaba:
  Yo.
Tenía un falo descomunal que ya se lo quisiera Schwarzenegger y Lucho y Ritiña lo ordeñaban.

Y al último bobo, Zenón, le decían los culicagaos:
—Zenón, te doy un peso si vas y le quebrás con esta yuca un vidrio al almacén de Alicia Vásquez. Y ahí iba Zenón con la yuca a quebrarle el vidrio al almacén de Alicia Vásquez.”

El autor inventa cuatro mandamientos que todo gobernante debe seguir:

“Piche, amigo, mientras pueda y se le pare que vida no hay sino una sola y lo que no se coma usted después se lo comerán los gusanos: los gusanos de la muerte que luego se le tragarán todos los resaltos y los orificios, las ilusiones y las ambiciones. Bueno, digo yo, ése es el primer mandamiento de mi decálogo.”

“El segundo mandamiento de mi decálogo reza: No le des, güevón, de comer a la chusma para que te adulen y te elijan: que coman mierda y voten por su puta madre.”

“Tercer mandamiento: El que se haga elegir para el bien del prójimo y no para el propio es un güevón.”

“Cuarto mandamiento: No te hagas elegir si no vas a robar, pendejo. Y que el pueblo trague polvo y coma mierda.”

A pesar de su pesimismo intransigente y su profundo desprecio por la raza humana y la patria, las novelas de Fernando Vallejo conservan el vigor y la fuerza de la realidad colombiana de finales de siglo XX y principios del XXI. Tengo que confesar que ésta novela me gustó mucho más que “El desbarrancadero” y “La virgen de los sicarios”. Juega con los tiempos, en forma de fábula le otorga el don de la palabra a los ríos y a los loros, introduce vocabulario y sabiduría popular únicos del dialecto paisa: “verracos”, “puñalada marranera”, “chamba”, “pichar”, “un pico”, “cacorro”, “requeñeques”, “chapoleros”, “darle balín”, “mica”, “el que prueba la jalea real quiere seguir chupando”, “parivagabunda”, “angurrioso y putañero”, ”negro zángano”, “un changonazo”, “mamagallista”, “le hizo abrir la tapa de los sesos”,  “arrasó hasta con el nido de la perra”. No es casual ni fortuito que Vallejo haya escrito las fenomenales biografías del lingüista José Rufino Cuervo y del exiliado poeta colombiano Porfirio Barba Jacob.